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Jerónimo Bonaparte (1784-1860), hermano menor de Napoleón

El que eleva demasiado a un hombre no

puede después contenerlo fácilmente

Solón de Atenas

Verdaderamente pocas cosas hay tan potencialmente destructivas como cortesanos mendaces y ambiciosos, burócratas intrigantes y, naturalmente, quien les da mando en plaza.

En mi artículo anterior, una alegoría del que éste, en cierto modo, es una continuación, sostenía que si sabemos escrutar críticamente el pasado puede ayudarnos mucho a que nos orientemos en el presente.

Allí donde existe un núcleo, un centro de poder y más, si este se propaga radialmente, más temprano que tarde, surge una ‘plaga’ peligrosa a la que podemos denominar cortesanos, aunque igualmente es posible referirnos a ellos con otros nombres y otras denominaciones.

Se han venido caracterizando a lo largo de la historia, por ir a buscar compulsivamente, su medro personal y familiar y, por obtener prebendas y pingües beneficios a cambio de adulaciones, por procurar no exponerse ni dar la cara, por tirar la piedra y esconder la mano y, por mirar desde el burladero y debidamente resguardados, los espectáculos desagradables como el hambre, la miseria y lo que hoy denominaríamos la exclusión social… esquilmando a los que menos tienen para que crezca más y más su magro patrimonio.

Suelen causar grandes daños por su parasitismo, su avaricia, su notable falta de utilidad, su trapisondísmo y su incapacidad congénita para advertir los ‘males’ que se avecinan.

Hoy me he propuesto dar unas pinceladas sobre Jerónimo Bonaparte o ‘Girolamo’, nacido en Ajaccio (Córcega), el benjamín de la saga de los Bonaparte que supo obtener pingües beneficios, del hermano mayor y cabeza de familia, Napoleón.

Es más, desde el hoy se interpreta y se revisa el pasado. Cada época tiene especial predilección por bucear en la historia y encontrar unos determinados aspectos y valores… pasando otros por alto para que sean las generaciones venideras quienes los redescubran. Estudien y analicen.

Una cuestión que suelen considerar los historiadores y, también, aunque en menor medida politólogos y sociólogos es, si Napoleón traicionó los principios de la Revolución Francesa y de la Ilustración para convertirse en dictador… o si las campañas que emprendió propagaron por Europa ‘los ideales de las luces’.

Como suele suceder en estos casos, algo hay de lo que sostienen unos y otros, aunque lamentablemente, las sombras son más que las luces.

Cronistas y biógrafos –especialmente los que se han ocupado con más detalle de su figura, carácter, del entorno social y político en que se desenvolvió y de su periodo de formación- coinciden al evocarlo en que fue un genio militar aunque con una carencia de escrúpulos ostensible. Su soberbia y afán de dominio le hizo cruzar temerariamente casi todas las líneas rojas que la prudencia establecía.

Siempre quería más… no se conformaba con lo que tenía y en lugar de consolidar y administrar lo ‘conseguido’, lo ‘conquistado’… se lanzaba de forma tan poco previsora como temeraria, sobre nuevos objetivos que satisfacieran su ‘ego insaciable’

El Golpe de Estado que dio en Francia, fue el primero de sus pasos sin retorno. Creía que podía imponer sus criterios y sus principios y cometió la imprudencia de repartir tronos y Estados entre sus familiares y allegados. Hasta tal punto que acabó por convertirse en una especie de monarca absoluto, de tirano que imponía su voluntad sobre todo y sobre todos.

Quizás el más difícil todavía, es que convirtió sus caprichos en ‘razón de Estado’. En ese sentido el bonapartismo fue un duro golpe a los esfuerzos que los ideales de la Ilustración habían hecho para resquebrajar y echar abajo el Antiguo Régimen.

De tanto decidir el lugar que cada uno debió ocupar en el escalafón, en su particular organigrama y en el mapa europeo, que puso patas arriba… acabó pareciéndose mucho a aquello que en un primer momento quería destruir.

