Washington sí es país para viejos
- Escrito por Manuel Peinado Lorca
- Publicado en Opinión
En la imagen aparecen caricaturizados Donald Trump, Mitch McConnell, de 81 años y líder de la minoría republicana en el Senado, Nancy Pelosi, que acaba de anunciar que piensa presentarse a la reelección a sus 83 años, y Joe Biden.
Considerado durante mucho tiempo la tierra de los nuevos comienzos, ¿está Estados Unidos en peligro de convertirse en una gerontocracia esclerótica?
«En una sociedad en decadencia, las imágenes de un liderazgo que envejece pueden llegar a encarnar una sensación general de marchitamiento y decadencia», escribe David Remnick en el comentario al que corresponde la portada que encabeza este artículo, una pesadilla cívica convertida en el sueño del caricaturista Barry Blitt que refleja la gerontocracia que compite por ocupar los primeros puestos en el establishment de la capital del Imperio.
Después de Jimmy Carter, que celebró sometido a cuidados paliativos en casa, pero con una mala salud de hierro que le permitió celebrar su 99º cumpleaños saboreando helados, el presidente más longevo se llama Joe Biden que cumplirá 82 años quince días después de que se celebren las presidenciales de 5 de noviembre del corriente, en las que competirá a la sorprendente vitalidad para hacer el mal de Donald Trump a sus 77 años.
Estados Unidos se encuentra en mitad de un gran debate sobre la fecha de caducidad de sus principales líderes políticos. Las encuestas confirman el temor a que, como ocurrió en los últimos y agónicos días de la Unión Soviética, la primera potencia militar del mundo se esté convirtiendo en una tambaleante democracia encabezada por ancianos.
Veinte de enero de 2021: un presidente católico, el segundo después de Kennedy, afrontaba a los 78 años el mayor reto de la historia presidencial desde la Gran Depresión de 1929 que resolvió el presidente de mayor talla política del siglo XX, Franklin Delano Roosevelt. Tenía ante él un cuádruple desafío: sanitario, la pandemia había costado para entonces más de 400.000 víctimas, más que todos los militares estadounidenses muertos en la II Guerra Mundial; económico, más de diez millones de desempleados desde el inicio de la pandemia; político, un país dividido, en plena crispación, donde solo hacía quince días el presidente Trump había incitado a la insurrección.
Afortunadamente, el golpe de Estado del día de Reyes no triunfó; las instituciones salvaron la democracia y Joseph Biden tomó posesión con un discurso llamando a la unidad y decidido a “restaurar el alma de América” tras cuatro años de vandalismo institucional protagonizado por Trump. A los votantes, al menos a los demócratas, no parecía preocuparles demasiado la edad de su candidato.
Después de todo, a la hora de ocupar durante cuatro años el 1600 de la avenida Pensilvania, el sistema político estadounidense siempre ha favorecido la senectud. Desde tiempos de George Washington, la Constitución exige tres requisitos para sentarse en el Resolute Desk: ser ciudadano “natural” y no naturalizado; al menos catorce años de residencia en territorio americano y una edad mínima de 35 años. No, no existe –aunque quizás debería existir– un tope en cuanto a la edad máxima para ocupar la Casa Blanca.
Tanto el requisito de exigir 35 años para acceder a la presidencia como los 30 exigidos años para ser senador y los 25 para ocupar un escaño en la Cámara de Representantes reflejan un cierto prejuicio por parte de los firmantes de la Constitución contra la excesiva juventud. Conviene recordar que en 1787 la esperanza de vida para un varón blanco estadounidense no llegaba a los 37 años.
De hecho, hubo que esperar a que en 1901 el presidente William McKinley fuese asesinado para que lo sucediera el vicepresidente Theodore Roosevelt, que entonces contaba 42 años y se convertía así en el presidente más joven de la historia de los Estados Unidos. En 1960, John F. Kennedy accedió a la Casa Blanca a los 43, cuando la esperanza de vida de los varones blancos era de casi 67 años.
En el caso de Biden, el presidente en funciones más anciano en la historia de Estados Unidos, su condición de octogenario se explica por la necesidad del ideológicamente fracturado Partido Demócrata para encontrar un candidato de consenso. El resultado es que cuando Biden entró en la Casa Blanca tenía más años que Reagan cuando la dejó cuando todo Washington sabía que el entonces presidente dormitaba más que vivía en la Casa Blanca. Pero tres años después, la lógica aplicada por los demócratas en las presidenciales del 2020 ha colapsado ante un espectáculo inocultable y preocupante de lapsus verbales, aturdimiento, confusión, tropiezos y caídas en público.
Ante la que se avecina, a medida que los votantes expresan profundas preocupaciones sobre la edad del presidente, Biden y su aterrorizado personal están trabajando en un proyecto urgente para proteger su candidatura a la reelección: una estrategia que evite que tropiece en público.
El equipo de asesores presidencial teme con razón que el candidato tenga una mala caída delante de las cámaras durante en las semanas previas a las elecciones de 2024. Con la ayuda de un acreditado fisioterapeuta, el presidente se ha sometido desde noviembre de 2021 a una rutina de ejercicios para mejorar su equilibrio. Tras la aparatosa caída sufrida en junio durante una ceremonia en la Academia de la Fuerza Aérea, Biden también ha empezado a utilizar zapatillas deportivas para evitar resbalones y a usar escaleras cortas para subir al avión presidencial Air Force One.
De acuerdo con una encuesta de AP-NORC realizada el verano pasado, tres de cuatro estadounidenses consideran a Biden demasiado mayor para el cargo, algo muy comprensible si se tiene en cuenta que unos de cada dos también verían a Donald Trump demasiado vetusto a sus 77 años.
Galeno afirmaba que no es viejo quien tiene muchos años, sino quien tiene mermadas sus facultades. Apartado de la política a sus 63 años a causa de la dictadura de César, Cicerón escribió su tratado Sobre la vejez, en el que el viejo senador, inspirado sin duda por el célebre discurso de Céfalo en La República de Platón, desarrolló algunos argumentos destinados a despojar a esta etapa de la vida humana de su carga infamante y desmoralizadora.
Para Cicerón, la vejez no es sino el resultado de lo que hayamos hecho con nuestra vida, de modo que no sólo no tiene por qué ser una etapa de ominosa decadencia, sino la más plena y productiva. La senectud ha existido desde que el hombre existe; pero, a diferencia de lo que ocurría en tiempos de Cicerón, nuestras sociedades perezosas para la reflexión y llevadas por muchos prejuicios han perdido la capacidad de pensar en la vejez sin asociarla a la decrepitud.
Manuel Peinado Lorca
Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.
En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.
Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).
En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.
En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.