A propósito del libro sobre la educación de los sordos en la primera mitad del siglo XIX
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Cultura
Acaba de publicarse por la editorial Dykinson, la monografía de Pedro Martínez Palomares, La educación de los sordos en la primera mitad del siglo XIX. “El Colegio de Sordomudos de Madrid (1805-1857)”.
La investigación gira sobre los principios que gravitaron sobre la educación de las personas sordas, hasta alcanzar el momento clave en la Historia de la educación española que significó la aprobación de la primera Ley General de Educación, que planteó el sistema nacional de educación, a través de la Ley Moyano al ordenar la enseñanza general, incluida la de los sordos y los ciegos, y encomendar al Colegio Nacional de Sordomudos y de Ciegos de Madrid (antes Real Colegio de Sordomudos) la formación del profesorado especializado, marcando un hito clave en la Historia de la educación especial española.
Por nuestra parte hemos dedicado especial atención a esta cuestión de la educación especial en distintos trabajos, comenzando por un análisis que hicimos de la imprenta de este Colegio y seguido por la difusión de la Historia del Colegio en las distintas etapas, como estudia Martínez Palomares.
En este trabajo nos centraremos en la primera etapa de la enseñanza, en la crisis del Antiguo Régimen.
La educación de los sordomudos (en aquella época esta era la denominación) en 1795 en las Escuelas pías de San Fernando en el barrio madrileño de Lavapiés. El padre escolapio José Fernández Navarrete fue el encargado por el rey Carlos IV para dirigir el centro. Parece ser que este religioso había estado en Roma donde se formó. Dicha institución cerró en el año 1800.
El Real Colegio de Sordomudos de Madrid fue inaugurado en enero de 1805 después de haber coronado con éxito la iniciativa de la Real Sociedad Económica Matritense iniciada en 1802: una Real orden de 22 de marzo de 1803 autorizó su establecimiento, y el día 2 de enero de 1804 se aprobó su primer Reglamento.
Esta institución educativa culminaba el pensamiento pedagógico ilustrado. El ideal universal educativo de la época no podía olvidar a las personas con dependencias físicas, aunque para el caso de los ciegos hubo que esperar al triunfo del liberalismo y la abolición de las corporaciones gremiales. La existencia de gremios de ciegos supuso un obstáculo nada desdeñable para reorientar el papel de los ciegos en la sociedad según la óptica ilustrada y, más tarde, liberal: del monopolio de unas tareas musicales y de difusión de periódicos a una educación total y especial para su integración. Pero los sordos y sordomudos no estaban organizados, por lo que la tarea fue más fácil de abordar al no encontrar oposición organizada. Pero hacer su historia, en cambio, es mucho más complicado, dado el escaso rastro documental que han dejado hasta el siglo XVIII, precisamente por esa carencia organizativa. Por lo mismo es imposible saber ni por aproximación el número de sordos y sordomudos en el Antiguo Régimen; tenemos que esperar a bien entrado el siglo XIX para tener las primeras estadísticas oficiales. Los datos oficiales en 1860 daban un total de 10.905 sordomudos, siendo 6.316 varones y 4.559 mujeres para toda España. La provincia de Madrid contaba con 131 sordomudos y 68 sordomudas, en total, 199. La proporción de sordomudos/as por habitante, siempre según esta fuente estadística, era para todo el territorio español de 1 por 1.437 (1 por 2.459 para Madrid). Para ese año el Colegio contaba con 50 alumnos sordomudos (32 internos gratuitos, 9 internos pensionistas, 2 internos medio-pensionistas, 3 externos retribuyentes y 2 externos gratuitos) y 25 sordomudas (3 internas pensionistas, 1 externas medio-pensionista, 1 externa retribuyente y 1 externa gratuita). En total 51 alumnos.
El eje del reformismo pedagógico ilustrado lo constituía el utilitarismo. Si se aplicaba una educación específica a los sordos y sordomudos, éstos podían ser útiles para sí mismos, para la sociedad y para el Estado. La felicidad, meta optimista de la Ilustración, y entendida como un proyecto de vida, se podría conseguir a través de la educación. La Ilustración planteó cambios en relación con los distintos grupos que habían sido marginados secularmente, pero esas novedades no se basaban en principios de caridad cristiana sino de pragmatismo. El caso de los sordos y sordomudos es un tanto especial porque provenían de todas las capas sociales y se decidió, en la reglamentación práctica de esta enseñanza, acoger a todos, aunque estableciendo distintos tipos de clases en cuanto a su nivel adquisitivo, ya que unos contribuirían y otros no. En este sentido, el Reglamento de 1818 establecía cuatro tipos de alumnos: pobres que no pagaban ninguna cantidad, pensionistas que debían satisfacer de 8 reales diarios por meses más el "derecho de entrada" y los alumnos "pudientes" con 15 reales diarios. Estos últimos, según el artículo nº 84 "tendrán asistencia separada mas fina...", pero en ese mismo artículo se señalaba que en lo educativo no se harían distinciones. Estas sí se exteriorizaban en el vestido, en la alimentación que sería más rica, y en la ropa y demás utensilios de uso personal. Una última clase era la de "discípulos concurrentes a las clases", es decir, externos, ya que los anteriores eran todos internos. Pagarían 100 reales mensuales.
