Señor: me dirijo a Usted en esta fecha en la cual muchos españoles conmemoramos el aniversario de una efemérides señera en la Historia de España: el 14 de Abril, proclamación de la Segunda República. Corría el año 1931; fue aquel un día caracterizado por el entusiasmo y la esperanza, como prueban múltiples testimonios personales y gráficos de entonces. No hubo violencia alguna. Su bisabuelo, Alfonso XIII, pudo abandonar por voluntad propia el país. Decisión a la que presumiblemente le llevaron sus errores, entre otros, el haber aleccionado y apoyado una dictadura militar sobrevenida poco antes de que pudiera hacerse público el expediente Picasso, informé que involucraba personalmente al rey en un feo episodio de tenencia de acciones en minas del Rif, territorio marroquí regado con la sangre de miles de españoles. El caso fue que, como un siniestro ritornello, Usted ha tenido que afrontar los efectos colaterales de otras prácticas presuntamente corruptas, en este caso de su padre, Juan Carlos I, para decepción de millones de españoles que confiaron en él y le dieron su afecto durante varias décadas. No refiero estos hechos con otro ánimo que el de explicar a nuestros lectores, señaladamente jóvenes, las dificultades objetivas y personales con las que Usted se encontró al acceder a la titularidad de la Corona. Fue proclamado rey en 2014, en medio de una potente ola de descrédito de la institución que encarna. La consideración generalizada entre los jóvenes era la de que la Monarquía es una institución demasiado vulnerable a sus contradicciones, merced a su arcaísmo y sus privilegios, que no garantizaban que el estigma de la corrupción no atravesara sus puertas. "Vagos e inútiles" fueron los adjetivos con los cuales se descalificaba a la cabeza y a los miembros de la institución. Quizá por ello, su entorno, la Casa Real, decidió resaltar en una exposición itinerante casi todo aquello que Usted hizo para contrarrestar el pesado fardo que asumió al acceder de manera vitalicia a la Jefatura del Estado y de las Fuerzas Armadas, así como su condición de garante de la Constitución. En Honor a la verdad, la vagancia y la haraganería no parecen haber sido las características de la década de su mandato: entre 2014 y 2024, realizó 197 viajes oficiales al extranjero; fue anfitrión de 269 jefes de Estado y autoridades internacionales; compareció personalmente en 3.190 audiencias; desplegó 4.000 actividades diferentes y saludó directamente a 25.000 personas, según datos oficiales de la Casa Real.