La personalidad en política
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
El frenesí de los acontecimientos a los que asistimos desdibuja el papel real de las personalidades y personajes dotados de liderazgo en la determinación de las decisiones que los enmarcan. Caben dos cautelas iniciales: la primera señala que la personalidad en política está limitada por la impersonalidad impuesta por estructuras poderosas, como mercados, multinacionales, estados mayores o agencias diversas, que diluyen la importancia del ser humano en la vida política; y, en segundo término, el condicionante adopta la forma de una masculinización que ha desatendido el estudio de la mujer en este ámbito, pese a su creciente acceso al más alto nivel político. Intentando superar estos condicionantes que le salen al paso, podemos afirmar que la personalidad política puede ser descrita de numerosas maneras. Nos interesan, desde luego, aquellas personas que adquieren relevancia social, antesala de la importancia política. Con todo, la personalidad relevante implica una singularidad de la cual la persona concernida es consciente y va a incorporarla a sus convicciones. Esa singularidad habrá de ser perceptible por su entorno social, que determinará su futuro liderazgo.
Es extremadamente importante la extracción social de esa persona. La estructura social circundante es interiorizada en el proceso de formación de su subjetividad y ello puede, o bien truncar, o bien aleccionar el surgimiento de la personalidad relevante. El liderazgo es el atributo de las personas políticamente relevantes. Estamos hablando del proceso de ascenso a la relevancia de origen personal, no de los liderazgos creados por la vía de la imagen inducida por la mercadotecnia política, en los que los componentes personales realmente verdaderos, valiosos y propios, se desdeñan para crear imágenes artificiales y ficticias, que resultan muy superficiales, efímeras, engañosas y dañinas.
Para adquirir relevancia, deberá contarse con empatía, imaginación, capacidad de síntesis para dar expresión a intereses mayoritarios y, sobre todo, poder de decisión, función esta entrañadamente asociada al liderazgo. La decisión será el acto central del hombre o la mujer políticos. Implica siempre asumir riesgos y descartar alternativas. Y, desde luego, responsabilizarse de sus consecuencias.
A grandes rasgos esas personas cabe clasificarla, siguiendo los análisis del sociólogo y politólogo estadounidense Harold Lasswell, entre quienes se caracterizan por saber administrar, quienes tienen capacidad de teorizar o quienes, simplemente, agitan. Desde luego, las mejor dotadas para la representación política democrática suelen cumplir estas tres dimensiones; pero resulta muy raro que dispongan simultáneamente de las tres.
Sobre la cualificada tripleta teoría- gestión-agitación, si se da y está bien fundamentada, puede erigirse –aunque no necesariamente- lo que conocemos como poder carismático. Es una capacidad de ciertas personalidades políticas para generar afecto y adhesión. Fue el caso de Dolores Ibarruri, Pasionaria, líder comunista española, una de las figuras políticas más relevantes del siglo XX, dotada de una prodigiosa comunicabilidad mediante el don de la palabra, que poseía con creces. Tan solo los grandes genios de la historia política consiguieron disponer efectivamente de tal capacidad. Desde luego, en América Latina, el caso del líder argentino Juan Domingo Perón fue y sigue siendo paradigmático por su arrastre de masas y la estela del peronismo en la política de su país; pero, sobre todo, el de Eva María Duarte, su esposa, cuyo poder carismático ha sido considerado como un fenómeno arrollador, difícilmente explicable. Prácticamente fue sometida a una magnificación en vida y a una sacralización tras su muerte, que aún hoy, 70 años después de su fallecimiento, perdura.
Entre los líderes políticos históricos más capaces, por disponer de la tripleta Teorización-Organización-Agitación, más un poder carismático evidente resaltan Bonaparte, Bismarck, Vladimir Lenin, Lev Trosky, Jean Jaurés, Franklin Delano Roosevelt y, en nuestros días, Ernesto Che Guevara y Nelson Mandela, provistos asimismo de un ascendiente carismático incuestionable. En nuestros lares, Marcelino Camacho gozó de la tripleta teórica-gestora y agitadora, más potencial carismático. En menor medida, por disponer de carisma pero no todos los componentes de la tríada, Willy Brandt, Olof Palme y, en España, Adolfo Suárez y Julio Anguita, entre otras personalidades.
