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La hora de la diplomacia


(Tiempo de lectura: 6 - 12 minutos)

Muchas vidas humanas han sido segadas con la afilada guadaña de la guerra. Al modo de un tétrico rittornello, las armas volvieron a bramar sobre suelo europeo. La invasión militar rusa de Ucrania sobreviene 32 años después de que ardieran los Balcanes, situados, también, donde comenzaron dos Guerras Mundiales: la bisagra donde Europa Occidental se entronca con Eurasia: Europa Central. Todo lo que sucede en esta franja de tierra y sus alrededores, que abarca desde el Báltico hasta el mar Negro, fue, es y será altamente explosivo. La Historia nos lo demuestra. Por ello, no resulta comprensible que políticos que se dicen estadistas agiten la zona y desconozcan que cuando los goznes de esta bisagra chirrían, el mundo entero chirriará. No podemos permitir que vuelvan a olvidarlo. Ahora, se trata de engrasar estos goznes para silenciar su grito sangriento. La posguerra dibuja poco a poco sobre el horizonte europeo su silueta con trazos poco a poco vez más firmes. Por fortuna, la esperanza en la paz ilumina hoy el tenebroso saldo de la guerra. Una víspera anhelada flota ya en el ambiente. Es la hora de la diplomacia.

La diplomacia recobra la fuerza de las palabras, los compromisos y los acuerdos que el cañoneo abruptamente silenció. El desenlace geopolítico más tangible de lo sucedido hasta ahora parece ser la presumible neutralidad de Ucrania, manifiesta en el compromiso de su presidente, Volodimir Zelenski, de aceptar que la OTAN no adentre al país eslavo en el club político-militar atlantista. Solo falta el compromiso formal de la OTAN de no hacerlo nunca y el de Rusia de retirar sus tropas de la escena. Hasta el momento, lo avanzado parece que va por buen camino. Y ello a pesar de que las hostilidades bélicas continúan pese a la apertura de conversaciones entre ambas partes, como puso de moda el ejército de Estados Unidos con sus bombardeos sobre el Norte de Vietnam, mientras Henry Kissinger negociaba con las autoridades comunistas de Hanoi.

La garantía de una desmilitarización preventiva de Ucrania, consecutiva a una guerra igualmente preventiva –otra siniestra moda aplicada en Irak- en esta ocasión iniciada por Rusia, será el aval que puede despejar la sensación de amenaza a su seguridad vital que Moscú dice percibir si Ucrania se integra en la OTAN. Como se sabe, los tres Estados bálticos, Estonia, Letonia y Lituania, más Polonia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía y Bulgaria componen, con el broche de Turquía, un collar percibido por Rusia como un dogal de Estados sujetos a la OTAN que cercan su fachada occidental casi al completo, salvo Ucrania, que hasta ahora no había desistido de su propósito ahora fallido cerrar tal cerco. Esta alianza político-militar occidental nació en 1949 para contener a la Unión Soviética que, durante la Segunda Guerra Mundial, tras liberar del yugo hitleriano y prestigiarse en gran parte de esos mismos países, hoy hostiles a la Federación Rusa, ejerció una supremacía hegemónica evidente sobre Europa Central.

Desconcierto ideológico

Pero la URSS, como tal, ya no existe; el argumento ideológico del comunismo soviético, empleado por Estados Unidos para combatirlo y dirigir militar y políticamente la Alianza Atlántica, ya no se tiene en pie. Un mismo sistema económico rige en ambas áreas del mundo. Esa es la característica que más desconcierta respecto de esta guerra: no hay un trasunto ideológico detrás de las armas, porque el comunismo soviético desapareció de la escena con la implosión de la URSS y los dos sistemas se han asimilado, grosso modo. Las acusaciones occidentales de autocracia y de falta de respeto a los derechos humanos dirigidas contra Moscú y Pekín, hoy aliados, se desvanecen como por ensalmo cuando Washington -cuyo patio interior rezuma represión policial hacia la comunidad afroamericana-, Londres o Berlín suscriben jugosos acuerdos económicos con aquellos.

Ahora, como torpedo contra las esperanzas de cese de la guerra en la zona, Joe Biden tilda a Putin de criminal de guerra. Y amaga con sentarle en un tribunal internacional. El ruso, por su parte, le replica que, para criminales de guerra, los presidentes estadounidenses, desde Nixon en adelante y espeta al Senado norteamericano que sus senadores han bendecido hasta 150 guerras contemporáneas en las que Rusia no participó. Nada de esto ayuda a la paz en ciernes.

