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El pensamiento lúcido, obscuro, crítico, atractivo y antifascista de Walter Benjamin

El hombre se comunica en el lenguaje, no por el lenguaje.

Walter Benjamin

No es sencillo penetrar primero y desenvolverse después en ese universo, un tanto hermético, que es Walter Benjamin. Su vida fue un constante peregrinar destinado al sacrificio.

Es muy probable que sea el filósofo más escurridizo, profundo y difícil de clasificar de la Escuela de Frankfurt. Coincido con quienes afirman que el conjunto de pensadores que constituyen esta Escuela conforma las teorías y los métodos más innovadores del Siglo XX. Por citar un solo ejemplo, me referiré a la profunda innovación que supuso su concepto de dialéctica negativa.

Dando esto por sentado, Walter Benjamin tan ligado a Adorno y Horheimer pero también a Ernst Bloch y Erich Fromm es, sin embargo, un verso suelto de la Escuela de Frankfurt. Sólo así estaremos en condiciones de abordarlo. Fue, desde luego, un filósofo original pero, también, un crítico de la cultura, un marxista heterodoxo, un materialista innovador y, por si todo esto fuera poco, un teórico con ribetes de misticismo capaz de establecer un nuevo modelo de estética.

Sus ensayos son formidables y si no estuviera, tan gastada y desgastada, la expresión diríamos que revolucionarios. No vaciló en incorporar sus reflexiones sobre el cine, el jazz y los medios de comunicación como elementos nucleares que permitían explicarse y explicar los cambios culturales y sociales que estaban acaeciendo. Tanto es así que hay quienes para aproximarse a su figura utilizan el método psicoanalítico.

Fue un hombre solitario, cabal y de una enorme entereza personal. Tuvo que vivir experiencias traumáticas en el periodo de entreguerras y durante la Segunda Guerra Civil europea. Nunca hasta entonces el Estado Totalitario adquiría dimensiones tan amenazantes, hasta el punto de que no es en absoluto exagerado llamarlo Leviathan.

Vivió más hacia dentro que hacia fuera. Unas veces elegido por sí mismo y otras por imperativo de las circunstancias, se vio impelido a un enclaustramiento y a una soledad y melancolía angustiosas.

Su pesadilla más recurrente la constituía un sarcófago vacio… que le estaba aguardando. Determinados mitos se calcificaban, en tanto que hacían su aparición otros nuevos, con un indisimulado instinto exterminador.

Pronto comenzaron a cerrársele puertas como intelectual judío y como pensador de izquierdas, que finalmente le condujeron al suicidio en el Hotel Francia de Portbou, ante el pavor de ser devuelto a Francia y caer en manos de la Gestapo. En ese final, donde la vida y el miedo se confunden, la muerte no es más que un fantasma de sí mismo que decide poner fin a un sufrimiento insoportable.

La aventura interior de escribir goza de la fatídica complicidad de un viejo reloj de arena que se va desprendiendo de sus últimos granos… desnudándose de memoria.

Lamentablemente, a Walter Benjamin se le lee poco. Sin embargo, van apareciendo aquí y allá una saga de plagiarios que indisimuladamente, lo desangran.

Nunca es esquemático. Su pensamiento puede ser oblicuo pero es siempre recio y gusta explorar zonas, que hasta ese momento, han permanecido en penumbra o directamente ocultas.

Durante toda su existencia fue un antifascista consecuente. Era exigente con los demás y consigo mismo. Se sentía atraído por las profundidades y sentía asco por la frivolidad. De ahí que en sus textos se muestre, alternativamente, delicado, austero, impuro, místico, tierno y con un bisturí, siempre afilado, para llegar hasta las vísceras. Su crítica implacable y sin concesiones forma parte de su yo más íntimo.

Nunca tuvo pelos en la lengua para criticar a Hitler y el ascenso del nazismo, entre la indiferencia y complicidad generalizada. De hecho, vislumbró, con acierto, lo que se avecinaba y cuando el Führer alcanzó el poder se exilió a París.

Me gusta evocar su figura cuando en 1924 pasó unas semanas en la Isla de Capri, que junto con Ibiza era uno de sus lugares predilectos. Allí conoció a Asja Lacis, una dramaturga letona de ideas leninistas, con la que tuvo un apasionado romance. Estando en Capri, Benito Mussolini visitó la isla en una gira propagandística. Sintió vergüenza y asco ante la zafiedad del siniestro personaje. Me parece interesante y útil reproducir unas impresiones que escribió al respecto “no se parece nada a ese seductor que se ve en las postales: corrupto, indolente y tan arrogante como si le hubieran untado generosamente con aceite rancio. Su cuerpo es rechoncho y fofo como el puño de un tendero gordo”. Verdaderamente los dictadores vistos de cerca y con una mirada escrutadora, pierden mucho.

Sentía una irritación y un indisimulado desprecio ante la impostura y la frivolidad. Quizás haya que destacar la profundidad de su pensamiento, que acostumbra a posarse sobre el arte y el paso del tiempo. Sus ensayos son elegantes y de una hondura apreciable, hasta tal punto, que hoy es un referente nítido en lo concerniente a la estética y sus valoraciones. Su prestigio se ha incrementado notablemente como crítico de la cultura.

En un pequeño ensayo como este, no pretendo otra cosa que reivindicar el papel y la función de Walter Benjamin, como intelectual de altos vuelos a quien, desde luego, no se le ha reconocido ni su valor ni su importancia. Fijémonos, tan solo, en que en cierto modo fue un visionario y que buena parte de los movimientos artísticos, vanguardistas y “rompedores” de la segunda mitad del Siglo XX, aparecen esbozados y hasta, parcialmente desarrollados, en sus escritos.