No siempre el poder carismático ha sido utilizado para fines positivos: fue el caso de Adolf Hitler, agitador excepcional, de baja capacidad teórica, cuyas dotes organizativas delegó en su partido NSDAP; pese a su arraigo de masas, se vería abismado en la locura megalómana criminal y genocida. El caso de Francisco Franco es paradigmático pues careciendo de dotes para la teorización, la organización y la agitación, desde una mediocridad personal que muchos consideran clamorosa, sí gozó de un poder carismático que, al igual que otros personajes de su tiempo, lo acreditaron con algunas otras características; pero, en su caso, con una variable sustancial: el temor que su extrema y fría crueldad infundían a su alrededor. Algo muy semejante a lo que sucedía respecto de distintos líderes nazis.
Lo más frecuente es que quienes poseen cierto ascendiente carismático dispongan de una única o de ninguna de tales características. Dentro de lo más opinable de este escrito cabe decir que un caso cercano podría ser el de Manuela Carmena, brillante profesional del Derecho. El caso de Felipe González es relevante ya que, si bien contaba con un evidente poder carismático, esto es, la capacidad de generar adhesión y afecto a gran escala, su capacidad de teorización profunda y la entidad de su discurso resultaban limitadas.
A grandes rasgos, en España, la categoría de personalidad política con cierta capacidad teórica plena está reducida a muy pocos exponentes; generalmente intelectuales, académic@s o profesor@s universitarios. Sería el caso de Enrique Tierno Galván, Manuel Fraga Iribarne, Luis Gómez Llorente y Fernando Claudín; las dotes de organización o gestión, tampoco proliferan: cabría aplicarlas a Alfonso Guerra, mentor del histórico aparato socialista o Laureano López Rodó, ministro de Franco y autor del Plan de Desarrollo. Más cerca en el tiempo, a Mónica García, líder madrileña de Mas Madrid y a Yolanda Díaz, hoy ministra, provista además, de un discurso propio y de un evidente carisma.
La categoría más abundante en nuestro país es la de la personalidad política agitadora, actividad en la que destacaba el líder de Podemos, Pablo Iglesias y su mentor, Juan Carlos Monedero, ambos con cierta desenvoltura discursiva. Para unos, la persona agitadora será aquella que sabe motivar, enardecer y lograr cierto tipo de adhesiones; para otros, será la que conoce maneras más eficaces de retar y provocar. De las cualidades políticas descritas, la de la agitación suele ser la más rentable a corto plazo, pese a su liviandad.
Una variante degradada del agitador/a consiste en aquellas personas que acostumbran manejar las emociones ajenas y su actividad consiste en generar incesantemente sorpresa. Es frecuente que se dote de recursos gestuales. Suele carecer de programas políticos vertebrados. Incluso, puede ser persona no culta. Un caso cercano lo tenemos en la presidencia de la Comunidad de Madrid. Pero su ciclo de atracción resulta reducido. La capacidad de sorprender mengua poco a poco –la política tiene siempre límites objetivos- y solo una intensificación de la violencia gestual y verbal puede permitir prolongar algo su anunciada consunción.
Con todo, dos condiciones determinan el verdadero genio político, a saber, la combinación armoniosa de la prudencia y la audacia. El mejor líder político, tenga o no poder carismático, sea o no un buen teórico, un agitador o un organizador, ha de saber cuándo debe pasar de una estrategia ofensiva a otra defensiva, y no dejarse embriagar por los triunfos, aunque sean sucesivos.
El liderazgo de Pedro Sánchez, si bien cuestionado por una inmisericorde y beligerante impugnación desde ámbitos mediáticos, resulta obvio, señaladamente por su manejo de los tiempos, su musculada alternancia de osadía y contención políticas, más por la resiliencia que se le atribuye, a la hora de afrontar una insólita secuencia de desafíos, paulatinamente superados al frente del primer Gobierno de coalición de la democracia española, con una oposición proclive a la deslegitimación arbitraria y al linchamiento asociada al mandato de Pablo Casado al frente del PP.
