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Gabrielle Émilie de Breteuil, marquesa de Châtelet (1706-1749)


(Tiempo de lectura: 5 - 10 minutos)

Una destacada matemática y física del siglo de las luces

Allí donde está el dolor, está también lo que lo salva.

Friedrich Hölderlin

La inercia de los lugares comunes es mucha, hasta el punto de que obnubila la mente y condiciona la visión de la realidad. Escarbando un poco, sin embargo, se advierte que el suelo en el que están enraizados los tópicos no es nada sólido. Se resquebraja a poco que se le ponga en entredicho.

Se habla, cada vez más, de la ‘invisibilidad’ de la mujer y de su ausencia del espacio público a lo largo de la historia, como si hubieran podido hacer otra cosa que lamentar su exclusión de ese ámbito. Aunque quizás, en lo que más se ha insistido es en lo poco que han aportado a las Ciencias. Incluso se ha argumentado, con notable estupidez, que esto era congénito.

Émilie de Breteuil es un buen ejemplo de lo contrario. Sus conocimientos de Física y Matemáticas, de Filosofía y el hecho de haber traducido a Isaac Newton al francés, hacen que merezca desde luego, una mayor atención. Focalizaremos en torno a ella algunos aspectos relacionados con la situación de la mujer en el siglo XVIII. No sólo se volcó en el estudio de la Física y de las Matemáticas, sino que llegó a disponer de un laboratorio.

La realidad es ambigua, por no decir escurridiza. Cuando se analiza un periodo, no suelen enfatizarse los abusos de todo tipo que el poder ha ido cometiendo. Sólo conocemos, parcial y limitadamente, la vida cotidiana de un determinado momento histórico.

En esto como en todo, es aconsejable guardar un cierto equilibrio, conocer los límites y las líneas rojas que no se debían traspasar… mas, que hubiera merecido la pena transgredir, para que hubieran tenido lugar cambios y transformaciones necesarias que en ocasiones se venían gestando largo tiempo.

Bajo distintas perspectivas analíticas, el siglo XVIII supuso una serie de alteraciones que afectaron profundamente, a la concepción del mundo y del hombre. En el Siglo de la Razón se culminan algunos principios operativos que surgieron en el Renacimiento.

La preocupación sincera por conocer los secretos de la naturaleza y la aspiración a unas leyes más justas son elementos, por ejemplo, que deben tenerse en cuenta.

Me parece de gran interés el desplazamiento desde la Metafísica a la Teoría del Conocimiento, que tiene lugar. Desde esa perspectiva, puede apreciarse en todo su valor que las ideas y concepto empiristas y poco más tarde materialistas, aplicados a la realidad den lugar a cambios de percepción significativos. Únase a esto, las voces que reclaman la separación de poderes, el avance del parlamentarismo y el desplazamiento del eje simbólico de autoridad, desde la esfera religiosa a la política. Sin esas nuevas preocupaciones, no hubiera podido surgir el concepto de ‘contrato social’

En el Siglo de las Luces surgen voces, aunque aisladas y silenciadas de forma expeditiva, que reclaman la presencia de la mujer para una organización más justa de la sociedad y para una utilización más inclusiva del pensamiento.

Naturalmente, había que introducir reformas que permitieran a las mujeres una educación y una formación para llevar a cabo esas empresas. Por vez primera se cuestiona la rígida separación entre la vida pública, como ámbito masculino y la vida privada o doméstica, como ámbito femenino. Tiene, sin duda, interés el planteamiento inicial del problema. Sin ese primer paso, no hubieran podido darse otros.

Un cambio de perspectiva ha de partir, necesariamente, de estas coordenadas. La larga lucha por reivindicar la igualdad de derechos, comienza por el acceso a la educación. Las ilustradas se dieron cuenta y comenzaron a reivindicar esta idea que fue considerada irrealizable y quimérica por las mentes ‘políticamente correctas’ e impregnadas misoginia.

