…o en cualquier hogar bajo la laureada corona del virus.
¿De cuántas moradas no estamos, pared con pared, siendo testigos de ruidos, sonidos y furias? ¿Qué narración no resulta insoportable desde la intensidad del que la está viviendo? Como en cada familia, la misma historia narrada por sus miembros contiene la semilla de un nuevo cuento para los mismos hechos que comparten cada día. A veces, la televisión nos asoma a la de alguien con niños pequeños, otras son habitadas por mayores, a menudo se dan ambas juntas. Los niños, todos Benjis, se quejan una y otra vez de un confinamiento que no pueden entender, porque son insensibles a la cronología y al trascurso causal de los sucesos, solo registran los hechos sin poder atribuirles un fin. Para los adultos, la cosa cambia, y mucho. Obligados a convivir 24 horas entre sí, se abren todas las puertas para que formalicen un amor o un divorcio. También son tiempos propicios para los secretos de familia, las intensas depresiones y los diferentes estados mentales, algunos de ellos propensos a la locura. Nos hace falta la Dilsey de Faulkner que aglutine y vire el barco familiar hacia puerto seguro, que sea la mirada que conecte a la familia de nuevo con el exterior, antes de que se pierda en sus propios y profundos pozos de soledad y decadencia.