La hora de la madurez
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
Es hora de madurar. No cabe perder más tiempo. La situación no admite espera. ¿Acaso no acabamos de presenciar el último intento de golpe contra la democracia española, desde la obscena altanería de accionistas milmillonarios, tan antiespañoles como avaros y carentes de escrúpulos? ¿Vamos a tener que esperar, más todavía, para darnos cuenta de que las gentes sensatas de izquierda deben re-aliarse políticamente cuanto antes? Es apremiantemente necesario que esa alianza, reforzada, resurja ya mismo, para que este país prosiga capeando, como hasta hoy, las asechanzas de todo tipo que ha encarado con éxito hasta ahora y, sobre todo, para que la sociedad española no caiga en manos de una alternativa impolítica tan corrupta e irresponsable cual la que encarna la atontolinada –pero pérfida– cúpula de la derecha.
La re-alianza debe y puede atenerse a un programa que incluya la paz, la Europa social, su autonomía geoestratégica y la democratización de todo el Este continental como metas al alcance de la mano. Estas metas, aquí sugeridas, si pueden proporcionar la base social del voto que ahora más que nunca se precisa en las cruciales elecciones generales y su preámbulo regional y municipal. Pero antes, conviene aclarar y despejar las ideas en escena.
Desde tiempo atrás de la atolondrada implosión de la URSS en 1991, que tanta zozobra geopolítica ha generado luego, el desconcierto se instaló en las mentes pensantes de la izquierda europea. Y no porque aquel modelo excitara la libido política de casi nadie de la izquierda de acá; sino, más bien, porque al otro lado del Atlántico se pensaba –erróneamente, obsesivamente– que desde Moscú se daba amparo y apoyo a la izquierda continental. En realidad, la cúpula de la URSS solo parecía estar preocupada por no romperse del todo en pedazos, como en verdad sucedió con aquel orondo dipsómano y, difícilmente, logró recomponerse luego recobrando parte de su antigua entidad como gran potencia. Pero lo hizo tras perder quince repúblicas, casi la mitad de su población y un corpus ideológico, originariamente emancipatorio e imitado en medio mundo, del cual Moscú había tomado distancia desde muchos años antes.
Declinar ideológico
El problema hoy aquí no es simple. El mundo de las ideas se encuentra demasiado viciado por un turbión conceptual de grandes proporciones, desde que unos cuantos intelectuales, adscritos al posmodernismo y surgidos del post-estructuralismo más mareante, tomaran -quizás inconscientemente- el camino hacia la irrelevancia de la Política. Y lo emprendían en aras a un supuesto humanismo que creían perdido y que solo lo estaba en sus propias cabezas. Dándole la vuelta al pensamiento de Antonio Gramsci –el pensador sardo procedía de la esfera del liberalismo de Benedetto Croce– hegemonizaron la lucha cultural frente a la lucha política como prioritaria tarea de la izquierda. Y, a partir de ese error, que excluía la lucha por la hegemonía política, comenzaron a trastabillar y a llevar detrás consigo a partidos y gentes que habían renunciado al sentido crítico y se limitaban a esperar consignas “de arriba”, estancia donde algunos oportunistas, sin ideas ni ganas de tenerlas, se habían encaramado previamente.
Lo que sucedió se veía venir. La lucha contra el Poder del capital/dinero se vio trocada por la lucha contra los micropoderes, de tal manera que la proliferación por doquier de tantos de estos fragmentos y la incansable lucha que combatirlos exigía, guió la política de la izquierda a una titánica inducción de lo particular hacia lo general. Tal táctica quedaba al margen de la confrontación estratégica contra el macro-poder político, esto es la dominación plena en grado sumo, a la que por la vía inductiva nunca se llegaba. Ello acabó por oscurecer el objetivo central del movimiento emancipatorio en Europa y en América: el objetivo de romper el espinazo al Poder entendido como palanca de dominación, sumisión y humillación de los dominados, no al poder como herramienta para el cambio, la igualdad y la prosperidad general. La eficacia política solo es tal cuando una vez conseguido el poder macro se pueden ir anulando los poderes micro, pero casi nunca al revés.
Mientras aquellos intelectuales gozaban de sus refriegas conceptuales en las atestadas aulas de la Sorbona o de Nanterre, el monstruo afilaba sus dientes; copiando en clave explotadora algunas enseñanzas y técnicas de la izquierda, paría el neoliberalismo que, convenientemente hibridado con el neoconservadurismo, trenzó un monstruo de dos cabezas irrefrenable en su apetito por comérselo todo; incluso se comería a algunos de sus litigantes congéneres, a costa de destruirlo todo a su paso, como vimos en la crisis de 2008, Lehman Brothers, y ahora, cuando un mero banco del mitificado Sillicon Valley californiano arrastra a la crisis a todo el sistema, incluido el sancta santorum del capital secreto, el Crédit Suisse.
