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Franco, el modernizador


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

Hay pocas imágenes tan reconocibles del franquismo como la de Franco inaugurando un pantano. Con gabardina en invierno, uniforme en las grandes ocasiones o traje oscuro cuando el protocolo lo exigía, el dictador aparece una y otra vez contemplando una presa recién terminada, descubriendo una placa de mármol o cortando una cinta inaugural. Durante años esa escena se repitió con tanta insistencia que acabó convirtiéndose en una verdad aceptada: Franco había construido la España moderna.

Es una afirmación que contiene una parte de verdad y otra bastante mayor de propaganda. Nadie puede negar que España cambió profundamente durante las dos últimas décadas de la dictadura. El país dejó atrás la pobreza de la posguerra para convertirse en una economía industrial; millones de personas abandonaron el campo y emigraron a las ciudades; aparecieron los electrodomésticos, el automóvil dejó de ser un lujo y el turismo transformó la costa mediterránea. En apenas quince años el paisaje físico y social de España experimentó una mutación que hoy resulta difícil imaginar.

Lo discutible no es el cambio, sino su autoría.

La dictadura dedicó enormes esfuerzos a convencer a los españoles de que aquel progreso tenía un único responsable. Ningún instrumento propagandístico fue tan eficaz como el NO- DO. Desde 1943 hasta la muerte de Franco su proyección fue obligatoria antes de cada película. Para millones de espectadores era la única ventana audiovisual a la actualidad, aunque aquella actualidad estuviera cuidadosamente seleccionada. No había huelgas, cárceles, exiliados ni censura. Había inauguraciones, cosechas abundantes, desfiles, recepciones oficiales y multitudes entusiastas.

Las cifras resultan elocuentes. Entre 1943 y 1975 Franco apareció en el NO-DO en 375 ocasiones participando en actos propagandísticos; en 215 como jefe del Estado, y en 154 inaugurando pantanos, fábricas, viviendas o proyectos agrícolas. El mensaje era transparente: allí donde surgía una carretera, un embalse o un barrio nuevo aparecía inevitablemente el Caudillo. El desarrollo económico dejaba de ser el resultado del trabajo de miles de técnicos, ingenieros, arquitectos y obreros para convertirse en la obra casi personal de un hombre providencial.

Aquella imagen, sin embargo, ocultaba una historia bastante más compleja.

Muchos de los grandes embalses que el franquismo convirtió en símbolo de su capacidad transformadora no nacieron en los despachos del régimen. La política hidráulica española venía gestándose desde finales del siglo XIX, inspirada por el regeneracionismo de Joaquín Costa y desarrollada posteriormente mediante sucesivos planes nacionales de obras públicas. La dictadura retomó numerosos proyectos, aceleró su ejecución y, sobre todo, supo apropiarse de ellos desde el punto de vista propagandístico. El pantano dejaba de ser una infraestructura para convertirse en un monumento político.

También desaparecía de la fotografía otra realidad bastante menos épica. Durante los primeros años de la dictadura, miles de presos políticos participaron en la construcción de carreteras, canales, líneas ferroviarias y grandes obras hidráulicas mediante el sistema de redención de penas por el trabajo. Aquellos hombres, derrotados apenas unos años antes en la Guerra Civil, proporcionaron una mano de obra abundante y barata para reconstruir un país devastado por el conflicto. El NO-DO mostraba la presa terminada; nunca enseñaba a quienes habían levantado buena parte de sus muros.

Algo parecido ocurrió con los pueblos de colonización. Entre mediados de los años cuarenta y 1970 el Instituto Nacional de Colonización promovió más de trescientos nuevos asentamientos donde llegaron a instalarse unas cincuenta y cinco mil familias. Surgieron sobre todo en las nuevas zonas regables de las cuencas del Guadiana, del Guadalquivir y del Ebro y muchos fueron diseñados por arquitectos de extraordinario talento. Constituyen todavía hoy uno de los episodios más interesantes del urbanismo español del siglo XX.

La propaganda, sin embargo, volvió a simplificar la historia. Aquellos pueblos aparecían como una concesión personal del Caudillo al campesinado, cuando en realidad eran la culminación de una larga tradición de planificación hidráulica y colonización agraria que precedía ampliamente al franquismo. La ironía quiso que muchos de ellos comenzaran a perder población apenas unos años después de inaugurarse. Mientras Franco seguía entregando llaves de viviendas nuevas ante las cámaras, millones de españoles hacían las maletas para abandonar definitivamente el campo y buscar un futuro en Barcelona, Madrid, Bilbao o la Europa industrial.

La verdadera modernización española no estaba ocurriendo únicamente donde el NO-DO colocaba sus cámaras. Estaba sucediendo, sobre todo, allí donde la propaganda apenas miraba: en las fábricas, en las cadenas de montaje, en las remesas enviadas por los emigrantes y en una economía que empezaba, lentamente, a desprenderse de la asfixiante autarquía de los años cuarenta.

