El antes y el después de la victoria de Trump
- Escrito por Rafael Simancas
- Publicado en Opinión
El triunfo de la candidatura de Donald Trump en las elecciones de los Estados Unidos celebradas el pasado 5 de noviembre tiene consecuencias que van más allá de la política doméstica en Norteamérica y que superan, incluso, las repercusiones más previsibles en términos económicos y geoestratégicos.
Las circunstancias en las que se ha desarrollado la campaña de Trump y su contundente victoria entrañan unas lecciones graves e ineludibles para el resto de las sociedades democráticas.
Se trata de un punto de inflexión y de unas coordenadas nuevas para el funcionamiento de los sistemas políticos democráticos, tal y como los hemos entendido desde la segunda gran guerra, al menos.
No es algo completamente nuevo ni algo que pueda circunscribirse a la política estadounidense de manera exclusiva. Este fenómeno viene decantándose en latitudes diversas durante los últimos años: Brasil, Argentina, Francia, Hungría, Bélgica…
No es solo un cambio en las reglas del juego. Estamos ante un juego distinto.
Y aquellos que compartimos ideas progresistas haremos bien en tener en cuenta el antes y el después de este 5 de noviembre. Cambian los términos de la conversación política. Para muchos, no se debate ya entre adversarios dispuestos al contraste racional y la negociación, sino entre enemigos llamados a la aniquilación personal respectiva.
Cambian los códigos del debate. Los hechos, los datos, los argumentos llegan a tener menos valor que las “realidades paralelas” o directamente los bulos y las mentiras para sostener una posición.
Cambian las reglas más elementales de conducta, porque el insulto y el infundio sirven como lenguaje habitual sin apenas coste. De hecho, se valoran como muestras de espontaneidad y no sometimiento al lenguaje pretendidamente correcto.
Cambian los principios más consolidados. Se cuestionan incluso los basados en la declaración universal de los Derechos Humanos. La solidaridad y la justicia social se entienden para muchos como “aberraciones” justificadoras de la tiranía progresista. La libertad se transforma en un salvoconducto para la transgresión, la competencia brutal y la mentira.
Cambian los modelos de sociedad, porque la convivencia se interpreta como simple lucha competitiva por la supervivencia. La lucha clave no enfrenta ya a los que tienen mucho y los que tienen poco, sino a los que tienen poco frente a los que aún tienen menos porque se sitúan fuera del sistema y aspiran a entrar. Y en esa lucha vale todo, vale el odio, vale la fuerza, vale la exclusión, vale la deportación.
Cambia el sentido del progreso en la consecución de la igualdad real de la mujer, que hasta ahora entendíamos innegable e irreversible. Hay una reacción constatada, desinhibida y descarada ante el avance del feminismo, el empoderamiento de las mujeres y la exigencia de cambio en los modelos de masculinidad patriarcales… Con apoyos crecientes, además.
Cambian los modelos de Estado, porque lo público se entiende entre buena parte de la ciudadanía como una carga de incompetencia, ineficiencia, corrupción intrínseca y gasto superfluo. Los impuestos son un robo y la auténtica justicia reside en que cada cual se las apañe según su capacidad competitiva, su fuerza y su suerte.
Cambian valores morales básicos, porque se legitima la ofensa, el sectarismo y el revanchismo como comportamientos normalizados en la confrontación política.
Cambian las referencias de liderazgo, porque en muchas ocasiones se valora menos la propuesta, la convicción, la experiencia, la trayectoria, el conocimiento, que el puro éxito económico o mediático. A los políticos tradicionales se les tacha de élites extractivas, corruptas e inútiles.
Los nuevos referentes son señores del poder, como Trump, Musk o Bezos, machos alfa, hechos a sí mismos, competidores sin piedad, sin las ataduras de lo políticamente correcto en su comportamiento moral o en su lenguaje. En Estados Unidos, el delincuente convicto ha ganado en las urnas a la fiscal.
La política que ha ganado en Estados Unidos es la antipolítica.
Tomemos nota. No para lamentarnos. Ni mucho menos para resignarnos.
Para aprender a seguir ganándoles aquí.
Porque seguimos creyendo en la fuerza del progreso, en la superioridad moral de la verdad y la democracia. Porque seguimos teniendo esperanza en un futuro con más igualdad, más libertad, más justicia y más paz.
Antes y después del 5N.
Rafael Simancas
Diputado en las Cortes Generales por Madrid. Secretario general del Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados.