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Opiniones de un payaso llamado Coronavirus

Como Hans Schnier, padecemos de un temprano declive. Como este joven payaso, alemán por casualidad y arquetipo universal de 28 años, elegimos la nariz roja, los zapatones y la máscara para lanzar impiedades e ironías coronavirusianas desde nuestro disfraz de locos y así poder diseccionar nuestra sociedad de principios de siglo XXI desde la lectura de este libro de 1963. Un año, 2020, para el olvido. O mejor dicho, para hacer la cuenta de la vieja y recomenzar, que no comenzar de cero. Un momento viral para deshacerse de las raíces familiares y socioculturales que ya no funcionan y cuyo seguimiento nos ha conducido a una deriva de callejón sin salida. La quiebra de las voluntades, junto a la de la sociedad, producida por un virus microscópico, es la analogía perfecta del ángel exterminador más letal y aterrorizador que nuestra pansociedad conectada haya conocido jamás.

Con Hans hemos descendido, por fin y definitivamente, a las cloacas. Y más allá de la vida de nuestra querida y sobreprotegida Europa de postguerra y casi de preguerra; y esto nos ha hecho ser conscientes, ahora ser más que nunca, de que no tenemos que pagar tributo alguno a nadie más que a nosotros mismos. Aterrador. Y el camino más corto hacia la autodestrucción para muchos. No hay risas de payaso, hay dolor y fracaso, hijos del espíritu de la época, del Geistzeit. Y el nuestro está formado por incontables células habitadas por seres conectados que están al mismo tiempo aislados y encerrados en su propia soledad. Por eso, como Hans, sabemos que nadie nos comprenderá. Como a él, el alcohol, la soledad y la claridad cegadora nos ha llevado a un estado de estupor y catarsis en un mundo desequilibrado por las presiones de religiones, costumbres, deberes, leyes y prohibiciones que solo consiguen separarnos del amor. E intentamos continuamente conciliarlos, en un baile de mascarillas y complicaciones que han cambiado por completo nuestras opiniones de payasos.

Sobrevivimos haciendo malabares con la vida, pero cuando se acaba la función y se baja el telón, ya no hay nadie esperándonos (tampoco Marie a Hans) y entonces es cuando llega nuestra bajada a los infiernos, porque ya no tenemos el referente del otro y volvemos a nuestro desolador vacío. La frontera entre los políticos que no desean ser entendidos, pero que paradójicamente tienen que comunicar y ser escuchados, y nosotros, es parte del trasfondo de esta incomprensión de payasos sometidos. La inutilidad existencialista de lo que hacemos no impide la necesidad de dominar lo que se dice, aunque no se entienda, porque ¿quién se atreverá a discriminar las opiniones de un payaso, sabiendo que el absurdo cotidiano viene envuelto con un bonito y aparente lazo de normalidad que se ha convertido en el hilo conductor de nuestras vidas?

Y lo hemos vuelto a hacer, hemos dado otra vuelta de tuerca joyceana al coronavirus, nos hemos vaciado la mirada frente al espejo para que su eco pueda mostrar lo que ya nos susurraba Heinrich Böll: que «Tal vez tus oídos imaginan haber oído lo que tus ojos han visto», porque sabía que estaríamos tan ebrios como Hans y que, como él, incurriríamos en el peor de los errores que puede cometer un buen payaso: reírnos de nuestras propias opiniones. 

Filóloga y traductora