El gran salto no llegó con una victoria militar ni con un discurso de Franco desde el balcón del Palacio de Oriente. Llegó cuando el régimen comprendió que la autarquía había fracasado. Durante casi veinte años España había vivido encerrada en sí misma, con una economía intervenida, escasez de divisas y un crecimiento muy inferior al de la Europa occidental. A finales de los años cincuenta aquella situación era ya insostenible. Había que cambiar de rumbo o resignarse al estancamiento.

El giro se produjo en 1959, con la aprobación del Plan de Estabilización. Aquel programa, impulsado por los llamados tecnócratas, redujo el intervencionismo estatal, abrió la economía al exterior y facilitó la llegada de inversiones extranjeras. Pocas decisiones económicas han tenido tanta influencia en la historia reciente de España. A partir de entonces el país comenzó a crecer a un ritmo desconocido, favorecido además por un contexto internacional excepcional: la expansión económica europea, las remesas enviadas por cientos de miles de emigrantes y el auge del turismo.

Precisamente el turismo transformó otro de los grandes escenarios del franquismo: la costa mediterránea. En pocos años aparecieron hoteles, puertos deportivos y urbanizaciones donde hasta entonces solo había huertas, pinares o pequeños pueblos de pescadores. Aquella expansión proporcionó riqueza y empleo, pero también alteró para siempre algunos de los paisajes más valiosos del país. El Mediterráneo empezó a convertirse en una sucesión casi ininterrumpida de bloques de apartamentos mucho antes de que la palabra «sostenibilidad» entrara en el vocabulario político.

Como en tantos otros ámbitos de la dictadura, el desarrollismo convivió con una tupida red de intereses personales. Constructores como José Banús, favorecidos desde la posguerra con importantes contratos de obra pública, desempeñaron un papel decisivo en la urbanización de la Costa del Sol. Asociado con Alfonso de Hohenlohe, Banús contribuyó a transformar Marbella en un destino internacional del turismo de lujo. Al mismo tiempo, la declaración de Centros de Interés Turístico Nacional aceleró las recalificaciones del suelo y abrió enormes oportunidades de negocio para empresarios estrechamente vinculados al régimen. Algunos jerarcas franquistas desarrollaron importantes inversiones inmobiliarias en la costa, mientras las buenas relaciones entre Franco y la monarquía saudí favorecieron la llegada de los primeros grandes capitales procedentes del mundo árabe.

Sería absurdo negar que aquella política produjo resultados visibles. España se llenó de carreteras, fábricas, hoteles y viviendas; millones de familias mejoraron su nivel de vida y el aislamiento internacional fue quedando atrás. Pero el progreso económico tenía un límite muy claro: no iba acompañado de una apertura política comparable. El régimen aceptó la economía de mercado porque la necesitaba; nunca aceptó el pluralismo político porque habría cuestionado las razones mismas de su existencia.

Quizá ninguna imagen simbolice mejor esa contradicción que la de 1959. Ese mismo año en que España abandonaba definitivamente la autarquía e iniciaba el camino hacia la modernización económica, Franco inauguraba también el Valle de los Caídos. Mientras el país empezaba a mirar hacia Europa, la dictadura levantaba el monumento que consagraba para siempre la memoria de los vencedores de la Guerra Civil. La economía avanzaba hacia el futuro; la política seguía instalada en el pasado.

Por eso resulta tan difícil responder con un simple sí o un no a la pregunta de si Franco modernizó España. El país, sin duda, se modernizó durante la dictadura. Basta comparar la España de 1975 con la de 1940 para comprobarlo. Pero una cosa es que la modernización ocurriera bajo el franquismo y otra muy distinta que fuera exclusivamente obra del franquismo. Los grandes planes hidráulicos venían de mucho antes; la recuperación económica llegó cuando se abandonó la autarquía; el crecimiento descansó sobre la inversión extranjera, el turismo, la emigración y el trabajo de millones de españoles que nunca aparecieron en los noticiarios.

Quizá esa sea la mayor victoria del NO-DO. Logró fijar en la memoria colectiva una imagen tan poderosa que todavía hoy condiciona el debate histórico: un anciano inaugurando pantanos mientras España prospera a su alrededor. Sin embargo, las cámaras siempre enfocaban en la misma dirección. Nunca mostraban a los presos que habían trabajado en muchas de aquellas obras, ni a los emigrantes que sostenían con sus remesas la economía familiar, ni a los técnicos que diseñaban las infraestructuras, ni a los empresarios que aprovechaban la apertura económica, ni a las decenas de miles de obreros que levantaban las fábricas donde realmente se estaba construyendo el futuro del país.

Las presas siguen en pie, los pueblos de colonización continúan formando parte del paisaje y las urbanizaciones del Mediterráneo son hoy un elemento inseparable de la geografía española. Todo eso pertenece, para bien y para mal, a la herencia material del franquismo. Lo que no pertenece al terreno de los hechos, sino al de la propaganda, es la idea de que aquella transformación pueda resumirse en la figura de un solo hombre. Franco inauguró muchas obras. España, como casi siempre ocurre en la historia, la construyeron millones de personas cuyas fotografías nunca ocuparon la portada del NO-DO.

 

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.

 


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