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Elogio de la política frente al populismo creciente


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

En los últimos tiempos vivimos un evidente auge del populismo, de la crítica a la política y los políticos, defendiendo ideas sobre que el pueblo solamente salva al pueblo, y en un contexto internacional afín a estas ideas, como se puede comprobar con el trumpismo, Milei, Bolsonaro, etc. No es una novedad, porque hay muchos momentos en el pasado de populismo en contextos distintos: ¿no tuvo el fascismo una raíz populista?, ¿y el franquismo?, ¿o la Dictadura de Primo de Rivera?. Pero, en realidad, todos esos regímenes hacían política día a día, porque toda decisión que se toma por parte de quien puede tomarla, ya sea en un régimen político legítimo, como en uno ilegítimo, es parte de la política. La tan alabada tecnocracia es una opción eminentemente política. El problema es intentar engañar con un fin político inconfesable, tomar el poder, teóricamente, en nombre del pueblo, para hacer una determinada política, bien ajena siempre a los principios democráticos. A propósito de la Dana en Valencia estos discursos populistas han saltado de los grupos de extrema derecha a los medios a través de algunos intelectuales, dando una especie de respetabilidad a lo que, desengañémonos, no la tiene bajo ningún concepto. No podemos negar tampoco que en determinada izquierda también ha habido populismo en nuestro pasado más reciente, o ¿alguien piensa que el discurso sobre la casta no es más que puro populismo? En fin, el populismo es pura manipulación y mentira. La política, buena o mala, regular o brillante, etc, siempre existe, como hay políticas de derechas o políticas de izquierdas. Eso es consustancial a la condición humana, y añadiríamos, ¡menos mal!.

Como historiador hemos encontrado argumentos parecidos en el pasado, como en la Dictadura de Primo de Rivera, que explican muy bien lo que era el populismo, así como de la crítica que se hacía del mismo. En este sentido, es muy recomendable la lectura del libro de Alejandro Quiroga, Miguel Primo de Rivera. Dictadura, populismo y nación, editado por Crítica.

El populismo tiene como una de sus argumentaciones básicas la supuesta maldad de la política y de los políticos que solamente buscarían su propio beneficio en detrimento del pueblo, un discurso que se aplicó a la crisis del régimen constitucional de la Restauración, presentando como una solución la alternativa autoritaria, con el lema conocido de menos política y más administración del dictador Primo de Rivera.

Pues bien, ¿qué se contestó por parte del socialismo? El periódico oficial del socialismo español sacó un artículo con un significativo título: “La política, los políticos y sus detractores”. Creemos que supone una lección histórica de primera magnitud de hace cien años.

El periódico explicaba que, precisamente, en ese momento en el que no se podía hablar de política, evidentemente, añadiríamos nosotros, por la instauración de un régimen dictatorial, se quería defender la idea de que había que fijarse bien en lo que se decía sobre el particular. Hasta ese momento los únicos que hablaban mal de la política habían sido los anarquistas, pero ahora era todo el mundo. El término “político” había llegado a ser más despreciable que el del ladrón porque la Administración había venido protegiendo los intereses creados de unos y otros, desdeñando el interés colectivo. Pero esta realidad podía traer graves perjuicios para el progreso del pueblo.

Sin política la Humanidad no podía vivir, porque para progresar sus miembros tenían que asociarse para vivir y progresar, es decir, tenían que crear intereses colectivos. Ni el hombre individualmente ni la familia podían satisfacerse a sí mismos porque por encima del interés del hogar se encontraba el interés público, es decir, el de todos, y que era tan necesario cuidar como el particular. Las relaciones sociales y los intereses que éstas creaban tenían que ser cuidados por alguien en nombre de los demás, es decir, por representantes, añadiríamos nosotros.

La política no era el arte de robar a los pueblos, como vulgarmente se decía, sino el arte de administrar y regir los pueblos. Por eso se podía y debía criticar a los gobiernos y a los hombres públicos, así como premiar sus acciones, en su caso, pero no se podía prescindir de los gobiernos ni de los políticos.

Los socialistas temían que las críticas que se estaban haciendo en ese momento extendiesen más el apoliticismo, considerado como pernicioso porque permitía que los “pillos” se aprovechasen de ello y que las clases privilegiadas saliesen favorecidas.

Había que combatir a los políticos que buscaban su provecho en el ejercicio público, que lo utilizaban para el medro personal porque esa crítica iba en beneficio de la colectividad, pero sembrar escepticismo en las masas hacia la política era un crimen. La política ejercida con honradez era una “función benemérita”.

Los detractores de la política, en muchas ocasiones, lo que pretendían era encubrir sus propias corrupciones. La política tenía que hacerse en un régimen de plena democracia, con libertades, porque era la única forma de forjar el espíritu público. En ese sistema la ciudadanía, en pleno uso de sus derechos, aprendía a seleccionar a los hombres que debían gobernar. El régimen más inmoral y pernicioso era el del silencio. Había muchos enemigos de la crítica y de los discursos porque temían no poder hacer su voluntad o que se descubriesen sus inmoralidades.

Recordamos que eso se escribió en 1923, pero, ¿no parece de ahora mismo?

Gracias. 
  

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 

 

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