Ya era hora de contar quién conquistó aquí la democracia
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
Ya era hora. Hora de que se narrase la Transición de la dictadura a la democracia en España tal como realmente se conquistó: fue fruto de un empuje irreprimible por conseguir las libertades democráticas secuestradas por el franquismo, empuje procedente de sectores sociales combativos, insertos en las fábricas, las universidades, los barrios, las asociaciones ciudadanas, el protofeminismo, los colegios profesionales y el clero comprometido, casi todos ellos organizados bajo la dirección de los partidos y sindicatos clandestinos de izquierda… ¿Qué cuento es ese según el cual el entonces rey, hoy emérito y varias lumbreras, nos trajeron la democracia “por la gracia de Dios” viniendo de dónde venían y jurando lo que juraron? Si tanto él como los franquistas menos recalcitrantes y más oportunistas, no hubieran sentido inquietantemente la potente presión surgida desde las calles, las aulas y los tajos, donde se palpaba que la sangrienta legitimidad del franquismo había expirado años antes que él, tal vez tuviéramos todavía hoy aquí otro espadón al mando -eso sí, ya formateado en Fort Bragg, Carolina del Norte.
Un filme revelador
Así que, como explica el filme “La conquista de la democracia”, dirigido por Nicolás Sartorius exdirigente de Comisiones Obreras, asistimos al comienzo del fin de la edulcorada leyenda sobre la Transición venida de arriba, mito alentado por quienes tuvieron la obligación, incumplida, de dar forma política justa y no sesgada a un proceso sociopolítico de masas e imparable, al que trataron de embridar con arteras tretas. Fue paradigmático el ardid de la famosa frase “de la ley a la ley”, ideado por Torcuato Fernández Miranda, mentor de la Ley de Secretos Oficiales de 1968 en vida del dictador, aún vigente hoy: la famosa frasecita ocultaba la realidad perseguida por él y sus pares, a saber: conseguir pasar “de la legitimidad de Franco a la legitimidad de Juan Carlos I” (de la que el Borbón carecía), para subordinar al sector ultra de las Fuerzas Armadas.
Lucha colectiva, apropiación privada
En esto, los muñidores entonces del embridamiento de la naciente democracia, se comportaron como suele hacer el capital: el proceso de creación de riqueza es una gesta laboral colectiva, pero la apropiación del beneficio es siempre privada; en este caso, la conquista de la democracia en España fue un proceso de lucha coral, colectiva; pero del rédito político de su logro quisieron y quieren aún apropiarse los que no hicieron nada por conquistarla: los conocíamos, allí estaban todos, en fila, a la espera de que quienes alumbraran con su sacrificio y compromiso las libertades democráticas para España fueran los demás; precisamente los que luchaban a brazo partido contra la represión, física, psíquica, ideológica, y se desangraban tiroteados en las calles, arrinconados en las prisiones, represaliados en sus trabajos, expedientados en y expulsados de sus Facultades, … en una pugna desigual contra un régimen que hacía agua por doquier pero, del cual, aquellos oportunistas -ellos se decían pragmáticos-, preveían, asustados, su inexorable consunción.
Derecha y centrismo
La vetusta derecha de siempre y el incipiente centrismo, al servicio de la clique bancaria y del empresariado más “pragmático”, se lucraron con creces del hecho de que la izquierda, comunista, socialista, anarquista y nacionalista, a pecho descubierto contra el aparato represivo del franquismo indemne todavía un lustro después de la Constitución de 1978, les abriera paso a la democracia, para instalarse cómodamente aquellos en el poder y atribuirse, con su relato, la medalla del protagonismo del cambio. Los denominados Siete Magníficos, casi todos ellos ministros de Franco, algunos fundadores de Alianza Popular precursora del Partido Popular, acariciaban mantener la hegemonía en el posfranquismo; pero su operación falló estrepitosamente. España estaba harta de Franco y de su régimen. Prueba de ello es que tardó más de tres décadas en sacar la cabeza. El cóctel ideológico del Movimiento Nacional, con falangistas oficialistas y joseantonianos, tradicionalistas, carlistas, nacionalsindicalistas, más pistoleros directamente fascistas a su servicio -los asesinatos de Montejurra fueron el ejemplo- hizo inviable su pervivencia política, visible, en la nueva era.
