Barcelona fue Asamblea Obrera
- Escrito por Francisco Javier López Martín
- Publicado en Tribuna Libre
Son muchos los que consideran que las Comisiones Obreras (CCOO en adelante, aunque en ningún caso el cece-punto-oo-punto, con el que aquel infausto presentador televisivo intentó ridiculizar al sindicato con motivo de la Huelga General del 14-D del 88). Son muchos, digo, los que siguen creyendo que las CCOO se crearon en la Asamblea de Barcelona el 11 de julio de 1976. En realidad, la Asamblea de Barcelona, siendo uno de los momentos álgidos del sindicalismo español, no aprobó la constitución de las CCOO como sindicato. Para entenderlo hay que remontarse a aquellos años 60 en los que los trabajadores y las trabajadoras comenzaban a organizarse en las minas, industrias metalúrgicas, la construcción, o las fábricas textiles, para defender sus derechos.
Sólo existía un sindicato llamado vertical porque, de arriba abajo, incorporaba a los empresarios y a los trabajadores en una misma estructura. Las comisiones obreras, primero efímeras y puntuales y luego más estables y permanentes, asumieron la tarea de representar a los trabajadores ante las direcciones de las empresas y organizarse dentro del sindicato vertical aprovechando las elecciones sindicales que permitían elegir jurados y enlaces en las empresas. Unas veces se reunían en las empresas, otras en el sindicato vertical y, no pocas, en iglesias cuyos párrocos, o los curas obreros, ponían a disposición de los trabajadores. En Villaverde recuerdo las asambleas en la iglesia de Santa Inés, en la Unidad Vecinal de Absorción, de población chabolista, una réplica del Pozo del Tío Raimundo, o de la UVA de Hortaleza, entre otras muchas.
De este movimiento, que integraba ideas plurales y formas sindicales distintas procedentes del socialismo ugetista y del anarquismo cenetista y hasta del sindicalismo cristiano, e incluso en algunas ocasiones elementos falangistas, bebieron experiencias posteriores como el sindicato Solidaridad de Lech Walesa en Polonia, que conquistó la libertad sindical y consiguió la caída de la dictadura comunista.
Una experiencia muy nueva y novedosa, que funcionaba como movimiento, pero que cuando murió el dictador (que no la dictadura), se vio obligada a repensarse. En abril del 76 la UGT celebró su 30 Congreso, que fue tolerado por el Gobierno, tal vez con la esperanza de debilitar la estructura de las CCOO. Por eso, aunque la Asamblea de Barcelona de las CCOO, en julio, decidió seguir apostando por una gran Central Sindical Unitaria de Trabajadores, era una opción que no tenía viabilidad.
La Unión General de Trabajadores, siguiendo a la nueva dirección del PSOE, encabezada por Felipe González y emanada del congreso socialista de Suresnes, ya había decidido recuperar el papel de la UGT. Felipe González y Alfonso Guerra necesitaban un sindicato de obediencia socialista, frente a unas CCOO demasiado influenciadas por el PCE. El 30 Congreso de UGT fue un portazo a la unidad sindical y una apuesta por la pluralidad sindical. Para ello contaban con toda la ayuda necesaria de las fundaciones y de las estructuras sindicales y políticas, de la socialdemocracia alemana especialmente.
La derecha española tampoco veía con malos ojos que el sindicalismo español fuera una sopa de siglas irreconciliables, mientras creaban una gran estructura patronal fuerte y unida en torno a la CEOE. Tuvimos que esperar al 14-D de 1988, para que la unidad sindical, al menos de propuestas y de acción, comenzara a funcionar.
Así conseguimos que la Propuesta Sindical Prioritaria (PSP) rompiera el cerco del gobierno socialista y se abriera camino en las autonomías. El propio Nicolás Redondo y su sucesor Cándido Méndez, fueron modelos de esta unidad que me tocó vivir junto a ellos desde las CCOO de Madrid y durante mi etapa confederal.
