La participación obrera en el gobierno de las empresas en el fabianismo según Paul Ramadier (1952)
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Tribuna Libre
El destacado socialista francés Paul Ramadier reflexionó sobre la aportación fabiana en relación con la participación obrera de las empresas a raíz del Congreso Laborista de 1952.
A pesar de que en las elecciones de 1951 el laborismo alcanzó más votos populares, y su mejor resultado total, no fue así en diputados, teniendo que pasar a la oposición donde permaneció hasta la victoria de Harold Wilson en 1964. Salir del poder provocó un fuerte debate interno y una gran división entre el sector más a la izquierda liderado por Aneurin Bevan (los Benavites) y el ala más a la derecha de Hugh Gaitskell, (los Gaitskellites). Estos debates fueron muy comentados por los socialistas europeos. Este sería el contexto en el que Ramadier opinó, aunque no tanto sobre las polémicas internas como sobre la cuestión del capitalismo, el estatismo, el socialismo y la participación de los trabajadores en el gobierno y administración de las empresas.
El socialista francés consideraba que los fabianos sacaban de la experiencia de gobierno laborista una conclusión referida a que el estatismo podía acercar al socialismo, pero no conducir hasta él. La planificación, el control de los precios y de la economía habían asegurado el pleno empleo. La política fiscal de Stafford Cripss había reducido la distancia entre los ingresos de los británicos. Las nacionalizaciones habían sometido las industrias de base. Ciertamente, como decía, la distancia entre las clases había disminuido, pero “el foso no se ha colmado”.
El obrero británico más que el norteamericano tenía el sentimiento de encontrarse en un lado del foso mientras que los capitalistas estarían en el otro. Cree saber que los beneficios de las empresas no eran para él y que jamás tendrá de ellos una parte. Se siente eliminado de la dirección de las empresas de una forma irremediable. No era consultado en las decisiones concernientes a su funcionamiento o existencia. Ni siquiera era informado. En cambio, el obrero norteamericano, apoyado por la gran fuerza de sus sindicatos se sentiría de otra manera. A pesar de la avidez del capitalismo en Estados Unidos parece que la separación era menos neta, menos definitiva.
Así pues, en general se percibía la oposición de clase nacida de la oposición de intereses, pero que se agravaba más en el Reino Unido, a pesar de ser una democracia. En todo caso, eso también ocurría en otros países, por lo que en el trabajador aumentaba la sensación de servidumbre, considerando que su única arma sería la cólera, es decir, la fuerte reacción. Pero Ramadier consideraba que dicho obrero no percibía que la evolución había puesto a su disposición otros medios de actuar y de saber que habría incrementado su poder muchos más de lo que pensaba.
El socialista francés afirmaba que parecía chocante que ese estado de ánimo no se hubiera modificado por las políticas laboristas. La mayor equidad en el reparto de la renta nacional, la vigilancia de los precios, el control de la economía, la planificación y las nacionalizaciones habían traído consecuencias de las cuales los trabajadores británicos se felicitaban, pero seguían siendo externas, o ajenas. Habían sido sus votos los que habían posibilitado la adopción de esas políticas, pero no lo percibían así, como si fuera un sentimiento abstracto.
La nacionalización había suprimido al accionista y al dividendo. La abolición del capitalismo había dejado subsistir al salariado y era contra el mismo por lo que el obrero se movilizaba. De rechazo, el capitalismo, responsable del salariado, había venido a ser el objeto de sus cóleras, pero las mismas no eran más que el reflejo de las que causaba el salariado. Si bien el capitalismo desaparece el asalariado continuaba siendo asalariado y en una industria nacionalizada. El cambio no alcanzaba, pues, a lo que era esencial para el obrero.
Pero eso no era, a su juicio, completamente exacto porque en una empresa nacional las organizaciones sindicales podían participar en la dirección de las empresas, aunque los sindicatos británicos habrían rehusado participar en la gestión al contrario de lo que ocurría en Francia, como señalaba Ramadier.
Esa oposición era antigua, de principios de siglo que se había traducido en 1929 en la ley sobre los transportes de Londres, de la cual Herbert Morrison había sido protagonista. Debemos recordar que Morrison fue ministro de Transportes entre 1929 y 1931, para luego ser miembro del Gobierno en la Segunda Guerra Mundial y en los Gobiernos de Attlee. Dicha ley planteaba la gestión de los transportes a un organismo en el que no estaban representados los trabajadores. Los fabianos se opusieron a eso, especialmente, Sidney y Beatriz Webb. Con el tiempo ese planteamiento fue encontrando partidarios y en 1946 condujo a la formulación de una solución de compromiso. Las empresas públicas serían dirigidas por un Consejo compuesto por técnicos competentes, siendo la experiencia sindical dilatada un mérito para ser elegidos. Así pues, los dirigentes sindicales experimentados entraron en los organismos nacionales empresariales.
Los fabianos a través de los News Fabians Essays, conformes al pensamiento de Webb, plantearon después una revisión de la cuestión y consideraron que era necesario que se extendiese la participación sindical. La misma debía ser suficiente para que los obreros y no solamente los líderes de las Trade Unions tuvieran conocimiento de la empresa y la impresión de que su opinión era solicitada y tomada en consideración en toda decisión importante.
Pero la cuestión no era particular de las empresas públicas. Se planteaba para todas las empresas. Los fabianos habrían llegado a proponer que en una sociedad anónima el dividendo fuera limitado. Todos los trabajadores debían asociarse a la gestión de las empresas, y debían conocer su marcha y podrían exponer su opinión sobre las decisiones claves que afectasen al porvenir de la empresa. De ese modo, los trabajadores tendrían un conocimiento directo de los problemas y terminaría ese sentimiento sobre su debilidad real, que antes había expuesto Ramadier. Así pues, influiría sobre la mentalidad obrera dando a los trabajadores el sentimiento de hallarse más cerca de la igualdad real y de una responsabilidad creciente.
Ramadier aludía también a que esta cuestión de la participación obrera en la gestión de las empresas también aparecía en Alemania y Francia.
Sería un tema fundamental para los sindicatos y los partidos socialistas y estaba “cargado de porvenir”. Pero la solución progresiva no se podía dar en donde reinase el comunismo porque el mismo mantenía a los trabajadores dentro de una mentalidad servil, que podía estar abatida y dominada pero que también podía alimentar la rebeldía y la destrucción.
Los fabianos marcaban el camino, difícil sin lugar a dudas, pero que conducía a la libertad y a la igualdad.
Hemos trabajado con el número del 23 de octubre de 1952 de El Socialista.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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