Un sinfín de paridades cabría aplicar al estudio de la personalidad de los hombres y mujeres de Estado: desde su condición de marcianos, luchadores-guerreros, o venusianos, conciliadores, partidarios del acuerdo; idealistas, que persiguen asimilar los intereses nacionales a los de la Humanidad, como Woodrow Wilson o cínicos, como algunos consideran a Winston Churchill, desentendido de los intereses de la Humanidad y centrado en los intereses de la élite del Reino Unido; rígidos/imaginativos; jugadores/prudentes…
Un esquema clasificatorio añadido distingue entre personalidades doctrinarias, pragmáticas u oportunistas. Las primeras se guían por criterios ideológicos, doctrinas o teorías sistematizadas; las pragmáticas se atienen a lo conveniente en cada momento, independientemente de su adscripción a tal doctrina o teoría; mientras que la personalidad política oportunista, una variante de la pragmática, se aferra exclusivamente a todo aquello que genera réditos inmediatos: l@s tránsfugas serían una modalidad de este caso exacerbado de oportunismo, como precedente de todo el cuadro de corruptos que puebla la política por doquier. Desde luego, hay exponentes mixtos que oscilan entre un tipo u otro de estas conductas.
Emotividad, actividad y repercusión
Otro de los baremos de clasificación de la personalidad política consiste en dividir sus características entre las que conciernen a la emotividad, la actividad y la repercusión. Se trata de averiguar, en primer término, si la personalidad política que observamos en primer lugar, se mueve y recurre a movilizar o no, emociones propias y ajenas; en segundo lugar, si se muestra activa o pasiva ante los obstáculos que surgen en los acontecimientos que le salen al paso y reacciona directa o indirectamente frente a ellos; y, en tercer término, si guía su actuación por la atención a la inmediatez del presente o más bien opta por la reflexión, sobre aspectos ideológicos del pasado o el futuro, a la hora de encarar un problema.
Esta clasificación, debida al pensador francés René Le Senne (1883-1954) permite establecer una rica tipología de caracteres políticos diferenciados: dentro de una clasificación personal propia, elegiré de las múltiples variantes combinadas algunos ejemplos. Así, las personalidades que son emotivas, activas y primarias, suelen ser enérgicas y autoritarias; en nuestros lares, fue el caso del ministro franquista Manuel Fraga Iribarne. Un segundo ejemplo distingue personalidades emotivas, activas y secundarias, caso de Felipe González, quien, pese a su pragmatismo, fue considerado a veces doctrinario; vienen luego las no emotivas, activas y primarias, donde cabría inscribir a Adolfo Suárez, catalogado como oportunista, según sus críticos, bien que otros le asocian a la previa personalidad pragmática; en cuanto a las no emotivas, activas y secundarias, sería el caso de Santiago Carrillo considerado alternativamente como pragmático o doctrinario, por cuanto que se hallaba embarcado en un proyecto a largo plazo. En cuanto a las personalidades no emotivas, pasivas y primarias, son definidas como abúlicas; sería el caso de Mariano Rajoy, tardos ambos en reaccionar ante un obstáculo político súbito; y surge después la personalidad política no emotiva, pasiva y secundaria, como José María Aznar, al que se algunos consideraron como doctrinario criptofalangista. Desde luego, estas asignaciones son opinables y cada cual, si lo desea, hará sus asignaciones, con certeza más ajustadas que las aquí propuestas.
Podemos cruzar estas características con las supuestas capacidades de agitación, teorización y gestión para avanzar en la definición de cualquier personalidad política, nacional o foránea, así como incorporar datos sobre sus condiciones atlética o asténica, pícnica, epicúrea, eufórica, melancólica…
De la pleonexia
Ida, vuelta y caída. Las personas que transitan por circuitos vitales o sociales suelen atravesar estos tres momentos. Es lo que sucede en el fragoroso circuito de la política, sobre todo, cuando algunos de sus exponentes se ven deslumbrados por ciertos éxitos políticos o electorales coyunturales o inesperados, que ellos mismos dudaron alcanzar nunca.
Cuanto más auge cobren en su despegue, más abruptamente caerán a tierra de no retraer sus pasos hacia la estabilidad que la sensatez procura. De ahí el refrán “más dura será la caída”. En ese preciso instante del auge imprevisto, surge un fenómeno psíquico que ya los griegos denominaron pleonexia.
Se trata de un impacto psicológico muy contundente, mediante el cual, algunas personalidades públicas, en ocasiones con algunas carencias emocionales, deslumbradas –y desnortadas- por el fulgor de un éxito sorprendente, experimentan un delirio: les hace creer que ese golpe de suerte, acierto político -electoral, por ejemplo-, o derivado de un baño de masas, proyecta sobre su persona una adhesión masiva, incondicional e inquebrantable, que su mente incorpora como un incremento exponencial de su propia identidad. La personalidad abducida por la pleonexia va a creerse dotada de una fortaleza multipersonal inexpugnable, dada la envergadura de las proyecciones recibidas. La pleonexia crea pues un desequilibrio que desconcierta a quien la sufre, generalmente personas con proyección pública, como l@s polític@s o l@s líderes mediátic@s.
