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Ni un paso atrás


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

Cuando un oso tropieza en una trampa de afilados dientes y una de sus patas queda agarrada al cepo, tiene dos alternativas: salir corriendo dando alaridos o bien contenerse en el dolor, quedarse quieto y, con las zarpas, intentar abrir el funesto mecanismo que le hiere. Con este símil podemos establecer que de un tiempo acá, la opción mayoritariamente elegida por los ciudadanos de nuestro país es la primera: salir de naja aullando lo que el cepo de las adversidades les hace sufrir cada día. Pero no se percatan de que cuanta más sea la distancia que recorran entre alaridos, más se ahondará la herida, más se hincará la fría sierra dentada y metálica en sus laceradas carnes.

Muy pocos son aquellos que se detienen a examinarlos y reflexionar sobre la manera de deshacernos de los cepos que la vida social y política nos tiende, cada vez con más frecuencia. Averiguar cuál es el origen del malestar que por doquier nos acosa se convierte en una tarea prioritaria para despejar nuestro camino hacia la felicidad. Camino individual y colectivo a cuya meta tenemos derecho a acceder y el cual la inteligencia nos insta a compartir, porque somos seres sociales. Para recorrer tal trayecto, será preciso remontar el vuelo y, guiados por la abstracción, cierta forma de distanciamiento respecto de lo inmediato que nuestra mente nos brinda, examinar las causas primordiales de nuestras desdichas, que hoy no son pocas. Y ello pese a gozar de condiciones de vida generalmente incomparables y mejores que las de latitudes y épocas aún muy cercanas.

Un vector dinámico y engañoso

La abstracción nos lleva a una altura de observación. Desde ella percibimos que es hoy la tecnología, en un sentido amplio, como lo fue ayer el vapor con otra intensidad, el vector que dinamiza en mayor medida la vida social. De ella dependen tanto la demografía, como la organización social, el trabajo y el medio ambiente, como demostró el pensador estadounidense, Amos Hawley. Esta certeza cabe aplicarla a nuestro mundo de hoy, aunque con una salvedad: si bien el ferrocarril, por ejemplo, desplegó una serie de efectos de alcance social inusitado, al poner en relación núcleos distanciados y desarrollar así la expansión de la población más la transformación del medio rural y urbano, todavía un decisivo umbral existencial no había sido rebasado por el carro de hierro. Ni por su antecesor, el vapor. Ni siquiera, por las energías fósiles, gas y petróleo. Ese umbral, el que enmarca las dimensiones espacio-temporales de la vida, se ve desbordado hoy por un relato de soporte tecnológico en el cual esas dos dimensiones de la humano, espacio físico y tiempo histórico, desaparecen subsumidos en un aura virtual donde solo existe el presente. Un presente aterrador por su vacuidad, su falta de sentido, su inhumana descarnadura.

Esa consunción de dos dimensiones humanas tan sustanciales es, en opinión de quien esto escribe, causa principal del desconcierto y el consecutivo malestar que nos atenaza, origen de todos los demás sinsabores. El corolario es sencillo. Si la historia desaparece en un presente eterno y líquido, la experiencia humana, que la nutre, pierde todo significado y valor. Y si la experiencia se desvanece, no hay referencia alguna para el hallar el sentido correcto o descarriado de nuestros pasos, ni tampoco existirá el cambio; y sin cambios, es decir, sin la experiencia que alumbra la Ciencia, se evaporará toda prueba y, consiguientemente, nos quedamos con lo que hay. Y lo que hay es manifiestamente adverso: desigualdad a escala planetaria entre pobres y ricos, mujeres y hombres; hambre aún; miseria todavía; des-poder de las grandes mayorías; temor al futuro; opresión de la diversidad, enfocada señaladamente contra los débiles; maltrato suicida contra la Naturaleza; más la impostura, el odio, la guerra…y, de manera irreversible mientras permanezcan saturados los arsenales de armas nucleares, el riesgo real de que la Humanidad, por inducción voluntaria o accidental, se extinga definitivamente.

Lo humano ha hecho demasiadas concesiones a lo accesorio, a lo superfluo y a los déspotas del poder y del dinero. Pero lo humano ya no puede dar ni un solo paso atrás como el que implicaría, fatalmente, la renuncia a las dos dimensiones que, durante toda la Historia de la Humanidad han caracterizado a esta especie animal dotada del poder de la conciencia, la libertad y la responsabilidad, cuya mesura se mide espacio-temporalmente. Y esas dimensiones, en el espacio y el tiempo, en lo simultáneo y en lo consecutivo, en lo continuo y en lo secuencial, nos han servido para medirnos nosotros y medir las cosas que nos rodean.