Ya va siendo hora de que tracemos una semblanza sobre Jerónimo Bonaparte y, a través de su figura, sobre tantos parientes, protegidos y colaboradores. Son un buen espejo en el que el presente se ve reflejado… sobre todo, en lo que a defectos, proyectos truncados y errores históricos se refiere.

Jerónimo adoraba a su hermano mayor por una parte y, por otra nunca se atrevió a contradecirle, pues no sólo aceptaba su autoridad sino que le daba auténtico miedo.

En el reparto a Jerónimo, le tocó nada más y nada menos, que el Reino de Westfalia creado para él como si de un traje a medida se tratara.

Napoleón disponía, a su antojo, de los miembros de su familia. Jerónimo, que sirvió en la Marina Francesa y contrajo matrimonio en Baltimore (EE.UU.), por orden expresa de su hermano tuvo que divorciarse y contraer segundas nupcias con Catalina de Wurtemberg. Así se las gastaba. Ordenaba la disolución de matrimonios y el concierto de nuevas alianzas como si estuviera haciendo solitarios con cartas marcadas sobre el mapa del Continente Europeo.

Jerónimo estuvo siempre cerca de Napoleón, a las duras y a las maduras. Durante, lo que se dio en llamar el imperio de los ‘100 días’ permaneció junto a él y en la batalla de Waterloo, que marca la derrota de la saga, estaba al mando de una División.

No era, ni mucho menos, un modelo de estabilidad ni de conducta. Se vió implicado en un duelo con el General Davont. Los seis años que gobernó Westfalia, constituyen un saldo incuestionablemente negativo y fueron un sonoro fracaso.

El hecho de ser hermano de Napoleón no significaba tener ninguna talla ni capacidad como estadista, ni estar mínimamente dotado para desempeñar tareas de gobierno. Únase a esto, que era acusadamente manirroto y no tenía la mayor ascendencia, simpatía, prestigio o empatía entre sus súbditos… sino que por el contrario, se hizo merecedor de su desprecio.

Como decíamos en la entrega anterior, los errores se encadenan hasta precipitar el desastre. En la horrenda y de resultados pavorosos, campaña de Rusia, dirigía un cuerpo del ejército con absoluta negligencia, pues si bien tenía experiencia como marino, en las batallas terrestres mostraba una notable falta de pericia.

Ante los fracasos ajenos, Napoleón solía reaccionar tarde, bien es verdad que es imposible recoger el agua derramada… pero tomar represalias cuando ya el desastre no tiene remedio, tampoco, conduce a nada.

Jerónimo tuvo que exiliarse tras Waterloo. Tras varios años, regresó a Francia, cuando su sobrino, Luis Napoleón fue Presidente de la República y más tarde, tras un golpe de Estado y autonombrarse Emperador bajo el nombre de Napoleón III, creyó llegado el momento de disfrutar de otro protector y de tener otros cargos y otras distinciones.

De forma incomprensible, algunos manuales y textos de historia, durante la dictadura franquista, translucían una abierta simpatía por este mezquino y tenebroso personaje, sin más razón de que se casó y elevó a Emperatriz de Francia a la española Eugenia de Montijo… y, quizás porque fue el segundo miembro de la familia que puso fin, momentáneamente, a la República.

Como el que a los suyos se parece, honra merece… Napoleón III incurrió en los mismos o parecidos errores de su tío. Fue muy generoso con sus parientes y su tío Jerónimo fue nombrado primeramente, Gobernador de los Inválidos y, más tarde, Presidente del Senado sin que tuviera especiales aptitudes. Además de estas prebendas fue confirmado con el título de ‘Príncipe francés’.

Está enterrado en los Inválidos junto a Napoleón Bonaparte. Desde luego, esta familia es cuando menos curiosa y tiene un notable parecido con algunas de las dinastías que gobernaron por esa época diversos reinos europeos.

No sólo podemos sino que en cierto modo estamos obligados a extraer lecciones de la historia. Es más, para aproximarnos a algunos personajes ennoblecidos por la soberbia ajena, no es una opción desenfocada echar mano de la entomología.