Va a ser ese desequilibrio el que, una vez irracionalmente enraizado en la mente del personaje público, le espolee hacia la comisión de excesos irreflexivos y sin control que, desde una inicial estampida causada por la pleonexia, le va a impedir regresar hacia una venida sensata y racional a la realidad. Por eso, más temprano que tarde, caen. Su ciclo político es pues bullicioso, pero corto.
Los signos más frecuentes de desequilibrio político encarnan en determinadas personas caracterizadas, sobre todo, por carencias. La más grave de todas es la falta de empatía, sobrevenida o gradual . Es decir, la incapacidad de situarse emocional, racional y realmente en el lugar de los demás y pasar a instalarse en un plano de superioridad e incomunicación efectiva con la gente. “El águila no caza moscas”, sería el lema que se auto-aplica a sí misma este tipo de persona política. Su falta de sintonía con la sociedad se convierte, de manera automática, en una forma peculiar de irresponsabilidad. Y en política, la irresponsabilidad, en ocasiones, incluso mata.
Tal déficit de empatía tiene su origen y su efecto en traumas y trastornos mentales o deformativos de mayor o menor gravedad que abarcan un gradiente amplio. El rango más elevado de estos trastornos, por sus dañinas consecuencias, lo ocupa en política el delirio megalómano, cuyo origen se ve estimulado por el síndrome de la pleonexia antes descrito y que puede afectar a quienes disponen de cierto poder carismático. Se trata de la cristalización patológica de un ego recrecido y amoral, asocial pues, que se manifiesta en conductas paranoides o narcisistas, a veces agresivas. El caso de Hitler fue paradigmático. La personalidad megalómana solo sabe afirmarse a costa de negar la personalidad de los demás. Fácilmente convierte en enemigo a quien no piensa como él o ella. Para no quedar al descubierto, apostará por un grupo de apoyo, del que recibe el aliento pleonéxico, al que dirá mimar, pero sobre el cual aplicará férreamente su designio, sin consultarle sus decisiones. Da por hecha su identidad con quienes dicen apoyarle o cree que le apoyan.
El tipo de delirio megalómano al que nos hemos referido desarrolla nuevas patologías, es decir, enfermedades añadidas o bien efectos derivados que fácilmente se le agregan. El más grave es el de la auto-metamorfosis. Es decir, aquella fijación mental que se apodera de la personalidad delirante megalómana y le hace creer que está en proceso de transformación permanente; y ascendente. Por ello, casi siempre, cursa en una clave de grandiosidad. Piensa a pies juntillas que crece, que su ego se despliega de manera exponencial y sobrenada por encima de todo y de todos, con un empuje imparable. Una euforia insuperable se adueña de su mente y cree auparle sin freno. Tal pulsión se convierte en obsesiva, aunque sea un mero alcalde o dirigente de un Gobierno regional. Es a partir de entonces cuando la persona desequilibrada, embebida por ese sentimiento de grandiosidad, trata de apuntarse éxitos inexistentes: se atribuye victorias imaginarias basadas, en el mejor de los casos, en pequeños avances que su percepción alterada deforma y distorsiona. Una auto-exaltación irrefrenada le atenaza.
El pensador germano Wilhelm Reich señaló el surgimiento de una relación sado-masoquista entre determinados líderes, incluso carismáticos, y la grey que les sigue. Tal relación implicaba una serie de raras gratificaciones simbólicas. En ocasiones históricas que conocemos, personalidades desequilibradas afectadas por delirios paranoides, narcisistas, incluso algunos afectados por el alcoholismo, denominados dipsómanos, han guiado a pueblos enteros hacia abismos de aniquilación ajena y propia, como tristemente sabemos. Otros casos más recientes de nuestra actualidad, observados en escenarios políticos transoceánicos y/o continentales –ponga el lectora o la lectora los correspondientes apellidos-, demuestran de manera clara hasta dónde conducen los acontecimientos alentados por personajes políticos aquejados de disforia paranoide –alternancia de fases de extrema euforia con etapas de suprema irritabilidad- en distintas manifestaciones concomitantes con los delirios aquí descritos.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.