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Enseñanzas de unas elecciones


(Tiempo de lectura: 6 - 12 minutos)

La Sociología, la Ciencia que estudia los comportamientos sociales, establece que en etapas percibidas como de inseguridad, las gentes que votan lo hacen según directrices vinculadas a la ley y al orden. Por el contrario, quienes consideran vivir en situaciones de prosperidad, votan por valores de autoexpresión, libertades personales y tolerancia. Si analizamos las recientes elecciones generales celebradas en España, tendría que haber sido el deseo de ley y de orden el que ha determinado la victoria numérica –y pírrica– del Partido Popular el 23 J: le ha sacado a su rival, el PSOE, la magra cifra de 300.000 votos de ventaja, para un censo potencial de 37’5 millones de votantes. Sin embargo, la suma de los votos de la izquierda más los de los nacionalistas, sobrepasa grosso modo en un millón largo los obtenidos por las derechas. Otros valores, más benevolentes, mueven estos otros votos.

¿Qué ha sucedido pues? ¿Han sido la ley y el orden las directrices que han guiado al votante del PP a dar su voto a la formación de la gaviota azul? Cabe preguntarse si el PP encarna, en los últimos tiempos, la ley y el orden. ¿Qué ley? ¿Quizá la Constitución? Sirva un ejemplo: uno de los sectores institucionales más conservadores, más de derecha, la judicatura, que interpreta las leyes y que las aplica, salvo excepciones, con un rasero casi siempre versado en contra de los valores de la izquierda, lleva cinco largos años incumpliendo voluntariamente la Constitución, la ley de leyes, por parte de su órgano de gobierno, el Consejo General del Poder Judicial.

Por otra parte, ¿qué orden encarnaría la cúpula de la derecha? ¿El orden de los sucesivos, reiterados e inacabados escándalos de corrupción protagonizados y/o consentidos por dirigentes del PP, evaluados en miles de millones de euros, que han llegado a identificar procesalmente a ese partido con una organización criminal?

Entonces, ¿qué mueve al votante del PP para regalarle su voto? ¿Tal vez la supuesta capacidad de propuestas políticas alternativas a las de la izquierda? No constan. Ni una sola propuesta tangible ha salido de la cúpula del PP en las últimas legislaturas y menos aún durante los terribles episodios que estremecieron al país durante la pandemia, la eclosión volcánica o la actual guerra en Ucrania, con la consiguiente crisis energética más la galopante inflación. ¿Quizá determinó su voto el discurso ideológico del PP? Si, tal vez: el discurso basado en ¿la ley y el orden? Vuelta a empezar.

Amistades tóxicas

Es preciso entonces descartar que sean la ley y el orden los que muevan al votante de la derecha a dar su voto al PP. Pensemos en algo distinto. ¿La ética? ¿Es concebible que el liderazgo del PP haya ido a recaer en manos de un barón gallego que, durante varios años, se codeaba con contrabandistas devenidos en narcotraficantes, los mismos que con el tiempo convirtieron Galicia, largamente regida por el PP durante aquellos años, en la principal distribuidora de droga en España y por Europa? O bien, ¿cabe plantearse a qué obedece que quien lidera hoy el Partido Popular haya aterrizado en su cúpula tras la súbita defenestración de Pablo Casado, cuyo afán linchador del Gobierno en los días más terribles de la pandemia dio paso a un intento fallido, por su parte, de denunciar prácticas corruptas de un hermano de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, a propósito de comisiones percibidas tras adquisiciones millonarias de mascarillas y otros útiles?

Veamos, todavía, si la clave del voto a la derecha reside en su mentada capacidad de gestión. ¿Gestión de qué? ¿Es concebible que los fondos europeos, que Bruselas se avino prontamente a proveer a España en pleno combate contra el virus asesino, fueran objeto de denuncia por parte del PP, que intentó allí por todos los medios impedir que llegaran a las arcas del Estado español para paliar los efectos devastadores de la crisis inducida por la pandemia? No parece ser ejemplo alguno de gestión.

