Dueño de la escena, Felipe apenas miró sus notas. Al no haber gestionado nada, pues el partido llevaba sin bridas desde 1972, no tenía nada de lo que informar. Así que tomó el rábano por las hojas y, aprovechó para desarrollar el análisis que había escrito, en la reunión del hotel Jaizkibel. Habló de la enfermedad terminal del franquismo, de los errores de la oposición, de las alianzas y del futuro democrático, al que Portugal acababa de adelantarse. Lo hizo con su característica finura, identificando a los amigos y a los enemigos. Por unos instantes, todos los asistentes al congreso, parecieron franceses negociando un programa electoral. Bien iluminado en el centro del escenario, el chaman Isidoro, fascinó a los delegados. Antes de su intervención, muchos querían que siguiera una dirección colegiada, sin una cara al frente. Después del discurso, casi todos los reconocieron como jefe.