Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

Elogio de Menéndez Pelayo


Sepulcro en la catedral de Santander / Wikipedia Sepulcro en la catedral de Santander / Wikipedia

Vivimos en medio de un maniqueísmo deplorable. Los intelectuales acostumbran a elogiar solo a los de su cuerda, como si en el campo contrario solo existieran las tinieblas y la maldad. Y, a menudo, a una figura histórica de la denigra por un aspecto concreto que, aunque sea cierto, no excluye otras facetas positivas. Como si un personaje tuviera que ser enteramente bueno o enteramente malo. Como si reconocer lo bueno significara, ipso facto, da por bueno lo malo. De esta forma, nos llegan con frecuencia, más que imágenes, caricaturas de los grandes protagonistas de nuestro pasado. Tomemos, por ejemplo, a Marcelino Menéndez Pelayo. Muchos de nosotros pensaremos en elsantanderino como un sabio antipático, un martillo de herejes que exaltaba la rancia España católica del concilio de Trento. Aunque esta fuera toda la verdad, seguiríamos teniendo razones para disfrutar de su magnífica prosa porque lo cortés no quita lo valiente. El caso es que su personalidad, como nos enseñó Mario Crespo López en Marcelino Menéndez Pelayo (Alfons el Magnànim, 2016), una excelente biografía, no acaba de encajar en el fácil estereotipo.

Sobre nuestro protagonista, conocido, sobre todo, por su monumental Historia de los heterodoxos españoles, se han difundido todo tipo de anécdotas más o menos extravagantes que lo pintan como una especie de “friqui”. Tenía fama, sin duda merecida, de ser un memorión, una biblioteca ambulante. Parece que fue un devorador de libros, más atento a leer sin tregua que a vestirse con pulcritud, lavarse y afeitarse, por lo que no era infrecuente que llevara un aspecto desastrado. También destacaba por ser un orador calamitoso. Según uno de sus contemporáneos, tartamudeaba. No porque tuviera algún defecto físico sino porque pretendía decir demasiadas cosas en muy poco tiempo: “piensa tan deprisa, que se agolpan en tropel las palabras a su garganta y pugnan por salir tropezando las unas con las otras”.

Era, obviamente, un católico conservador, pero también un especialista que intentaba ser honesto consigo mismo y con los lectores. Reconocía que juzgaba los hechos según su criterio religioso, pero sin distorsionarlos. Si criticaba a determinados librepensadores, como los krausistas, no lo hacía por una cuestión ideológica sino porque pensaba, en conciencia, que no habían sido pensadores rigurosos. Los juzgaba nada más que bienintencionados, sin otro mérito que la honradez: “son unos pedagogos insufribles, nacidos para ser eternamente discípulos de un solo maestro y de un solo libro”.

Frente a la imagen reaccionaria que se ha dado de él, como españolista furibundo, tenemos a un hombre con vivas simpatías hacia Cataluña, donde había estudiado en su juventud. Admiraba su cultura y defendió con energía el catalán, que debía denominarse así y no con términos impropios: “ya es hora de que se llame así, y no mallorquín, provenzal ni lemosino, como sigue diciéndose a despecho de la historia”. En cierta ocasión, durante discurso ante María Cristina, la Reina Regente, recordó a la soberana que no se trataba de un idioma extraño sino indiscutiblemente propio de España: “Habéis venido a escuchar amorosamente los acentos de esta lengua no forastera ni exótica, sino española y limpia de toda mancha de bastardía”.

También dedico alabanzas a la poesía renacentista del Principado, que le parecía “enteramente moderna” y “una de las manifestaciones más ricas y vigorosas del arte español contemporáneo”. En cuanto a la poesía contemporánea, admiró a Verdaguer y escribió una carta-prólogo para la traducción castellana del Canigó.

En la vida académica, Menéndez Pelayo sabía dejar a un lado sus ideas particulares cuando debía primer el mérito científico. Por eso, cuando votó en los tribunales de oposiciones, lo hizo en función de las cualidades profesionales del aspirante, no de su filiación política. Esta falta de sectarismo hizo posible, por ejemplo, que el socialista Julián Besteiro accediera a la cátedra. Si lo pensamos bien, ¿Cuánta gente, en un mundo tan tribal como el de la actual universidad española, puede decir lo mismo…?

Menéndez Pelayo no estaba en contra de los adelantados del siglo liberal: lo que pretendía era una modernidad no diera la espalda al pasado. La tradición, a su juicio, no excluía “ninguna mejora y progreso legítimo”. España debía aceptar los avances de otros pueblos sin renunciar por ello a sí misma. Eso implicaba ser crítico con las novedades, no aceptarlas sin más solo porque vinieran del extranjero, en su caso de Alemania. Seguramente, hoy diría lo mismo cuando se sacraliza con papanatismo cualquier cosa que tenga la etiqueta estadounidense.

En su estudio, Crespo López apunta que las biografías de Menéndez Pelayo suelen caer en dos extremos, el de la hagiografía o el de la denigración sistemática. Manca finezza, como diría Sandro Pertini. Una vez más, el dilema está en decidir si preferimos a un inteligente que piense lo contrario que nosotros o a un mediocre con el que estemos de acuerdo.