No es cuestión de negar el despliegue de nuevas formas de concebir la existencia desde la dialéctica de la realidad tangible y la del pensamiento, bienvenidas sean, habida cuenta de que el mundo está sometido a leyes inteligibles que nos muestran sus incesantes y necesarios cambios. Pero lo que resulta inadmisible, por suicida, es que la realidad objetiva, la que ocupa un espacio y se despliega en el tiempo, la misma que existe independientemente de que nosotr@s la percibamos o no, unida a nuestra interacción con ella, se esfumen bajo el manto de una virtualidad engañosa que, a modo de enorme albañal, se tragara y devaluara la experiencia humana, las luchas, avances y retrocesos, las lágrimas y la sangre derramadas para lograr un mundo mejor, cambiado y distinto. Y tan dañina sfummattura surge para mantenernos idiotizados ante la pantalla líquida de un presente inmutable y eterno, sin rastro alguno de humanidad, de duda, de crítica y de progreso. Ese mundo idiotizado y virtual solo favorece a la manifestación más virtual de cuantas existen: el dinero y su privilegiado machacante, el capitalismo. Nadie se ha beneficiado más de la zozobra que nos golpea, de las crisis voluntariamente inducidas, de la destrucción del medio ambiente, de las deforestaciones salvajes, de las ventas de armas destructivas, del rencor desbocado y de la tiranía de la reproducción galopante de la desigualdad, que ese capitalismo financiero, de casino, ejercido con zarpa de hierro por arrogantes e irresponsables, abducidos por un egoísmo sistémico tan frívolo como inhumano, que nos lleva a todos hacia el precipicio.

Alerta pues. Apliquémonos a rehumanizar el despliegue de la tecnología, a ponerle las bridas necesarias para que nos permita con ella -bajo la dirección de la razón, la reflexión, el contraste y el acuerdo-, construir un mundo recobrado, humano y cambiante, donde el espacio y el tiempo vuelvan a ocupar el lugar que desde siempre ocuparon en nuestra existencia como estirpe humana, hoy en peligro.

Jugar con las pantallas, volcar fotos de nuestros viajes o poder enviar correos instantáneos y gratuitos a nuestras familias y amigos, actividades gratas, no tiene nada que ver con el mensaje ínsito en la instalación a machamartillo sobre nosotros de un sistema desaforadamente tecnológico basado en la sospecha, la vigilancia, el robo de datos de nuestras vidas, el espionaje indiscriminado, la obscena perforación de la intimidad y la penetración en la esfera más privada de las personas. No nos extrañemos si un día, más temprano que tarde, esa telemática, telefonía más informática, debidamente trufada con enloquecedores algoritmos, irrumpe en el mundo del espíritu con el siniestro propósito de arrasarlo.

La tecnología no es una segunda naturaleza de los seres humanos. Es un instrumento auxiliar de la Ciencia a la cual, como forma suprema de conocimiento, jamás podrá suplantar. El lenguaje exacerbado de la tecnología auto-regida a solas por sí misma, enuncia un mensaje que solo conduce hacia el borroso mirador de la especulación, que repite la eterna monserga de que nunca nada, ninguna sociedad o grupo humano deben moverse, ni progresar, ni elevarnos combatiendo el sufrimiento ajeno y el propio signados hoy por un malestar hiriente, expresión y añoranza de la pérdida de nuestros atributos más humanos

Por todo ello, dejemos de hacer como el oso atrapado en un cepo, que en su carrera arrastra consigo la trampa que le desgarra y cuanto más corre, más se ahondan sus heridas. Con la zarpa de la racionalidad, examinemos la trampa y reflexionemos sobre las causas profundas de nuestro malestar; con certeza, podremos llegar a la convicción de que nada, ni nadie, puede arrebatar al ser humano la potencia de su voluntad creadora y de su libertad. Máxime, si son puestas al servicio de todos, opción que nunca podrá ser suplantada por una máquina, por muchos guarismos que incluya y por muy profusa que sea la combinatoria de elementos que su diseño incorpore. Recuperar las dimensiones espacio-temporales de nuestra existencia nos deparará la serenidad interior, la calma exterior y el buen criterio que tan violentamente habíamos perdido a manos de una tecnología desalmada y fuera de control, que ha pugnado por desplazar y convertirse en el sujeto de una Historia de la cual, su único sujeto es el género humano.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.


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