Franco había muerto en la cama tan sólo 8 meses antes de la Asamblea de Barcelona. La galerna de huelgas exigiendo libertad sindical y democracia había marcado todo el final del 75 y los inicios del 76. Suárez acababa de acceder al poder sacando casi a la fuerza a Arias Navarro. Fraga, que había tolerado el Congreso de UGT, se negó, sin embargo, a autorizar una Asamblea General de 2000 trabajadores, convocada por la dirección de las CCOO en Madrid.
Por eso, lo de Barcelona, allí, en la parroquia de Sant Medir, barrio de Sants, aún en la clandestinidad, procurando sortear la actuación policial, convocó a la representación de las CCOO de toda España. Se reunió en Asamblea el 11 de julio, hace 50 años. Allí llegaron casi 650 delegados y delegadas. Las fotos aún conmueven. Pancartas pintadas a mano, calor brutal de mes de julio, y todos, apiñados, sin ventilación, ni aire acondicionado. Recuerda que, en aquella época, se fumaba en todos los sitios. La voluntad de ser.
Allí se bregaron Cipriano García, Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius, o Juan Muñiz Zapico, entre otros muchos. Se avecinaba un proceso histórico nuevo y había que decidir muchas cosas. Dos fundamentales. Apostar por una gran central sindical única, constituida desde la base hasta las direcciones o, por el contrario, convertir a las CCOO en una central sindical entre otras muchas.
En principio se aprobó aquello de una Central Sindical Unitaria, pero dejando en manos de la dirección que fuera tomando decisiones en función de la evolución de los acontecimientos. Pronto la dirección emanada de la Asamblea de Barcelona constató que la UGT se negaba en redondo, la CNT intentaría reconstituirse con sus propios medios, la USO no iba a renunciar a ser el sindicato cristiano y autogestionario creado formalmente a principios de los 60. Incluso dentro de las CCOO se fraguaban escisiones como las que protagonizaron a finales del 76 la CSUT (Confederación de Sindicatos Unitarios de Trabajadores), siguiendo las consignas del Partido del Trabajo, o del SU (Sindicato Unitario), el brazo sindical de la maoísta ORT (Organización Revolucionaria de Trabajadores), competidores directos en la izquierda del PCE.
Así las cosas, el 28 de septiembre, la dirección de las CCOO decidió emitir sus primeros carnets de afiliación. Aquellos famosos carnets del cangrejo, desde cuyo centro emanaban numerosos brazos, cuyas manos se aferraban a herramientas que intentaban representar los oficios diversos que componían el panorama productivo español. Desde un martillo a un rodillo y desde una hoz hasta una paleta, un fonendoscopio, una pluma, un micrófono, o una llave inglesa.
Conviene recordar estas cosas, aprovechando momentos como el que vivimos, en el que se cumplen 50 años de la Asamblea de Barcelona, para entender que aunque aquella Asamblea no creo las CCOO como sindicato, fue un punto de inflexión, un acicate, que condujo a la creación del sindicato. Además, es necesario conocer esta historia para entender cómo funciona nuestro país, de dónde vienen las virtudes y los vicios, que en aquel entonces eran tan sólo proyección de futuro y hoy son presente, del que tenemos que aprender para construir ahora el futuro que necesitamos y acabar con las lacras que nos lastran y envenenan.
Francisco Javier López Martín
Maestro en la Educación de Adultos, escritor y articulista en diferentes medios de comunicación. Fue Secretario General de CCOO de Madrid entre los años 2000 y 2013, años duros de corrupción y miseria política antisindical. Durante los cuatro años siguientes fue Secretario de Formación de la Confederación Sindical de CCOO.
Patrono de las Fundaciones Ateneo 1º de Mayo y de la Abogados de Atocha. Ha publicado varios libros, entre los que se encuentran El Madrid del Primero de Mayo, el poemario La Tierra de nos Nadie, o Cuentos en la Tierra de los Nadie. Ha sido ganador de más de veinte premios de poesía y cuento, en diferentes lugares de España y América Latina.