Pretender el derrocamiento de un régimen mediante un ataque invasivo a un país, capturar a su presidente y trasladarlo a la nación atacante para ser juzgado es, llanamente, la vulneración del derecho internacional. Una más. Una agresión de perfil imperialista. La reedición de la doctrina Monroe. Los Estados Unidos de Trump tensan todavía más la cuerda del multilateralismo. Lo hacen en una atmósfera amenazante para otros países de América Latina: Cuba, México, en cabeza. El historial estadounidense en ese hemisferio es dilatado, y su apoyo a dictaduras militares, una constante. Ahora, esta es la excusa: la persecución del narcotráfico, escogiendo Venezuela –con el anti-democrático gobierno de Maduro– como objetivo, donde el tráfico de sustancias tóxicas –como el fentanilo, que tanto obsesiona aparentemente a Trump– es escaso. El petróleo y otras riquezas: he aquí la motivación. Todo enmarcado en la estrategia de Seguridad Nacional de la Administración trumpista, conocida hace pocos meses: América para los americanos (los de Estados Unidos, por supuesto). Y el mundo, también, para ellos. Se rompen totalmente legalidades, equilibrios, consensos. Se dinamitan los protocolos internos necesarios: para una acción como la desplegada en Venezuela, es necesario el acuerdo del Congreso. Congresistas republicanos ya han levantado la voz ante la decisión autocrática de Trump, de forma que este tremendo movimiento puede tener críticas no menores en las propias filas del partido que apoya al magnate.