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El Condor sangriento: 50º aniversario del golpe de estado militar en Argentina


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

Tal vez un ensayo americano para la instalación del

Fascismo en el patio trasero estadounidense.

De aquellos polvos estos lodos.

El golpe de estado del 24 de marzo de 1976 en Argentina, liderado por Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti, derrocó a la presidenta María Estela Martínez de Perón. Esta junta militar instauró la dictadura más sangrienta del país (1976-1983), caracterizada por el terrorismo de estado.

La dictadura provocó miles de exilios y violaciones masivas de derechos humanos, marcando la etapa más oscura de la historia argentina. 

Sin embargo, el gobierno de María Estela Martínez de Perón ("Isabelita"), entre julio de 1974 y marzo de 1976, estuvo fuertemente influenciado por José López Rega, el verdadero poder en la sombra, apodado “el brujo”, por su inclinación al ocultismo, ministro de Bienestar Social y líder de la organización terrorista parapolicial conocida como “Triple A”. Este periodo se caracterizó por una aguda inestabilidad política, violencia política de estado extrema (la Triple A actuaba contra guerrillas que proponían un cambio de sistema, hacia el socialismo de estado o una vía peronista hacia el socialismo) y una severa crisis económica. Una altísima inflación, desabastecimiento y el "Rodrigazo" (un brutal ajuste económico que en 1975, quitó tres 0 a la moneda, es decir 3000$ pasaban a ser 3$), una decisión económica liderada por un tal Celestino Rodrigo, afín a López Rega), que profundizó aún más la crisis social.

Tan dramática situación condujo a que ciertos colectivos civiles y políticos, incluso algunos vinculados al peronismo de derechas y al propio partido comunista por otro lado, que respiraron aliviados los 3 primeros segundos o tal vez 5 minutos, después del criminal Golpe de Estado, (¿serian acaso salvadores de la patria?), al desconocer su alcance y su vinculación con la Operación Condor. Este fue el tercer levantamiento militar en el Cono Sur americano, tras el de Uruguay el 27 junio de 1973 y el 11 de septiembre del mismo año en Chile, operación infame a la que ya se habían sumado la dictadura de Paraguay y Brasil. Una operación gestada desde las instancias de los EE.UU., impulsada por Kissinger y con comandos y altos mandos preparados, adiestrados y adoctrinados en la Escuela de las Américas en la zona norteamericana del Canal de Panamá.

Entre los objetivos definidos en los documentos básicos del pronunciamiento militar, se planteaba el alineamiento con el «mundo occidental y cristiano», y ello requería, en particular, el reconocimiento de Estados Unidos, su principal potencia.

La embajada estadounidense en el país estaba dirigida por Robert Hill (un republicano veterano de la Guerra de Corea y ferviente anticomunista), quien conocía los preparativos militares y que vio con buenos ojos que el derrocamiento del gobierno peronista fuera incruento. Al echar la vista atrás, hoy parece haber sido una premonición del transcurso de acciones del presente y hasta adonde podemos llegar.

Los documentos desclasificados del gobierno estadounidense muestran que, desde antes del golpe, manejaba información sobre posibles violaciones a los derechos humanos en Argentina y que el titular del Departamento de Estado, Henry Kissinger, sostuvo la necesidad de apoyar al gobierno militar incruento. En tal sentido, ha sido señalada esta dualidad de posiciones: de un lado el sostenido apoyo de Kissinger al gobierno militar y, en general, a las dictaduras del Cono Sur, como secretario de Estado, frente a la posición de aquellos que –ante las críticas de los sectores liberales del Congreso y de la opinión pública estadounidense- sostenían que el sometimiento del patio trasero de América no era la solución, además de constituir una fragante violación del derecho internacional.

Aquel 24 de marzo de 1976, fue el comienzo de una de las mayores tragedias políticas de la humanidad, los medios de comunicación internacionales más abiertos hablaban de la dictadura de Pinochet, en un país donde la democracia había sido un signo de identidad, y, sin embargo, tardaron bastante en hacerse cargo de lo que estaba sucediendo al este de la cordillera de Los Andes. Muchos chilenos y uruguayos se habían exiliado en Argentina, fue fácil encontrarlos y exterminarlos, otros habían buscado refugio en EE.UU. al cobijo del lobo que cuidaba de las ovejas.