Proyecciones y deseos

Hay entonces que plantearse, siempre respetuosamente, si el votante del PP puede estar viendo o proyectando en el partido de la calle de Génova otra cosa distinta de la ley, el orden, la imaginación para proponer alternativas, la ética o la capacidad gestora. ¿Cuál puede ser la clave de este voto -numérica aunque exiguamente- mayoritario? Posiblemente se trate de un querer ser. Presumiblemente, las gentes que le votan quieren ver en el PP lo que anhelan: una formación de centro político; democrática; nada extremista; respetuosa con las leyes; partidaria de un orden social justo, capaz todo ello de procurar un sereno inmovilismo que ponga al ciudadano a buen recaudo del moviente escenario de la vida.

Mas lo cierto es que eso no es más que un anhelo porque, en realidad, no existe. No existe la quietud en la escena social, ni en la economía, ni en la política, ni en la vida misma. Ya Heráclito decía que el agua que surca el cauce de un río en un punto determinado nunca es la misma. En el río de la vida, todo se mueve, la inmovilidad perpetua es una quimera. Si a ese anhelo irreal se unen, en las condiciones concretas de la España actual, el generalizado simplismo de taberna que aplica a voces recetas banales a los problemas complejos y la rampante incultura política resultado de la degradación intencionada de las Humanidades, más la extirpación de la Educación de la Ciudadanía y de todo aquello que pueda implicar la adquisición por la gente de criterio, criticismo o cultura (el asesinato de bravos animales es considerado por la gran derecha como Cultura), obtendremos un cuadro que explica, según piensa este opinador, una parte de lo que sucede en España con el voto de la derecha.

Ignorancia

No hay más remedio que contemplar otra presumible explicación al voto del que escribimos aquí. ¿Han podido ser la incomprensión o la intolerancia hacia la izquierda y los nacionalismos las causas profundas del voto a favor de la derecha? Si así fuera, la ignorancia sobre la historia real de la España contemporánea podría ser la causa de tal tipo de venganza o de rencor, salpimentado, tal vez, por los abrasivos rescoldos de un espíritu inquisitorial aún presente en muchas conductas sociales y políticas de nuestro país.

Quizá muchos de esos votantes desconozcan que fue la izquierda la principal propulsora del acceso a las libertades y a la democracia que ha protagonizado, no sin zozobras, los años más prósperos de nuestro país en siglos. La reconciliación nacional emprendida, en pleno franquismo dictatorial, tres lustros después de la Guerra Civil por los comunistas y aplicada por los socialistas, más su conciencia de la diversidad nacional y su empatía política y su capacidad de aceptar una otreidad no activa -pero receptiva- de la derecha a la hora de facilitar el tránsito no traumático de una dictadura a un régimen parlamentario, fueron las claves del arco de bóveda de lo que luego vino. Y todo ello en medio de dificultades sin cuento, bajo la pesada losa de un franquismo que, todavía hoy, se deja ver en la conducta electoral de muchos españoles.

En cuanto a los nacionalismos, forman parte de la pluralidad admitida por la Constitución. Las percepciones sobre la historia propia y ajena juegan papeles decisivos en la arena política desde el prisma regional de países, como el nuestro, donde la diversidad, lingüística, cultural, económica y política, es un hecho. Otra cosa es que las percepciones nublen las realidades objetivas.

Empero, la izquierda y los nacionalismos no viven en estado de gracia. Sus errores han sido evidentes, señaladamente a la hora de explicar a qué obedecían sus iniciativas más audaces. Ha habido cierta sobrantía, la práctica de personas sobradas, si bien algunas de ellas acusaban los efectos psicológicos de los linchamientos personales enfilados contra ellas. El coro mediático, en su sector faltón y antidemocrático, ha tenido mucho que ver en todo ello.

El caso es que la aritmética electoral sitúa los resultados electorales del 23 J en una tesitura insólita pues, como se sabe, quien puede decidir o no la viabilidad de un Gobierno de coalición de izquierda va a ser un partido de troquel ideológico de la derecha catalana, regido por un líder independentista, actualmente exiliado que, como era de esperar, se las pondrá muy tiesas al PSOE para permitirle formar un gabinete coaligado. Empero, un sector de su partido, con escaños propios, avanza que dará su voto al futuro Gobierno de izquierda coaligado.

Dosis de imaginación

El desafío va a requerir elevadas dosis de imaginación por parte de Pedro Sánchez, incluso del rey Felipe VI. Y eso ya que, de no asignarse por el rey la formación de Gobierno al líder socialista, asignar antes la investidura a Alberto Núñez Feijoó, con sus amistades tóxicas y peligrosas de antaño y de hogaño -las mismas que a su vera parecen urdir hoy su descabalgamiento-, implicaría riesgos evidentes para la denominada Institución, con mayúsculas.