De hecho, al lector que siga atentamente este ‘jeroglífico’ no le resultará difícil encontrar, en el siglo XX e incluso en estos momentos convulsos del XXI, actitudes, comportamientos, similitudes y formas de ejercer el poder… que dan miedo y, desde luego, nos llevan a conclusiones ni optimistas, ni esperanzadoras.

Aristóteles en el Libro II de ‘La Retórica’ nos dejo, como de pasada, una reflexión que haríamos bien en no dejar caer en saco roto: ‘a causa de la buena suerte se es más orgulloso e irreflexivo’. Téngase en cuenta, además, que más pronto que tarde, la buena suerte se extinguirá y dejará al descubierto la otra cara de la moneda más oscura y siniestra.

Cuando Frank Kafka escribió ‘La Metamorfosis’ hizo algo más que dar forma a una premonitoria pesadilla. Bajo ciertas circunstancias hombres y mujeres pueden ser tratados como insectos por un déspota… Napoleón Bonaparte trataba a sus familiares y allegados como insectos.

Cuando se otorgan responsabilidades a personajes medrosos, incapaces de hacer frente a situaciones que requieren habilidad y prudencia y que se vienen abajo mientras les tiemblan las piernas… podemos estar, razonablemente, convencidos de que esa tripulación, empezando por el capitán, ha constituido a lo largo de la historia y sigue constituyendo una auténtica balsa de Medusa que tan magistralmente y de forma tan tenebrosa plasmó Théodore Géricault.

En las situaciones difíciles y comprometidas cuando hay que demostrar templanza, habilidad y altura de miras… la historia es testigo de que fulleros, vividores, delatores, cuando no psicópatas o enajenados acatan las órdenes sin rechistar pero conducen al desastre aceleradamente.

Quienes promueven intrigas políticas, muchas veces son víctimas de las mezquindades y patrañas que han urdido. Lo que podríamos denominar la caverna es, con frecuencia, una víctima colateral, de artificieros ineptos que han colocado los explosivos en el lugar equivocado.

Napoleón Bonaparte, en cierto modo, es un ejemplo pintiparado de lo que podríamos denominar, echando mano de Georg Wilhelm Friedrich  Hegel y Friedrich Nietzsche ‘la dialéctica del amo y del esclavo’, sólo que con tantas torpezas no es fácil distinguir quién es el esclavo y quien el amo, porque hay personajes ensoberbecidos que acaban por no ser otra cosa que esclavos de sí mismos o lo que es lo mismo, de sus impulsos irracionales.

Otra enseñanza que puede extraerse de la historia, es que hay ‘supuestas clases pudientes’ que creen que el Gobierno e incluso el país, es un legado que les pertenece por haber tenido antepasados supuestamente heroicos e ilustres.

Harían bien, sin embargo, en no confiar en exceso en bayonetas, tanques, o autoritarismos desfasados metafóricamente hablando, porque la historia no vuelve y si alguna vez regresa lo hace como farsa. Por tanto, deben despedirse de tantos sueños añejos con medallones de bajorrelieve.

Sobra mediocridad y odio y, falta altura de miras. A veces, me da por pensar con fastidio y cansancio que mucho de lo que sucede a nuestro alrededor, de un tiempo a esta parte, es sucio y similar a ese olor agrio y desagradable que despiden los gusanos de seda, que no se convertirán nunca en mariposas, por impericia de los que los cuidan. Parecen condenados a dar vueltas y más vueltas en el interior de una caja de zapatos llena de agujeros y sobre una hoja de morera de la que se alimentan.

Jerónimo Bonaparte es una de esas ‘figura de escayola’ condenada a los sumideros de la historia o, mejor aún, a un vertedero.

Utilizando un símil lingüístico, hay personajes tan inocuos, tan vacios, tan prescindibles… que vienen a ser ‘un significante sin significado’.

Dejan tras de sí, por desgracia, un reguero de violencia, intransigencia y sangre que mancha los principios de libertad, igualdad y fraternidad.

Es tal su insignificancia que habría que decir que no son ni siquiera una imagen, ni menos aún, una metáfora. Sólo alcanzan a ser estereotipos de la inutilidad. 

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.