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El Che, tarzán blanco de la Revolución


Foto de archivo de Che Guevara en el Congo. Foto de archivo de Che Guevara en el Congo.

Del Che Guevara se recuerda su trágico fin en Bolivia, pero no tanto una aventura anterior, también desastrosa, en el Congo. Marchó de Cuba con el sueño de crear uno, dos, cien focos de insurrección en su lucha contra el imperialismo. Con unos cuantos hombres valientes y decididos, pensaba reproducir la revolución castrista tantas veces como fuera posible. Una visión incorrecta de la Historia le jugó en este caso, como en otros, una mala pasada. Actuaba como si los únicos héroes de la lucha contra Batista hubieran sido los “barbudos” de Sierra Maestra, minusvalorando así la aportación urbana y también una verdad fundamental: la dictadura se derrumbó por su propia podredumbre, no tanto por los méritos de sus enemigos.

Aunque nunca ha dejado de alabar a Fidel, parece obvio que sus personalidades colisionan. La realpolitik del gobernante choca con el romanticismo del guerrillero, poco dispuesto a resignarse a los límites de la realidad. El primero buscaba la eficacia, el segundo exigía la total pureza de los ideales. No obstante, su relación es más compleja de lo que parece a primera vista. El Che no es un espejo del comandante en jefe, alguien que le repita lo que quiere oír, pero su criterio propio no se traduce en una rebeldía abierta sino en una delicada ambigüedad. Lo confesará en cierta ocasión, al admitir que lo suyo con Castro no era un matrimonio pero tampoco un divorcio.

Ernesto decidió proseguir sus combates en el Congo, la antigua colonia belga, independizadas en medio de circunstancias dramáticas. Deseaba ir al “lugar más caliente del mundo” porque le parecía el más idóneo para golpear al imperialismo y sus intereses en la región minera de Katanga. Seguro de sí mismo, desoye al presidente egipcio, Nasser, que le advierte que va a convertirse en una versión roja de Tarzán, el blanco que juega a civilizar a los negros. Su respuesta refleja la mística que guía sus pasos, el convencimiento de cuál es el instante supremo de la en la vida de un hombre: “aquel en que toma la decisión de afrontar la muerte”. Afrontar este riesgo, a su juicio, equivale a convertirse en un héroe. Da lo mismo si todo acaba con el éxito o con el fracaso.

En realidad, este sueño de convertirse en un misionero revolucionario supone una herejía con respecto a la teoría tradicional del marxismo. Lenin ya había advertido que las revoluciones se producen por las contradicciones entre las clases sociales, opresores y oprimidos, sin que sea posible estimularlas desde el exterior. De haber vivido el padre de la Unión Soviética, seguramente habría pensado que su discípulo argentino caía en un “infantilismo de izquierda”. Desde un punto de vista leninista, no lo olvidemos, es falso que la insurrección armada sea el método obligado de lucha en no importa que circunstancia. Los revolucionarios deben, en cualquier caso, escoger un procedimiento apropiado a sus fuerzas.

El despropósito es todavía mayor si tenemos en cuenta que hablamos de un hombre que se presenta en la otra parte del mundo sin que nadie se lo pida. Simplemente decide aplicar una política de hechos consumados y reaccionar en función de cómo lo hagan los congoleños. Él mismo reconocerá lo poco ortodoxo de su método: “Estaba realizando un chantaje de cuerpo presente”. Por supuesto, ha pensado en la posibilidad de no ser aceptado. Sin embargo, al calcular el riesgo, cree mucho más posible que los guerrilleros del país africano no puedan negarse a admitirle.

En el Congo, las condiciones sociales tampoco son las mismas que en Sierra Maestra. No existe un campesinado que sufra condiciones feudales de explotación sino una forma de vida independiente. El sentido de propiedad individual brilla por su ausencia. Lo que existe es una especie de colectivismo, sin necesidad de cercados que guarden las cosechas. No hay hambre de tierras, como en América Latina. Es más, la tierra sobra y además es muy fértil. La promesa de una reforma agraria no despierta, por eso, demasiado entusiasmo. El propio Guevara no sabrá responder muy bien a la cuestión crucial de lo que podía aportar el Ejército de Liberación a unas gentes que no les necesitaban: “¿Qué ofrecer? Protección, hemos visto en el transcurso de esta historia que se brindó muy poca. Educación, que hubiera sido un gran vehículo de comunión, no se ofreció ninguna. Servicios médicos, solamente los de los pocos cubanos, con escasas medicinas y un sistema bastante primitivo de administración”.