Por otra parte, subsiste el primigenio bastidor territorial, histórico y cultural de la desaparecida URSS, compartido por la Federación Rusa, adscrita hoy sin embargo a la economía de mercado, que sigue siendo uno de los Estados nacionales más amplios e influyentes de la Tierra. Así lo atestiguan sus 17 millones de kilómetros cuadrados de extensión territorial; sus 144 millones de habitantes y un centenar de nacionalidades; sus ejércitos y arsenales nucleares, así como sus enormes recursos energéticos tangibles -la mayor potencia gasística del Planeta y la segunda en hidrocarburos-; más los vectores de riqueza que presentan su industrialización, sus llanuras cerealeras centrales, las caudalosas redes fluviales con las que cuenta, además de los espacios siberianos infinitos con su extenso litoral hacia el Pacífico y el Ártico, éste con 22.600 kilómetros de longitud, en trance de iniciarse un deshielo que ampliará la esfera de influencia de su flota mercante y de guerra al amparo de la cobertura de sus radares, según señalan los analistas occidentales.

De confirmarse ahora la neutralidad militar ucraniana anunciada por el presidente Zelenski, la Federación Rusa habrá conseguido, no el efectivo e imposible dominio de su bajo vientre geográfico –la Ucrania superpotencia cerealera, granero de Europa, con sus 600.000 kilómetros cuadrados de superficie continental y sus 44 millones de pobladores–, sino que parece haber conseguido impedir que otros potenciales dominadores foráneos o cercanos la sometan a sus designio. Consolidar este dominio negativo ruso se prevé que será una de las tareas a culminar en la mesa de negociaciones ruso-ucranianas, presumiblemente, por parte de Sergei Lavrov (1950), el hombre que ha llevado el peso de la diplomacia y gran parte de la política exterior de la Federación Rusa desde hace 22 años.

Una misión en Ceilán

La biografía de Lavrov, casado, padre de una hija, plurilingüe además en idioma maldivo y cingalés, forofo del Spartak fútbol club, registra una densa carrera diplomática profesional. Carrera que inició en 1972, primero, al servicio entonces de la Unión Soviética, en misión en un país aparentemente intrascendente, Sri Lanka, el antiguo Ceilán. Sin embargo, ese Estado insular situado al pie del subcontinente indio, fue para él, según sus biógrafos, un observatorio privilegiado de las corrientes geopolíticas en ciernes y, por ende, geoestratégicas que allí convergían y hoy convergen con más intensidad aún, si cabe: las propias de la Unión India, gran potencia emergente y nuclearizada; las de la no lejana superpotencia, también marítima, China; y las que surcan el inmenso escenario Indo-Pacífico hoy sustancial eje geoestratégico mundial. Es allí donde, no lejos de la poderosa Australia y la islamizada Indonesia, se disputa hoy la supremacía mundial entre las grandes potencias, China, Estados Unidos y Rusia.

Tras una carrera administrativa y ministerial en flecha ascendente en Moscú, con una consistente formación económica, Lavrov escalaría hasta las máximas responsabilidades en el ministerio de Asuntos Exteriores ruso, para desempeñar, entre numerosos otros cometidos, la representación de su país en Naciones Unidas; su Consejo de Seguridad lo presidiría en siete períodos. De todos ellos y de su experiencia diplomática sobre el terreno obtuvo una visión panorámica de los problemas mundiales, mirada reservada tan solo a un reducidísimo número de diplomáticos.

Como negociador, sus gestiones se han caracterizado por fortificarse con firmeza en la defensa cerrada de los intereses estratégicos prioritarios de la Federación Rusa. Y lo ha hecho cediendo en los aspectos secundarios, presentados como cruciales ante sus contrapartes. Así procedió en la crisis de Siria, donde Rusia mantiene un designio político y militar presencial en la zona, con la única base aeronaval rusa en el Mediterráneo, Tartus. Actuaba de tal modo en Siria con miras a advertir al islamismo radical asentado en el Oeste de Siria –islamismo que, a ojos de Moscú, indujo por la vía del terror la guerra de Chechenia-, que con Rusia no se juega. Contaba a su favor un legado importante: el del único poder fáctico en presencia, el Ejército sirio, formado y troquelado en las escuelas militares soviéticas e imbuido de su misma doctrina militar.

A lo largo de su densa trayectoria diplomática, Lavrov procuró a la Federación Rusa mantener políticas diferenciadas -pero simultáneamente amistosas-, con casi todos los países del Oriente Medio: desde Irán hasta Arabia Saudí, más Turquía e Israel, así como distintas lunas de miel energéticas con Europa Occidental, meta ésta en la que contaba con la supervisión personal de Vladimir Putin, su mentor, experto en Inteligencia económica y, más precisamente, en la relacionada con la política energética, la que confiere a la Federación Rusa, junto con su poderío nuclear, su, todavía, entidad casi superpotencial. En dos ocasiones, 2007 y 2018, ha visitado oficialmente España. En la primera de ellas se entrevistó con el rey Juan Carlos.