El infausto precursor
Heraldo negro y precursor político de lo acaecido ahora lo fue el golpe militar del infausto Pinochet, traidor, hipócrita y asesino donde los haya, abanderado del neoliberalismo económico que cuatro asociales e hiper-individualistas enseñantes de la Universidad de Chicago lograron imponer – a bayonetazo limpio en Chile– y que se vio replicado por doquier hasta nuestros. Ahora, el modelo neocon-neolib en crisis monta guerras imperiales que le resultan absolutamente necesarias para aumentar una tasa de ganancia, hoy decreciente, de cuyo bajonazo culpa a la democratización de derechos y libertades impuesta por años de lucha obrera, estudiantil, sindical, indigenista, feminista y ecologista. El objeto político más destacado del nuevo belicismo se propone crear Estados fallidos allí donde Estados no del todo sumisos a su dictado se enfrentan a sus designios. La nueva forma de explotación impuesta, genuflexa ante el capitalismo financiero, especulador, improductivo e inhumano, se muestra retadoramente enfrentada a todo lo que insinúe un ápice de democracia. Sus mentores, los que se lucran con las sangrientas guerras, con millones de muertos, heridos y desplazados, que imponen a mansalva, encaran sin embargo una nueva crisis y se muestran decididos a arramblar con todo lo que tenga que ver con el derecho humano y social a vivir, dejar vivir y ser felices.
Galgos y/o podencos
Pues en esas estamos. Si las izquierdas variadas se enfrascan en discutir si lo que viene corriendo a todo trapo son galgos o podencos, nadie dude de que todas las izquierdas, rosas, rojas y moradas, caerán bajo las dentelladas de los canes, acelerados por otra crisis de proporciones desconocidas y que va a dejar en los huesos a uno u otro de sendos perros…a no ser que la falta de madurez de la izquierda les brinde nuevamente sus jugosas carnes y se las sirva en bandeja para que las devoren, generando más desigualdad, más pobreza y más miseria. Eso sí, que no falte una guerra, a ser posible mundial y ahora contra China, para que la tasa del negocio de la venta de armas se mantenga.
El corolario de lo escrito quisiera poner el énfasis en que el deterioro de la unidad y las políticas de la izquierda viene siempre de la mano del deterioro de las ideas, surgidas del estado de las condiciones de existencia de la sociedad. ¿Quién iba a pensar que un país culto como la Alemania de Weimar, de Beethoven, de Goethe, de Hegel y Marx, iba a caer en manos del nazismo hitleriano, de la Gestapo y de las escuadras pardinegras de las SA y de las SS? Pues todos aquellos que no dieron importancia alguna a la declinación ideológica que desde el Romanticismo iba a ir abriendo el paso al irracionalismo. Y se hizo allí, en la cultísima Alemania, tras haber sacralizado sus intelectuales primero los paradigmas y convenciones de la Metafísica, de la Filosofía y la Sociología luego y, fatalmente, los de la Biología al cabo, para concluir en la mitologización de la raza y todo lo que vendría después. Aquel proceso se había iniciado, quizás ingenuamente, desde el Discurso a la nación alemana de Fichte, más intencionalmente a partir del mórbido Schopenhauer, remachado por un desaforado Nietzsche –con sus delirios sobrehumanos-inhumanos–, y quintaesenciado por Heidegger –“el devenir acaece en el extravío”, sentenció para justificar sus devaneos con el nazismo–; todo lo cual culminaría en el aberrante Alfred Rosenberg, portaestandarte del genocida supremacismo ario. El desenlace de aquella declinación de las ideas, culminado en el nazismo, derivó de los intentos de cercenar la Razón, supremo constructo de autodefensa de la Humanidad. Su erosión precipitaría a Alemania, Europa y medio mundo en la irracional sinfonía de sangre de la Segunda Guerra Mundial.
Bueno, pues otros embates de distinta naturaleza contra la Razón, la Ilustración, las grandes ideas-fuerza surgidas del París revolucionario, conceptos que propulsaron los avances históricos y sociales desde el siglo XVIII al XX, fueron trivialmente sometidos a desmontaje por ese posmodernismo que no parece querer saber nada de la crisis que ha contribuido a cebar, abriendo la puerta a la extrema derecha supremacista, al acecho en Europa del Este y más acá, y desconcertando a una izquierda incauta, que pretende enfrentarse a todos los gigantes a la vez en vez de enfrentar a los gigantes, galgos y podencos, entre sí.
La hora de la madurez es llegada. El acuerdo de las izquierdas es el camino. La Razón, el método. Y la Democracia, la meta.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.