Por cierto, se ha descubierto que la grabación del discurso del actual rey y entonces príncipe el día de su boda con Leticia Ortiz muestra varias interrupciones y cortes de varios minutos muy significativos. Algunos de quienes escucharon aquel discurso, hoy troceado, dicen creer haberle escuchado que él no reinaría si la monarquía no era sometida al refrendo de los españoles. Tema grave y enjundioso éste, que tarde o temprano habrá que someter a lo que el príncipe entonces establecía. No es hora de ello, dirán los sapientes consejeros áulicos, esos que siempre dicen que no es el momento de nada, aplazando la solución de los problemas hasta que los problemas revientan.

De la prosperidad

Otra enseñanza a extraer de estas elecciones viene a ser la que señala que la idea de prosperidad, siquiera relativa, impregna a buena parte de la sociedad española, que ha visto: la tasa de empleo más alta de la que se tiene noticia, 21 millones de población activa; la reducción de la inflación a su mínimo en Europa, entre 2 y 2’3 %; la sustanciosa subida del salario mínimo, casi un 40% y de las pensiones; las leyes de igualdad equiparantes de hombres y mujeres en la escena laboral y social; la defensa y protección de las minorías –tarea ésta inseparable de las políticas democráticas- mediante legislación ad hoc; el ingreso mínimo vital, limitante objetivo de la mendicidad…y un sinfín de leyes, hasta 200, de marcado troquel progresista, amén de la derogación de leyes retrógradas referidas a lo laboral y a distintas formas de amordazamiento. Quienes han percibido que vivimos en una coyuntura de prosperidad, han optado por votar valores de autoexpresión, libertades colectivas y personales y tolerancia como los que encarna el tándem PSOE-Sumar y muchos de sus aliados parlamentarios. En este caso, parece que el axioma sociológico enunciado al principio sí parece cumplirse.

¿Qué va a pasar?

¿Qué va a pasar a partir de ahora? Si el lector o la lectora de este texto conserva aún paciencia para seguir leyendo, diré que, en mi opinión, al Estado español, no solo al Gobierno, le interesa asumir el axioma de la prosperidad que preconizan los votantes de izquierdas y nacionalistas; y no solo a efectos de imagen, en medio de una Europa de capa caída, donde la luz económica, política y social de España brilla con una fuerza inusual. También a este Estado, con los datos en la mano, le interesa el clima de paz social dominante; el empuje igualitario y cohesivo impulsado por una incesante actividad política constructiva; las innovaciones al respecto del cambio climático; la reindustrialización verde, más la lucha prácticamente superada contra la pandemia; y, desde luego, todo aquello que, como el aplacamiento del secesionismo con medidas de prudencia política, propicia o pueda propiciar un estado de cosas razonablemente llevadero.

La remontada de la izquierda en las urnas, respecto de las recientes y tan adversas elecciones municipales y autonómicas, pese a todas las demás tribulaciones sufridas, es un síntoma claro de un impulso re-democratizador del país. Impulso asumido por los herederos del 15 M con más voluntad que acierto pero en todo caso, sinceramente, y que hoy se integran en un esperanzador Sumar. La hegemonía de derechas en el Senado no preludia fluidez parlamentaria, por cierto.

Cabe contemplar, sí, que un sector conservador y otro socialista promuevan una grosse coalitionen entre los dos vectores del bipartidismo, que deje fuera a la extrema derecha y a la izquierda de la izquierda. Mas, para ello, sería necesario que alguien en el PP encabezara un corrimiento, tal vez una escisión, en clave centrista, que desterrara definitivamente los coqueteos con ultraderechistas y franquistas que le han impedido hacerse con la aritmética triunfal tras el resultado de las urnas. Y eso porque el principal propósito de la extrema derecha a la que objetivamente el PP se ha coaligado en ayuntamientos y Gobiernos regionales consiste en merendarse al partido del que, en su día, se escindió, aunque no del todo.

Todas las opciones están abiertas. Incluida la convocatoria de nuevas elecciones en enero. Quieran los cielos dotar a los dirigentes políticos democráticos de imaginación, claridad y tesón para culminar la ingente tarea de fortalecer la democracia en España, que tanto entusiasmo y sacrificio costó tanto a tantos.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.