Es posible que alguien se pregunte por dónde empezar o que leer “aquí y ahora”, de Walter Benjamin. Voy a atreverme a sugerir que se comience por La obra de arte en la época de su reproducción mecánica, donde, entre otras cosas, pone de manifiesto como con las reproducciones masivas, el arte se diluye y su función e influencia queda trastocada. Tal vez, este ensayo de Walter Benjamin sea un pequeño compendio de estética y, a la vez, uno de los textos más influyentes del Siglo XX, en este ámbito.

Quisiera, asimismo, hacer algún comentario sobre lo que podríamos llamar su literatura viajera. Le fascinó esa sugestiva, hermosa e inquietante ciudad, que es la capital de Francia. En su diario de París establece una comparación entre la ciudad de ayer y la de hoy. Sus comentarios y su mirada profunda y analítica ofrecen una visión nueva, sobre las calles de París, los paisajes urbanos así como disquisiciones llenas de sutileza como las que establece, por ejemplo, sobre el concepto de especialidad en relación con el de originalidad.

En sus páginas se cumple la profecía de Michelet de que “cada época sueña la siguiente”. Sus análisis sobre el hierro y el cristal, en la dialéctica de la construcción, me parecen excelentes, así como su visión de que con la modernidad el cuerpo humano queda integrado en la publicidad. Llegó a concebir, aunque no pasó de un proyecto, un libro sobre París y la historia social del Siglo XX. Es significativo que en una de las conferencias que se conservan, entre los materiales que para la elaboración de ese libro iba reuniendo, aparece una cita de Maxime Du Camp que viene a ejemplificar la idea motriz de Walter Benjamin. “La historia es como Jano, tiene dos caras: ya mire al pasado o al presente, ve lo mismo”.

Fue, también, un excelente crítico literario que en sus comentarios sobre poetas, ensayistas y novelistas, a alguno de los cuales tradujo al alemán, nos deja impresiones y reflexiones de gran interés. El primero es, sin duda, Baudelaire por el que se sintió especialmente fascinado pero no son desdeñables las que dedica a Friedrich Hölderlin.

Antes de pasar a otros autores que dejaron en él una huella inocultable, me parece digno de resaltar que opinaba que “la salvación de la humanidad está ligada a la salvación de la naturaleza”. Cuando apuntábamos que tiene ribetes de visionario y que sus intuiciones son de una rabiosa actualidad, nos referíamos a “hallazgos” como este.

Preocupado, como estaba, por el paso del tiempo, no es de extrañar su predilección y atención hacia Marcel Proust, que es un observador implacable, de los pequeños detalles y del lento discurrir de la existencia.

Otra idea que dejó plasmada aquí y allá, es su percepción angustiosa de lo que significaba el auge y la expansión de las ideas fascista. Por eso criticó a Hitler con todas sus fuerzas, lo desenmascaró y puso sobre el tapete los peligros para el futuro de la humanidad de que era portador. Criticó, asimismo, con igual dureza, la hipocresía de las democracias burguesas que facilitaron su crecimiento y la ceguera y estupidez del capital financiero e industrial que, en buena medida, “engordó al monstruo” creyendo que podría controlarlo.

Aunque sea de pasada, no me resisto a comentar que mantuvo una relación de amistad con Bertolt Brecht y con el filósofo Ernst Bloch autor de ese texto estremecedor Principio Esperanza.

Una de sus últimas obras, opino que es otra lectura muy recomendable y que abre diversos caminos, me refiero a Tesis sobre la Filosofía de la Historia, donde es palpable la influencia hegeliana y marxiana en sus planteamientos dialécticos.

Son de una profundidad y elegancia enormes sus comentarios sobre Frank Kafka, mucho más penetrantes que la mayor parte de estudios que se han hecho con posterioridad.

En mayor o menor medida, todos los pensadores de la Escuela de Frankfurt, practicaron un freudomarxismo. Dejaré, tan solo un par de pinceladas al respecto. Su idea de que “el lenguaje del sueño no está en las palabras. Está bajo ellas” ejemplifica perfectamente lo que estamos apuntando o esta otra de contenido escatológico pero muy reveladora: “El mundo… solo vive de sí mismo: sus excrementos son su nutrición”.

El pensamiento contestatario y lúcido de Walter Benjamin nos es hoy, particularmente preciso, cuando se ciernen sobre nosotros tantas amenazas, manipulaciones y fake news. Es otro motivo para leerlo, debatirlo, poner en valor sus ideas y divulgarlo con rigor, sacándolo de “las garras” de supuestos especialistas y academicistas para los que tan sólo es un comentario oportuno o una nota a pie de página.

Si tras estas reflexiones, entran ganas de buscar un libro de Walter Benjamin… se habrá cumplido, con creces, el principal motivo que ha puesto en marcha este breve ensayo.

Sólo me resta por decir que en el cementerio de Portbou hay un Monumento a su memoria. No deja de ser curioso que se considerara como causa del fallecimiento un aneurisma cerebral, lo que posibilitó la contradicción de que en un camposanto católico, descansen los restos de un suicida judío.

Merece, con creces, el esfuerzo de desplazarse a este pequeño municipio de Girona, próximo a la frontera, ya que contemplarlo estremece porque pone de manifiesto el horror que fue el nazismo… y la complicidad de la dictadura franquista con él. 

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.