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Julio Verne el visionario


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«Tendremos noticias de ellos, y ellos las tendrán de nosotros. Los conozco; son hombres de mucho temple. Llevan consigo en el espacio todos los recursos del arte, de la ciencia y de la industria. Con esto se hace cuanto se quiere, y ya veréis cómo salen del atolladero»

De la Tierra a la Luna,1865, Julio Verne

De la Tierra a la Luna es una novelita divertida, satírica y plagada de datos científicos y de ficción que apareció publicada en una revista antes de lanzarse como novela ese mismo año, como era habitual en esa época. Tuvo tanto éxito, que se vio complementada por la secuela Alrededor de la Luna (1870).

Verne siempre lo tuvo meridianamente claro: sería escritor. Y de los buenos. Y aventurero y visionario. Sin límite alguno, con la mente abierta de quien quiere saberlo todo, conocerlo todo, viajarlo todo, llegar hasta la Luna, al centro de la Tierra y dar su vuelta en globo en menos de tres meses, hollar tierras vírgenes, navegar por los mares en su velero…Y lo hizo, porque su esencia era la un hombre apasionado por la tecnología, la ciencia y la geografía, que buscaba en la diversidad la unidad, que apostó por el esperanto como lengua de entendimiento. Creía que había que divulgar los nuevos conocimientos técnicos y científicos para mayor bien de la humanidad, y se adelantó, intuyó e ideó muchos de los inventos que serían realidad décadas después de su muerte. Pero también supo ver al final de su vida, en un destello postrero de lucidez, cómo esa misma ciencia consumiría y explotaría al ser humano. Y, de nuevo, acertó.

El mejor homenaje a Verne está en la Luna, en un cráter que lleva por siempre su nombre. Incluso hubo un grupo en los 80 llamado The Gun-Club, en honor al de la sociedad de balística de Baltimore sobre la que gira el relato: una fundación compuesta por artilleros y científicos sin trabajo, recién acabada la Guerra de Secesión, que proponen la fabricación de un proyectil en forma de cañón gigante para lanzarlo a la Luna con la intención de destruirla y asombrar al mundo. Por suerte, aparece un francés aventurero, Michel Ardan, que les convence de renunciar a sus rencillas y cambiar la bala de cañón por un cilindro hueco para incluir a tres pasajeros, además de él mismo, y ser los primeros en pisar el satélite. Para lograr tamaña hazaña, se necesita colaboración técnica y pecuniaria que se logra por suscripción internacional ̶ por cierto, reflejo de la fe del autor en la colaboración conjunta entre naciones (ahí ya no estuvo tan adivino), y en la universalidad de los conocimientos compartidos y puestos al servicio del bien común. En medio del fervor popular, se lanza el proyectil, que solo logra acercarse a su destino y convertirse en satélite lunar, y en nuevo hogar para sus pobres tripulantes, hasta que consiguen propulsarse fuera de su órbita y aterrizar en el Pacífico, listos para enfrascarse en nuevas aventuras espaciales.

Ojalá aprendiera la asociación de armas más antigua del país, la del rifle, también hija de la Secesión. Ojalá acercara posiciones y descansara armas.

Guiño final: leer más a Verne = a entender esta frase clave: «La distancia no es más que una palabra relativa, y acabará forzosamente por reducirse a cero».

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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