Europa es un término geográfico, pero, sobre todo, es un concepto, una idea, un planteamiento social y cultural de referencia. En Europa nace y se impone la razón ilustrada, así como la idea del progreso de la humanidad. Ven la luz las nociones de colectividad, de sociedad, de la función integradora y cohesionadora de las administraciones públicas, los derechos humanos universales y el papel fundamental que tiene la concepción social y económica del Estado del bienestar. Lógicamente, Europa también ha significado en otras épocas opresión en forma de colonialismo y la insana tendencia a resolver las divergencias internas con dos grandes guerras mundiales que dejaron un balance de sesenta millones de muertos. Tenemos también la inmensa mancha del totalitarismo de los años treinta y la perversión extrema e injustificable del Holocausto. Europa ha sido capaz de construir un sentido de identidad colectiva por encima de los nacionalismos y las culturas nacionales. Unidad y diversidad. Una identidad basada en valores democráticos de tolerancia, libertad y respeto a las minorías. Una colectividad unida por una cultura con muchos rasgos compartidos que se construye a mediados del siglo XIX y que va desde la literatura rusa, la ópera italiana, la filosofía alemana, la capitalidad de París, hasta la enorme fuerza de lo que se ha denominado la Mitteleuropa. En el siglo XX, Europa erige, tras una gran guerra devastadora, un proyecto de sociedad compartido por las dos grandes opciones políticas que se alternan en los gobiernos, como son la socialdemocracia y la democracia cristiana. El Estado del bienestar es, probablemente, uno de los mayores peldaños civilizatorios alcanzados en la historia de la humanidad. Resulta de una voluntad y un deseo de entendimiento y cooperación para limitar las desigualdades a las que conduce el capitalismo si no existen políticas equilibradoras y compensatorias. La idea de que o el bienestar es para todos o, moralmente, no es posible para nadie.