De los españoles
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
Los españoles somos gritones. Lo malo es que nuestros visitantes lo saben. Y cuando llegan aquí, reproducen nuestros gritos, a veces, salvajemente. La subcultura del grito se ha impuesto en nuestras costumbres: ¿qué padre no alienta a su hijo deportista a grandes voces o qué madre no jalea a su criatura gritándole para animarle? ¿Algún futbolista, tenista o deportista en general, reprime sus pulsiones vociferantes tras haber marcado un tanto o logrado un récord? Y de los enfados, prefiero no hablar. La falta de respeto por el espacio público, inundado por voceadores diurnos y nocturnos, es clamorosa en España. El ejemplo es metáfora de las exacerbaciones que los españoles solemos aplicar a la hora de interpretar y gestionar nuestra realidad cotidiana.
Dentro de tales exacerbaciones, una de las más destacable es la que concierne a la autopercepción de nosotros mismos. Es muy raro que un español de a pie tenga plena conciencia de su situación social, del lugar que realmente ocupa en la sociedad. Ya Miguel de Cervantes, al crear su personaje Alonso Quijano, apuntaba la tendencia, digamos nacional, a las exageraciones, en su caso relativas a cómo se veía a si mismo el hidalgo manchego: por encima y más allá de su hidalguía, su conciencia de sí le llevaba al rango de andante caballero, desfacedor de entuertos varios y negador de injusticias a base de lanzadas certeras. Alonso Quijano se transforma en don Quijote, el cual se asigna una personalidad exaltada distinta de la suya originaria, propia de un hidalgo pobre de provincias. Este encabalgamiento de percepciones se conoce como alienación. Consiste en enajenarse, en devenir en un ser ajeno a sí mismo y a su propia conciencia, a costa de abandonar la conciencia real de la situación social en la cual uno se encuentra. Tal tipo de enajenación fue estudiada por numerosos pensadores contemporáneos Louis Althusser, Max Scheler, Gyorgy Luckacs, Hans-Georg Gadamer o el hispano-uruguayo Carlos Gurméndez, sin olvidar a los clásicos Hegel, Feuerbach o Karl Marx, ferviente lector de Cervantes y Calderón según sus biógrafos; ellos nos cuentan que Marx aprendió el idioma español para poder leerlos en su jugo. Muy probablemente, para desarrollar su concepción sobre la alienación ideológica, la falsa conciencia social, Marx se inspirase en el proceso que llevó a Alonso Quijano a transformarse en don Quijote y extender el concepto de enajenación quijotesca a la escena social hispana: cierta es hoy la frecuencia con la cual un español adscrito realmente al lumpen, por sus marginales condiciones de vida, se siente a sí mismo proletario, al tiempo que un proletario se percibe socialmente como pequeño burgués, mientras el pequeño burgués se identifica como altoburgués y éste se imagina aristócrata, quedando la nobleza, según su autopercepción, en el ámbito de lo divinal; de ahí su concepciones, aún sin erradicar en muchos casos en España, sobre el origen, también divinal, del poder regio. Todo ello lleva a cada cual de los citados a creerse instalados en el rango social consecutivo y superior, de tal modo que se multiplica el desconcierto, ya que muy pocos españoles aciertan a la hora de situarse realmente en el rango social que les ha sido impuesto generalmente desde el nacimiento. Así cabe demostrarlo no solo por el carné de identidad, si no, sobre todo, por el distrito postal donde su domicilio se ubica. Algo semejante sucede en los Estados Unidos donde pareciera que el bróker millonario -especulador oficial- de Wall Street tuviera el mismo nivel de ingresos y el mismo tipo de vivienda que el fresador de una fábrica de automóviles de Detroit o el barrendero de una subcontrata municipal de las calles de Filadelfia. Eso explicaría tanto desatino semi-generalizado, a la hora de comparecer allí en las urnas.
En cuanto nos concierne como españoles, el encabalgamiento descrito sobre autopercepciones de cada categoría social nos ha generado y nos sigue generando muchos y muy graves problemas políticos y electorales. Que se lo digan a la burguesía hispana del siglo XIX y mediados del XX, que, al creerse aristocracia, abandonó cualquier tipo de proyecto político y económico propio para dormirse en los laureles de la vida suntuaria, los gustos refinados y el dinero inmóvil, dejando que, a diferencia de sus pares de clases semejantes europeas, otras instituciones, como por ejemplo el Ejército o el clero, se apropiaran de cuotas, políticas o ideológicas, respectivamente, cada vez más elevadas de poder. Recordemos las asonadas, pronunciamientos, cuartelazos, guerras civiles y dictaduras que asolaron la historia patria desde mediado el siglo XIX hasta el fin de la dictadura franquista.