Miles de torturados de la manera más cruel y desaparecidos, muchos de ellos sedados, pero con vida, arrojados desde un avión en pleno vuelo en las aguas del Rio de La Plata o incluso en el Atlántico, decenas de miles de personas deportadas o que simplemente huían, buscando ser reconocidos como refugiados en cualquier país o pasar a ser inmigrantes ilegales, sin patria, sin protección, y acompañados de la soledad y el hambre.

Niños robados en su más tierna infancia, incluso la ignominia de hacer parir a las presas y esclavizadas, para robarles sus hijos. La usurpación de centros de enseñanza, imponiendo una conceptualización tergiversada de la realidad sociopolítica, la prohibición de carreras universitarias como la psicología, la sociología y la manipulación de los pensum de estudios en las facultades de filosofía, por considerar a los anteriores de carácter subversivo.

La opinión pública controlada, cuando no censurada, dio lugar a una comunicación social manipulada, que presentaba una sociedad irreal, que de algún modo fue cierta.

Mientras en Europa se imponía la Diplomacia Silenciosa, las embajadas continuaron abiertas y operativas y en ocasiones en algunos países, “los sudacas”, intentaban sobrevivir, con la ayuda de algunos militantes de izquierda, gente progresista o simplemente fraternal o bajo el esnobismo de la corriente de moda que encarnaba la música sudamericana, que solía escucharse en el PUB y que propugnaba un romanticismo contrasistema. En España, aún bajo el reflujo de la dictadura, pues Franco había muerto en noviembre de 1975, algunos pudimos buscar refugio, aunque con escasa seguridad y al filo de la navaja.

La dictadura sirvió para borrar una generación y construir un nuevo relato de la argentinidad. En la etapa posterior a la dictadura, alcanzaron el gobierno, políticos presuntamente peronistas, como Carlos Menem, que indultó a los dictadores e impuso una economía regida por los cánones clásicos de la derecha, que más adelante sería retomada por Mauricio Macri y por último del turbio personaje que ostenta hoy la presidencia del país, Javier Milei, con la concupiscencia cómplice de los EE.UU.

Sin embargo, el único respiro para la esperanza, lo brindó el kirchnerismo, que ofreció al pueblo argentino la ilusión de que era posible la reconstrucción y la conversión del país en un estado capaz de formar parte de los BRICS, de liderar una vía de superación y no alineada, que en el fondo había sido una de las banderas del peronismo. Nestor y Cristina Kirschner, buscaron devolver la cultura al podio que había ocupado en los decenios previos a la gran dictadura, pero el avance, no fue suficiente para vencer la mentalidad generada entre las masas y un país acaparado en gran medida por el dogmatismo y la prevalencia del futbol como eje del movimiento social, lo que atrae a mi mente las palabras del ex presidente de Brasil, João Baptista Figueiredo, que fue un militar brasileño, que anteriormente había sido jefe del Servicio Secreto con predecesor Ernesto Geisel y que entonces dijo: “al pueblo hay que darle pinga1, Pelé y Fitipaldi”.

El General Jorge Rafael Videla murió sentado en el inodoro del cuarto de baño en el Penal Marcos de Paz, el 17 de mayo de 2013 a los 87 años, símbolo de todos los necios que le siguieron en su espantoso propósito.

Hoy la clase obrera, los marginados del 4º mundo y los intelectuales argentinos, sufren un régimen que pretende subyugar al país, marginándolo del núcleo de estados emergentes y sometiéndolo a los designios de la ultraderecha gobernante en EE.UU. asociada a las tecno oligarquías y las ideologías de la ultraderecha, 2.0 que avanzan sin freno en el globo.

En este 50º aniversario de aquella ignominiosa gesta, es necesario más que nunca, levantar la voz en favor del pueblo argentino, de decir basta al negro avance de las tendencias de ultraderecha, que pretenden, cubrirnos de silencio e ignorancia.

«Al gran pueblo argentino, ¡salud!» es parte del coro final del himno nacional

argentino, simbolizando el reconocimiento de la fraternidad

internacional y la unidad ante la noble igualdad.

1 término coloquial muy común para referirse a la cachaça, el aguardiente destilado 

Andrés Cascio, Doctor, Psicólogo Social, Conferenciante y articulista. Profesor retirado de la Universidad de Barcelona, ha sido experto internacional y Catedrático de la Escuela de Especialización de la O.E.A. (Panamá) Director de Proyectos de UNICEF (Panamá) 1976 y del Fondo Social Europeo. 1990. Profesor invitado de distintas Universidades y Escuelas de Negocios de España e instituciones de altos estudios y América Latina. Presidente Club de Opinión Liber Cogitatio. Co director de la Revista Suum Cuique Ius. SCME.


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