La guerrilla africana, además, no establece una complicidad con la población sino todo lo contrario. Se dedica a vivir a su costa. Es, en la práctica, un ejército parásito. Que no duda en aplicar métodos contundentes para exigir comida o prestaciones en trabajo. Para colmo, ni siquiera se dedica a la actividad que justificaría su existencia, combatir contra el enemigo. El Che observa que, si no cambian mucho las cosas, la revolución congoleña carece de futuro por su propia debilidad interna.

La rivalidad entre tribus será otro factor no previsto. Desde la óptica marxista hay una clase opresora y otra oprimida. Aquí, los supuestos oprimidos están divididos en función de criterios étnicos que constituyen barreras difícilmente superables. Guevara encontrará enormes dificultades para realizar su trabajo político porque existe una profunda rivalidad entre ruandeses y congoleños. Llega a la conclusión de que no es posible seguir adelante si antes no se diluye el concepto tribal. Tiene razón. No hay un pueblo congoleño sino facciones secularmente enfrentadas, sin nada en común más allá de coincidir dentro de los límites arbitrarios impuestos por el dominio occidental.

El Che no llegara a comprender a los congoleños porque desconoce su historia y ni siquiera sabe hablar su propia lengua. Además, las costumbres locales le resultan del todo ajenas. Se desconcierta ante la lentitud con la que transcurre todo, como si la guerra “fuera una cosa para pasado mañana”. Tampoco entienden, además, ciertas supersticiones que influyen en la manera de guerrear. Los indígenas creen, por ejemplo, en un remedio mágico para ser invulnerable a las balas, el “dawa”. Consiste en echar al soldado un líquido con compuesto hierbas y otras sustancias, en un ritual que incluye signos cabalísticos y una mancha de carbón en la frente. Para que la fórmula sea efectiva, el hombre no debe tener miedo ni relaciones sexuales. Tampoco tocar nada que no sea de su propiedad. Los nativos, con este procedimiento, persiguen un objetivo claro: formar un tipo de luchador que sea valiente, no abuse de las mujeres y no se dedique al saqueo. Si muere, la explicación no es que el sistema falle sino ha incumplido cualquiera de las tres condiciones.

Se ha criticado al Che por ser poco receptivo a la sabiduría de una tradición como la “dawa”. Podemos imaginar su estupefacción, ciertamente, cuando un coronel llamado Lambert le explicó, de buen humor, que aquella especie de “poción mágica” de los galos hacía que los aviones resultaran irrelevantes. Su sensibilidad intercultural nos parece escasa, pero, aún así, debemos hacer un esfuerzo por comprenderle: sus aliados congoleños sienten tanta confianza en su protección que atacan a pecho descubierto, con lo que se convierten en un objetivo fácil. No es ilógico que Ernesto pretenda poner fin a esta sangría, por más que todos sus esfuerzos se estrellen contra una creencia que los combatientes locales aceptan como incuestionable dogma. A nadie se le ocurre ir a pelear sin tomar antes la precaución de asegurarse la supuesta invulnerabilidad.

En el Congo, llega un momento en que la situación se hace insostenible y la retirada obligatoria. El esfuerzo ha hecho mella en el Che, que apenas pesa cincuenta y cinco kilos. Desanimado, aprovecha su estancia en Praga para reflexionar sobre las causas del desastre. Está muy decepcionado con los dirigentes de la guerrilla congoleña, convencido de que le han tomado el pelo. Hace una autocrítica profunda acerca de su responsabilidad en el desastre, pero no llega a sacar todas las conclusiones pertinentes. Pese al fracaso, sigue creyendo que la estrategia de crear un foco guerrillero es la adecuada. No puede aceptar que los hechos desmientan la teoría.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.