Pero donde sí se hizo notoria la discriminación fue en relación a la enseñanza que debían recibir las alumnas. El artículo nº 19 señalaba que cuando se estableciese el departamento de niñas se ajustaría a las normas del reglamento con una serie de reglas particulares como eran el aislamiento con respecto a los niños, una especial tutela sobre ellas, y un programa educativa que siendo igual a la de los niños en lo fundamental incluía las consabidas "labores de hilado, punto, costura, adorno, el arte de cortar y de guisar". Hasta la recuperación por la Sociedad Matritense del Colegio en 1835, en los inicios de la época liberal, no se materializó esta idea en la práctica.
Sobre la metodología educativa se optó por la experiencia francesa del abate Sicard y de su discípulo Rouyer, que estuvo al principio vinculado al Colegio, aunque por muy poco tiempo. Pero en España existía una tradición desde el Renacimiento en la enseñanza de sordomudos que terminará por ser rescatada gracias a los teóricos y prácticos de esta enseñanza en la España decimonónica, metidos a historiadores de la educación e impregnados del nacionalismo historiográfico del momento. Entre éstos pedagogos vinculados al Colegio en el siglo XIX contamos con Juan Manuel Ballesteros, Francisco y Miguel Fernández Villabrille, Carlos Nebreda y López, Antonio Hernández y Contreras, y Manuel Blasco y Urgel.
El origen de la enseñanza de sordomudos se encontraría en la obra de Ponce de León a principios del siglo XVI y continuada por Juan Pablo Bonet en el siglo posterior. Bonet publicó en 1620 un libro destinado a estos fines, Reducción de las letras y Arte para enseñar a hablar a los mudos. En 1794, en Viena, escribió el jesuita, P. Andrés, Lettera sopra L'origine a la vicenta dell' arte d'insegnar a parlare ai sordomuti. Un año después, otro miembro de la Compañía de Jesús, Lorenzo Hervás y Panduro sacó a la luz una obra capital, Escuela española de Sordo-mudos o arte para enseñarles a escribir y hablar en el idioma español, que no solamente constituye un método sino también un llamamiento a las autoridades y a la sociedad en general para que se atendiese la educación de los sordomudos. La línea evolutiva pasaría a Francia cuando el abate Carlos Miguel L'Epeé recogió las enseñanzas de los dos españoles en el método que culmina su discípulo, el mencionado abate Sicard. La obra de este clérigo, Lecciones analíticas para conducir a los sordo-mudos al conocimiento de las facultades intelectuales, al del Ser Supremo y al de la Moral sería traducida al castellano en 1807 por José Miguel de Alea, que llegó a dirigir e inspeccionar el Colegio por aquella época.
El Real Colegio tuvo su primera sede en la calle de las Rejas, aunque en 1807 se trasladó a la plaza de las Descalzas. La Real Sociedad Económica Matritense fue la corporación a la que se le asignó su tutela, que ejercía a través de una junta directiva. La misma controlaría la parte educativa, la médica y la económica. La institución fue dotada económicamente con dos pensiones sobre las mitras de Sigüenza y Cádiz. El primer director-maestro fue el militar Juan de Dios Loftus.
La Guerra de la Independencia supuso un duro revés para la institución. El Colegio tuvo que cerrarse ante una situación económica angustiosa e imposible de mantener a pesar de algunas limosnas y arbitrios del Gobierno afrancesado. Los alumnos tuvieron que pasar al Hospicio.
El Colegio se restableció en la calle del Turco en el año 1814. Fue la etapa como director de Tiburcio Hernández, destacado miembro de la Sociedad Económica Matritense del momento. Aplicó el método "Bonet" que parece ser se siguió empleando posteriormente.
Con él se aprobaría el Reglamento del año 1818. Con el Trienio liberal, el Colegio pasó a depender de la Dirección General de Estudios, pero ésta desapareció pronto con el retorno del absolutismo. La Sociedad Matritense no pudo volverse a hacer cargo de su supervisión, ya que cayó en desgracia durante toda la "década ominosa". De la institución educativa se encargó el duque de Híjar.
Como fuente hemos empleado la documentación que conserva el Archivo de la Real Sociedad Económica Matritense.
Algunas referencias:
FERNANDEZ VILLABRILLE, F., El Colegio de los sordo-mudos y de los ciegos, Madrid, 1861.
NEGRIN FAJARDO, O., "El proceso de creación y organización del Colegio de Sordomudos de Madrid (1802-1805)", Revista de Ciencias de la Educación, nº 109, (1982), págs. 7-31.
NEBREDA Y LOPEZ, C., Memoria relativa a las enseñanzas especiales de los sordo-mudos y de los ciegos, Madrid, 1870.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.