Por su parte, amplios sectores del mundo del trabajo, señaladamente en España, adoptaron como referencia ideopolítica el individualismo burgués y pequeño burgués, para zambullirse en el anarquismo libertario, pese a sus anhelos emancipadores, objetivamente destructor iconoclasta de cualquier forma de organización eficiente de la lucha política contra la desigualdad. Curiosamente, el propio Marx y su compañero Engels, en su colección de artículos periodísticos denominados “Revolución en España” ya subrayaron las dificultades que la lucha política adquiriría entre el mundo del trabajo español, dada la influencia mayoritaria del anarquismo en la lucha social y económica en nuestro país.
Del desclasamiento
Otra de las formas de alienación social podría considerarse el desclasamiento, el abandono de una clase superior para integrarse en otra inferior, si bien las connotaciones que acompañan a este proceso son muy diferentes de las que conciernen a la alienación en clave social ascendente. La dinámica económica induce en muchas ocasiones esta forma de enajenación, aunque, a veces, se trata de adscripciones voluntarias, presuntamente heroificantes o solidarias las que la determinan.
Además de la enajenante alienación social cabe destacar la existencia, aún aquí permanente, de la alienación política extendida en España a gran escala, dada la dogmática aplicación del secreto a las actividades estatales. A mayor volumen del secreto, mayor grado de alienación. Tal práctica, gravísima inercia, contraviene el principio de transparencia de la acción política vigente en las democracias. Los españoles no podemos acceder, por una ley franquista de 1968, a la información sobre los principales asuntos políticos y geopolíticos del país. Los mentores de aquella ley -concretamente Torcuato Fernández Miranda, autor de aquel truculento florilegio “de la ley a la ley”- consideraron “innegable” la existencia de asuntos de la cosa pública a los cuales el español de a pie no debe ni puede acceder: es decir, somos todos, salvo ellos, considerados como discapacitados a la hora de poder saber qué ha sido de nuestra propia historia según fuentes oficiales estatales, las mismas que acostumbran tener la mejor información y documentación posible, aquella que, por su enjundia crítica, les guía así a ocultarla para esconder, muy presumiblemente, la responsabilidad del poder en numerosas tribulaciones sociales y políticas por él inducidas. El poder estatal oculto actúa para sí mismo, no actúa en sí mismo para nosotros. Y desde entonces, arrastramos ese crucial déficit de información sobre nosotros mismos, nuestro pasado, nuestro presente y también, sobre nuestro futuro. Tal es la forma suprema y enajenante que el poder nos asigna gratuitamente a los ciudadanos: todas las legislaciones mundiales sobre el secreto, necesario en casos determinados, nunca urbi et orbi como aquí, incluyen cláusulas de desclasificación de los secretos, medidas en años, 10, 25, incluso 50 prorrogables…menos en España, donde al parecer, hay copiosos secretos que deben permanecer eternamente desconocidos, dada nuestra minoría de edad ciudadana. Y ello pese a que el derecho a la información es condición indispensable para la el acceso a la plenitud democrática de una sociedad.
Así pues, la alienación tanto social como política forman parte de nuestra cotidianeidad: de mantener la alienación económica ya se encargan los depredadores financieros y bursátiles, con tácticas extractoras cada vez más sofisticadas, que privatizan la riqueza generada socialmente por nuestro trabajo. De ahí las ingentes dificultades para superar en España tantos retos que la vida en su conjunto implica para las grandes mayorías sociales.
Sugerencias
En vez de lamentarnos de lo sucedido, como acostumbramos hacer, con persistentes jeremíadas sobre los efectos de nuestros sufrir económico, social y político, este escribidor, vistas las evidencias descritas, sugiere que nos atengamos, primero, al estudio de las causas que determinan nuestros peores males, entre las cuales, la alienación, la enajenación, la falsa conciencia de pertenencia social y de adscripción política, tan destacadamente figuran. Y tengamos presente que una cosa es aspirar a la mejora social, al ascenso legítimo desde una clase a otra socialmente mejor situada -tal es uno de los fines primordiales del progreso y de la democracia- y otra cosa bien distinta, creerse que uno ya se encuentra en el rango social superior al que ansía. Ese desajuste se paga en moneda muy cara (y quizá nuestro griterío cotidiano obedezca al frustrante desconcierto derivado de nuestro divorcio interior al respecto de tal desgarramiento entre la realidad y el ideal, muy parecido al sufrido por Alonso Quijano devenido en Don Quijote).
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.