“Fuck Europa”, Nuland dixit

Otra de las tareas que la diplomacia de Lavrov habrá de consolidar en las negociaciones abiertas con Ucrania será la de persuadir al Gobierno de Kiev de que las relaciones económicas con Moscú, en determinados pero cruciales rubros, pueden llegar a ser más ventajosas, por ejemplo, que las que la Unión Europea le llegue a ofrecer. Esto fue lo que determinó al presidente ucraniano Víctor Janukovich a girar su alineamiento desde la UE hacia la Federación Rusa -los mejores precios rusos a las importaciones ucranianas-, giro que acarreó al incauto presidente ucraniano el golpe de Estado del Euromaidán, que le derrocó en 2014. Aquel golpe de Estado, arropado en la llamada revolución naranja, contó con la inestimable inducción de la Subsecretaria de Estado para Asuntos Políticos de la Secretaría de Estado norteamericana, Victoria Nuland, la misma que se hizo célebre con su “fuck Europa”, cuando el embajador Pyatt le sugirió consultar a la Unión Europea sobre su propósito desestabilizador.

Esta señora es la misma que acaba de reconocer, ante la Comisión de Exteriores del Senado norteamericano, la existencia de laboratorios de armas bacteriológicas instalados por Estados Unidos en áreas de Ucrania fronterizas con la Federación Rusa. China ha cifrado en 26 el número de tales laboratorios. Este será un punto que ocupará, con toda seguridad, un aspecto central de la negociación entre Lavrov y sus interlocutores ucranianos, al objeto de integrar su desmantelamiento en los compromisos de neutralidad para la posguerra adquiridos de palabra por el presidente ucraniano Volodimir Zelenski. En su desmantelamiento, es de suponer, que Alemania se encuentra asimismo muy interesada, al igual que todos los Estados de la zona. Berlín parece llevar las peores papeletas en todo este conflicto y despuntan allí nuevas tendencias a un rearme que le fuera prohibido desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta su ingreso en la OTAN.

Algunos observadores señalan que la revelación, por parte de Nuland, de la existencia de armas bacteriológicas en Ucrania respondía al señalamiento realizado por Putin sobre la tenencia de armas nucleares por parte de la Federación Rusa: amenaza frente a amenaza. Con todo, esta nueva asimetría bélica adquiere perfiles escalofriantes, máxime cuando el mundo se ve azotado hoy por una pandemia asesina, de esas que los científicos estudian en los laboratorios bacteriológicos.

Con certeza, Lavrov tratará de persuadir a Ucrania de que la desmilitarización, en clave neutral, del país eslavo beneficiará a la economía ucraniana y le permitirá detraer recursos anteriormente destinados a gastos militares hacia la reconstrucción de las zonas devastadas por la guerra. Para ello, muy presumiblemente, la Federación Rusa por boca de Lavrov se ofrecerá a asistir a su vecino, -cinismo aparte- por conveniencia propia. Y ello ya que se trata, ésta, de una baza negociadora de gran importancia, por cuanto que el logro de una reconciliación, siquiera simbólica, de Rusia con la población ucraniana, emparentada por lazos de sangre con la población rusa, se presenta como un objetivo prioritario, aunque solo quepa columbrar su éxito en el largo plazo pues las heridas y éxodos de las guerras, como es el caso, cicatrizan muy tardíamente.

Con todo, el objetivo quizá más importante de las negociaciones ruso-ucranianas será conseguir modificar las respectivas percepciones de amenazas mutuas, las mismas representaciones que han permitido escalar este contencioso entre vecinos hasta su rango bélico continental. Rusia, con o sin Putin al frente, sigue y seguirá percibiendo como una amenaza a su seguridad -digamos sincrónica- por parte de la actitud otanista de Ucrania y los países de Europa Central integrados a la Alianza. Este ha sido nudo central del conflicto, sobre el que Moscú venía alertando desde hace 25 años sin que Washington le hiciera caso, pese a haber asegurado a los dirigentes rusos que no llevaría la OTAN a las fronteras occidentales de Rusia.

Pero, por su parte, Moscú parece desconocer que los actuales líderes de casi todos los Estados del Europa Central interpretan la actualidad con la mirada versada hacia un pasado en clave igualmente conflictiva, de manera digamos histórica, es decir, diacrónica, ya que perciben hoy que la vecindad de Rusia puede implicar sobre ellos un predominio hegemónico, militar y económico, como el que creen que la URSS ejerció entonces.

Como cabe ver, el asunto muestra una complejidad que, basada en representaciones tan dispares y con múltiples intersecciones y cortocircuitos, determina una conflictividad que requerirá de una enorme sensibilidad y muy certera maña para desactivarla. Por ello, el mundo precisa hoy más que nunca de diplomáticos –capaces de ser escuchados por sus líderes políticos- con inteligencia, imaginación y empatía a raudales, cualidades que les capaciten para guiarnos a la salida de un laberinto trufado de trampas y empedrado de adoquines que llevan directamente al Infierno.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.


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