Émilie desde niña mostró una inteligencia viva y una habilidad para el estudio y la investigación científica. Tuvo la fortuna de encontrarse con un progenitor que alentó sus inquietudes. No sólo se preocupó de que dominara idiomas, sino de que adquiriera conocimientos de Física, Matemáticas, Historia y Filosofía. Es, asimismo reseñable, que se educó en un ambiente de tolerancia, al margen del fundamentalismo religioso.

No suele ponerse de manifiesto que fue la primera traductora de los “Principia” de Newton, del latín al francés y, no sólo esto, sino que la acompañó de agudos y rigurosos comentarios que facilitaron la propagación de las ideas de Newton en Francia.

La profesora Ingeborg Gleichauf, autora de una biografía sobre Hannah Arendt y diversos textos sobre mujeres filósofas a lo largo de la historia, cita unas palabras suyas que no me resisto a reproducir:”soy una persona singular y valiosa, responsable de todo lo que soy, lo que digo y lo que hago”. Quizás uno de sus méritos más destacados fue rebelarse, inteligentemente, contra la idea de naturaleza femenina que se tenía en su tiempo. En sus palabras hay coraje, seguridad en sí misma y determinación.

Deben valorarse los esfuerzos intelectuales de pensadoras como Émilie por abandonar lo que podríamos denominar ‘el lado obscuro de la realidad’, venciendo limitaciones y discriminaciones seculares.

Se propuso abandonar ‘esta prisión cuyos barrotes son los prejuicios’ que el patriarcalismo había impuesto. Cuando la voluntad es firme, puede llegar incluso, a torcer el brazo al destino. Para ello, no hay mejores armas que la astucia y la inteligencia.

En el siglo XVIII se fue abriendo paso una idea: o bien se cree en la razón como guía del ser humano o en la rueda inexorable del destino, que el Ser Supremo mueve a voluntad. La razón, liberada de cadenas, es quien ha de poner orden, asumiendo así un nuevo concepto de libertad que no tardaría en dar granados frutos.

Gracias a la educación y formación recibida le fue posible conocer y dialogar, en los salones de París, con filósofos, científicos y matemáticos, como sin ir más lejos, Bernard de Fontenelle, sobrino de Pierre Corneille o Madame de Mézières, que la animaron a perseverar en sus inquietudes científicas. Si bien no pudo asistir a instituciones educativas tuvo la oportunidad y, la aprovechó, de ampliar su formación con excelentes preceptores.

Añádase a esto que fue autora de una abundante correspondencia, que en buena medida, se conserva. Algunas de las personalidades con las que se carteó, por sus conocimientos científicos, su sólida preparación o su vida mundana desinhibida, fueron conocidas y valoradas en la Ilustración. Así el duque de Richelieu, Pierre Louis Maupertuis, Francesco Algarotti, la marquesa de Boufflers y, sobre todo, Voltaire.

François-Marie Arouet y Émilie de Breteuil fueron amantes durante muchos años. Creo, sin embargo, que existía entre ellos una comunicación, colaboración intelectual y científica muy intensa y, por encima de todo, complicidad.

Voltaire la valora, en alguna de sus páginas, como traductora de Virgilio y como divulgadora de la obra de Newton. Lo que tiene valor, porque no solía prodigar los elogios. Asimismo, Émilie fue también una humanista y realizó importantes esfuerzos por dar a conocer los contenidos de mayor relieve del filósofo, físico y matemático Leibniz.

Con todo, lo más interesante es que fue una proto-feminista nata. Así, cuando tradujo “La fábula de las abejas” de Bernard Mandeville, se permitió suprimir algunos fragmentos y encabezarlo con un prologo que no debe pasar desapercibido para un lector-lectora atento. Con toda claridad, expuso sus opiniones sobre la situación de la mujer y defendió su educación como una necesidad de ganar espacio para liberarse de prejuicios, techos de cristal y convencionalismos.

No le fue fácil salir adelante por los vetos que una sociedad patriarcal había impuesto. La Academia de Ciencias, sin ir más lejos, no permitía la entrada a las mujeres, tampoco les estaba permitido asistir a otros lugares de discusión y debate como los cafés parisinos. Una anécdota cuenta que disfrazada de hombre asistió a alguna de las sesiones de la Academia.