Cierto fue que hubo algún centrista entonces -casi todos procedían del antidemocrático Movimiento Nacional- como fue el caso de Adolfo Suárez que, guiado por la percepción de la fuerza social organizada por la izquierda en la calle, se avinieron comprometidamente a plegarse a la democratización demandada por lo mejor del pueblo español y de los nacionalismos periféricos. Sin embargo, la reacción interior, el ominoso aparato de Estado franquista, se negó a facilitar el acceso a la democracia mucho después de la muerte del dictador y aún tiñó sus manos de sangre de trabajadores y estudiantes ante la inacción ministerial de los primeros Gobiernos centristas: Montejurra, Vitoria, Atocha, Pamplona, Almería, … registraron episodios de una violencia atroz… Pero la presión social contra el régimen no amainaba. Y poco a poco, algunos valientes militares, jueces demócratas, policías sindicalistas, tuvieron también el coraje de unirse a las reivindicaciones populares -qué pena este adjetivo tan bello y hoy tan degradado- y pugnar conjuntamente por las libertades y la democracia.
Crisis, la CIA y la Guerra Fría
No obstante, la Transición a la democracia desde la dictadura se vio obstaculizada por una crisis mundial de la energía, señaladamente la petrolera que, a partir de 1973, lastró hondamente las expectativas suscitadas en torno al proceso socioeconómico aquí naciente y rebajó las esperanzas de generar nuevos valores, de emancipación, benevolencia y autoexpresión, frente a los de orden y seguridad que crean siempre las situaciones de adversidad económica.
Pese a ello, la lucha no cejó. En un contexto de Guerra Fría como el que vivíamos entonces, tras la Revolución de los Claveles en Portugal, en 1974, protagonizada por la izquierda comunista, Washington no podía permitirse otro episodio similar en España. De ahí que el almirante Luis Carrero Blanco volara por los aires en diciembre de 1973 ya que encarnaba el franquismo sin Franco y, si a la muerte del dictador hubiera accedido él al poder, según temían los estadounidenses dada su impopularidad carente de carisma, podría haber implicado un escoramiento hacia la hegemonía, en el naciente proceso de Transición, de la izquierda comunista, entonces dueña de la protesta política y social en las fábricas, las aulas y las calles. Ello explica, asimismo, el hecho de que durante aquel período, la CIA, Agencia Central de Inteligencia, principal servicio de Espionaje de Estados Unidos, tuviera en España la inquietante suma de 30.000 personas en nómina (*).
Si, treinta mil agentes, informadores y colaboradores, para yugular el proceso democrático de masas y prorrogar el sistema dictatorial -“autoritario” lo denominaba el científico social Juan José Linz, profesor en la Universidad estadounidense de Yale- con un barniz de democracia formal degradada con un mero maquillaje político: Washington se proponía hacerla viable desprovista de partidos de izquierda, sindicatos y organizaciones civiles progresistas. Esa era la pseudodemocracia que Washington promovía para España y que sus embajadores pujaron por imponer, mediante presiones sin cuento y con la supervisión del poderoso Frank Carlucci, siniestro urdidor de acciones encubiertas en América del Sur y Portugal, y del prepotente general y traductor áulico, Vernon Walters, quien fuera subdirector de la CIA, ambos obsesionados con interferir imperativamente en los asuntos de España.
La Unión Militar Democrática
Menos mal que los militares españoles, a diferencia de sus colegas sur y centroamericanos, no pasaron por la infausta Escuela de las Américas, en Panamá, cuna de todos los horrores, torturas y golpes de Estado inducidos por lo más tóxico y criminal de los servicios secretos made in USA, los mismos que ensangrentaron Hispanoamérica durante tres décadas de dictaduras militares anticomunistas de extrema derecha.
