Capitán Richard F. Burton. Harar, ciudad prohibida. XVII
Se desayunaba a las seis, cando comenzaba a apretar el calor del día, una pesada colación a base de pasteles de cereal de holcus y cordero asado, de la que se daba cuenta acuclillado en el suelo, sin alfombra, en torno a una banqueta circular. Se sumaban al desayuno algunas visitas y, a Burton se le regañaba cuando empezaba a flaquear su apetito. Luego, una siesta y después más visitas. Era llegado el momento de labrarse una reputación de hombre íntegro y piadoso, ente los somalíes. Había llevado abundantes libros consigo, en su mayor parte libros religiosos, entre ellos el Corán y, algunas obras sufíes; tuvo que enseñar en el momento oportuno su diploma de “murshid”, para dejar sentadas sus credenciales de sufí. Por lo que todo el mundo llegaba a saber, con la única excepción de Sharmakay, era un mercader árabe, un hombre distinguido, que además había realizado el peregrinaje a La Meca. Era capaz de hablar con gran fluidez sobre asuntos de religión, aunque a menudo prefería relatar cuentos de Las Mil y una noche para deleite de sus visitas.
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