Cada Halloween convertimos en motivo de celebración aquello que normalmente asociamos con el miedo. Nos disfrazamos de monstruos, asistimos a fiestas repletas de zombis y decoramos nuestras casas con esqueletos y fantasmas. También nos atraen actividades que nos ponen los nervios a flor de piel, como recorrer pasajes del terror o ver películas que sabemos que nos harán sobresaltarnos.
Lo interesante es que la tensión que generan estas actividades puede formar parte de su atractivo. Pero ¿cómo es posible que una emoción que normalmente experimentamos como desagradable se convierta en una fuente de diversión?
El miedo cumple una función esencial, ya que nos ayuda a detectar amenazas y prepara nuestro organismo para responder ante ellas, algo fundamental para nuestro bienestar. Cuando algo nos asusta, nuestra atención se concentra en el posible peligro, el corazón puede acelerarse y el cuerpo se dispone a actuar. Por eso solemos experimentarlo como algo desagradable.
Sin embargo, desde pequeños también jugamos con él. Nos divertimos cuando alguien nos persigue fingiendo ser un monstruo y nos escondemos esperando a que nos encuentre. Esa aparente contradicción no desaparece al hacernos adultos; simplemente cambian los escenarios.
Miedo recreativo en un contexto seguro
La psicología utiliza el término “miedo recreativo” para referirse a las experiencias en las que el miedo y el disfrute conviven. En ellas nos acercamos voluntariamente a situaciones que nos asustan, pero dentro de un contexto que interpretamos como relativamente seguro. Sabemos que la sangre es maquillaje, que el asesino de la atracción es un actor y que podemos apagar la película si el susto nos resulta excesivo. Es decir, aunque nuestro cuerpo reaccione con miedo, el contexto nos permite vivir la experiencia como una forma de juego.
Ahora bien, que el miedo pueda resultar divertido no significa que cuanto más intenso sea, mejor. Varios autores observaron a personas que recorrían una atracción de terror y comprobaron que el mayor disfrute aparecía con niveles intermedios de miedo. Una experiencia demasiado previsible podría resultar aburrida; una excesivamente aterradora, desagradable.
Algo parecido ocurre con otros juegos en los que necesitamos cierta dosis de incertidumbre o sorpresa para mantener el interés, pero sin llegar a sentir que la situación nos desborda. Tal vez no busquemos pasar todo el miedo posible, sino encontrar la cantidad adecuada.
Y esa cantidad no es igual para todo el mundo. Hay quienes quieren sentarse en primera fila y quienes prefieren mirar la pantalla entre los dedos. En otra investigación estudiaron a los visitantes de una casa del terror que eligieron intentar aumentar o reducir su miedo. Para ello recurrieron a distintas estrategias: unos se dejaban llevar por la experiencia; otros utilizaban bromas, distracciones o buscaban apoyo en sus acompañantes. Quienes intentaron reducirlo sintieron menos miedo y, aunque su satisfacción fue algo menor, también valoraron positivamente la experiencia.
La diversión, por tanto, no depende únicamente de cuánto miedo sentimos, sino también de cómo lo regulamos. Nuestra experiencia previa y la tendencia a buscar sensaciones intensas pueden influir en cómo vivimos estas situaciones.
¿Lo pasan peor las mujeres con los sustos?
Los estudios también señalan que, en general, los hombres declaran disfrutar más del terror y las mujeres sentir más miedo, aunque todavía no están claras las razones que explican este patrón.
Muchas de estas experiencias, además, las vivimos acompañados. No es lo mismo escuchar un ruido inquietante a solas en casa que sobresaltarse en una atracción rodeado de amigos. Gritamos, nos agarramos a alguien, nos reímos de nuestra reacción y, al salir, reconstruimos juntos lo sucedido. Según un estudio, quienes habían sentido más miedo o mantenido contacto físico con otras personas durante una experiencia de terror tendían a percibir una mayor cercanía con sus acompañantes.
Quizá parte del atractivo de pasar miedo juntos no esté solo en lo que ocurre durante la experiencia, sino también en la manera en que la recordamos y comentamos después. Incluso la risa que sigue a un sobresalto tiene sentido en este contexto. Durante unos segundos reaccionamos como si estuviéramos en peligro; inmediatamente después comprobamos que no había nada que temer. Esa rápida reinterpretación puede transformar el susto en diversión. A veces, lo que más recordamos de una casa encantada no es el monstruo que apareció de repente, sino el grito de quien venía a nuestro lado.
Cada vez más volcados en Halloween
Halloween procede de la expresión inglesa All Hallows’ Eve, que significa “víspera de Todos los Santos”. En España, esta popular celebración ha ido ganando presencia en colegios, escaparates y locales de ocio. Aunque es cierto que no todo el mundo lo celebra.
Una encuesta de la Asociación Española de Consumidores realizada en 2025 a unas 2 000 personas señalaba que el 59 % tenía previsto participar, con un gasto medio estimado de 83 euros entre quienes lo harían. Además, según un estudio del sector del ocio nocturno, más del 93 % de los locales consultados preveía organizar sesiones especiales para esa noche.
Pero, más allá de su dimensión comercial, Halloween nos permite representar inquietudes como la muerte o lo desconocido mediante disfraces e historias y jugar con el miedo en un entorno seguro y compartido.
Tal vez por eso, después de recorrer una casa del terror con el corazón acelerado y jurar que no volveremos a hacerlo, basta con que alguien pregunte “¿Repetimos?” para que no tardemos demasiado en decir que sí.![]()
Dolores Fernández Pérez, Profesora Ayudante Doctora. Departamento de Psicología, Universidad de Castilla-La Mancha
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.