Voltaire y Émilie mantuvieron frecuentes discusiones y puntos de vista poco concordantes, mas colaboraron estrechamente. Se respetaban e incluso se especializaron. Mientras Voltaire brillaba por sus conocimientos filosóficos y literarios, Émilie se volcó hacia la Ciencia. Era muy buena conocedora de la situación de la Física en su momento histórico, incorporando además las teorías de Newton que, anteriormente, habían sido recibidas con hostilidad, ya que la visión que predominaba era la cartesiana. Tengamos presente que por su prestigio fue nombrada miembro de la Academia de Ciencias de Bolonia, poco después.

Me parece de una enorme importancia –y no se le ha dado- que la marquesa de Châtelet fue la primera mujer, que yo sepa, que participó en un debate científico públicamente.

De no menos interés, son algunos de los puntos de vista que sostiene en su “Discurso sobre La Felicidad”. Páginas desenfadadas, valientes, incluso libertinas, dotadas de un ‘aire epicúreo’ y donde se pueden rastrear algunas ideas de John Locke. De forma desenvuelta, señala que no hay que reprimir las pasiones y los deseos. Es de gran interés, no obstante, su opinión de que el amor al estudio es la pasión más necesaria para la felicidad, así como un refugio contra la adversidad.

Me he detenido un tanto en lo anteriormente expuesto, ya que considero que denunciar la situación de opresión, enclaustramiento e invisibilidad social –atenuada, eso sí- en círculos aristocráticos, es perfectamente compatible con considerar sumamente valioso el atreverse a sobrepasar algunas líneas rojas.

A la hora de abordar la figura de Émilie de Breteuil con sus luces y sus sombras, me parece inexcusable reivindicar que el saber científico es siempre el resultado de una búsqueda incesante y de un esfuerzo sostenido. Émilie tuvo que moverse con cautela, en círculos dialécticos internos y externos que en buena medida, la aprisionaban y le impedían la libertad de movimientos que tanto ansiaba.

Durante el Siglo de las Luces se entendía –y no con poco acierto- que la Filosofía era una serie concatenada de preguntas y respuestas e incluso de preguntas sin respuesta, que posibilita explorar la Ciencia y las nuevas visiones de la Naturaleza. Los acontecimientos, se van sucediendo en una espiral donde se alcanzan nuevos objetivos. Cada momento, sin embargo, tiene su perfil y su aura propia.

El convencionalismo y el ritualismo, cuando da la impresión de que están a punto de desaparecer, reaparecen al igual que algunas manchas pertinaces. Las máscaras sociales son, muchas veces, el rostro que oculta prejuicios desfasados.

Émilie fue portadora de un afán de cambio de muchos estereotipos y roles sociales. No sé si acertaré con este comentario. Creo que para ella la Ciencia tenía un poder liberador y, sólo accediendo a ella, podían alcanzarse espacios de especialización e investigación, que hasta ese momento se le habían negado a la mujer.

Quizás, esto explique el acertado aserto de Hölderlin que he reproducido en el frontispicio de esta colaboración: ‘allí donde está el dolor, está también lo que lo salva”. Voltaire y Émilie de Breteuil, como comenté anteriormente, tenían una gran complicidad, fruto de ella es que cuando el irónico y polémico filósofo publica “Elementos de la Filosofía de Newton” rinde un homenaje a Émilie en el prólogo, indicando expresamente, sus conocimientos de Física, en especial su contribución en el apartado de Óptica.

No se me ocurre mejor forma de terminar estas reflexiones y comentarios, que resaltar algo que a Émilie le hubiera llenado de legítimo orgullo. Se le dio su nombre a un asteroide y a un cráter de Venus.

Este acto de reconocimiento significa, ni más ni menos, que la comunidad científica la ha admitido en su seno y la distingue con uno de esos galardones que tienen un alto valor y contenido simbólico.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid.


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