El librepensamiento decimonónico y la cuestión social: la situación
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Tribuna Libre
En algunos trabajos hemos señalado el carácter un tanto paternalista del librepensamiento español en relación con la cuestión social. Por un lado, se desarrolló una verdadera preocupación en relación a la situación de los trabajadores, pero nunca se llamó a la revolución o la lucha obrera, es decir, que nunca se consideró la necesidad de proclamar que la emancipación de los trabajadores debía ser liderada por los mismos. Y eso separó al librepensamiento del movimiento obrero.
En el primer número de Las Dominicales del Libre Pensamiento estudiamos en otro trabajo el carácter del librepensamiento en general en el artículo que explicaba los objetivos del semanario y allí vimos la tesis que defendemos. En la misma línea estaría el artículo sobre cuestión social y que se definía como “cartilla del obrero”.
El periódico se dirigía a los obreros explicando que se le iba a dar a conocer las cosas que amaba en la forma más sencilla, es decir que la publicación se iba a preocupar de su suerte ayudando “a gozar los bienes que nosotros gozamos ya”. Como observamos, ya desde el principio estamos respirando un cierto aire paternalista.
Se insistía mucho en que el periódico iba a contarle al obrero todo lo que le pudiera interesar, pero sin adularle, se le diría la “verdad con amor”.
En este primer artículo “social” si se nos permite la expresión, el periódico quería hablar al obrero de su estado y para ello se comenzaba empleando la famosa máxima de Sieyés, aplicada a los trabajadores. Esto es, el obrero lo era todo en la vida material pero no gozaba nada de la misma, o casi nada.
Eso sería injusto. Los trabajadores realizaban todo, pero para regocijo de otros y no disponían de casi nada, ni de vivienda. Los que no producían y vagueaban lo tenían todo, eran ricos, pero los que producían y no vagaban eran pobres, no tenían ni para comer. Ese sería el estado social imperante.
Ante tal estado de cosas se producían tres movimientos o reacciones: irritación y venganza, apelación a la justicia divina realizada en otro mundo, o una serena consideración hacia el hecho para evitarlo y darle una “serena y justa sanción en la tierra”.
La primera reacción era la más habitual entre los trabajadores, pero la violencia no estaría justificada a pesar de la situación injusta. No se podían albergar sentimientos de venganza ni de represalia. En realidad, se estaba hablando del movimiento obrero. Ya vemos como no gustaba esta posición al librepensamiento decimonónico, por mucho que se reconociera la explotación de los obreros.
La segunda reacción tenía que ver con el supuesto consuelo que ofrecía la religión. Era evidente que el librepensamiento era radicalmente contrario, aún más que en el caso anterior, a esta solución.
Por fin, la tercera reacción tenía que ver con la experiencia del hombre que había vivido mucho y tenía experiencia y, por lo tanto, sabía bien los medios que debía poner en práctica para abreviar sus problemas. Ese hombre contenía sus manos porque sabía que el desbordamiento era fatal, aunque buscase justicia. Pero era verdad que los poderosos no estaban por la labor de ceder, así pues, el periódico se preguntaba si existía alguna “legítima esperanza de vencer pacíficamente”.
En el artículo no se daban aún las claves y se anunciaba al obrero que eso se trataría en otros artículos. Seguiremos, pues.
Hemos trabajado con el número primero de Las Dominicales del Libre Pensamiento del 4 de febrero de 1883.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.