Frente a aquello, hubo aquí un buen grupo de oficiales y jefes militares organizados en la clandestina Unión Militar Democrática, UMD, -que llegó a contar con 400 miembros y hasta 600 colaboradores, buena parte de ellos desde la Guardia Civil- que alzaron la voz de sus conciencias contra la dictadura y pusieron su experiencia al servicio de las libertades; y ello, con el propósito de integrar a las Fuerzas Armadas en el naciente sistema democrático, con los Derechos Humanos como arco de bóveda y frente al golpismo rampante del aún vigente aparato de Estado franquista: en la vanguardia de la UMD figuraban jefes y oficiales demócratas de las tres Armas, como Luis Otero, Fermín Ibarra, Fernando Reinlein, Antonio García Márquez, Xosé Fortes, Restituto Valero -nacido en el Alcázar de Toledo- Jesús Consuegra, Abel Cillero, Manuel Fernández Lago, detenidos por la Policía Militar, encarcelados y juzgados; por su parte, Juli Busquets, Guillermo Reinlein, José Ignacio Domínguez y Bernardo Vidal, fueron, con aquellos, cuatro de los más visibles integrantes de la UMD. Todos ellos se arriesgaron a perder sus carreras como jefes y oficiales y, por temor de los primeros Gobiernos de la democracia a la agresividad de los sectores ultras, fueron muy tardía y parcialmente rehabilitados.
En la Judicatura, Justicia Democrática impulsó la lucha por las libertades entre los togados, mientras Colegios Profesionales de Abogados, Economistas, Arquitectos, Cineastas, Artistas, entre muchos otros, así como el Movimiento Democrático de Periodistas, pugnaron con denuedo y contra una represión desaforada, por la conquista de la democracia. En barrios y calles, un potente movimiento vecinal, articulado por organizaciones de izquierda comunista, maoísta, troskista y socialcristiana, consiguió extender en la opinión pública española la denuncia contra la corrupción inmobiliaria municipal, las prácticas económicas fraudulentas y la represión policial del franquismo, contribuyendo a erosionar la supuesta legitimidad del régimen, adquirida con las armas tras el desenlace de la Guerra Civil, rubricado por una posguerra vengativa y criminal contra todo tipo de oposición al régimen de Francisco Franco, firmante de decenas de miles de ejecuciones sumarias.
En cuanto al Movimiento Estudiantil, que en Madrid tomó el relevo de la lucha antifranquista en el mismo punto en el que se perdió la Guerra Civil, la Ciudad Universitaria, y que se extendió por Universidades de Barcelona, Sevilla, Santiago, Murcia, Valladolid, Cádiz… pagó asimismo un durísimo precio en persecución, represión física por parte de la Brigada Político-Social y onerosos castigos académicos, a manos de docentes franquistas. No obstante, en alianza con la clase obrera, dirigente natural de todo el proceso y organizada en torno a Comisiones Obreras y UGT, en clandestinidad, obtuvo victorias resonantes contra el fascismo y su versión española, el franquismo dictatorial. Y lo hizo arrancándole espacios de libertad en ámbitos físicos y culturales, pese a la ocupación policial directa o intermitente de numerosas Facultades, así como logró sobrevivir organizadamente tras distintos y humillantes estados de excepción con supresión de todo tipo de garantía civil.
La Historia contemporánea exige conocer lo que en verdad sucedió y costó aquella conquista, obra de miles de hombres y mujeres, obreros, estudiantes, vecinos, campesinos, que lucharon generosamente y consiguieron, en medio de enormes dificultades y presiones exteriores, una España mucho mejor que la impuesta a sangre y fuego por el dictador. No se trata de resucitar guerras entre españoles, sino más bien, se trata de recuperar la conciencia veraz de nuestra Historia para que, con ella, todas y todos podamos sentirnos en verdad libres.
(*) El dato fue proporcionado por Antonio Romero, dirigente del PCE andaluz y de Izquierda Unida, diputado y miembro de la Comisión de Defensa, Interior y Justicia, así como de la Comisión de Fondos Reservados del Congreso de los Diputados, fallecido en noviembre de 2024.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.