Talleyrand. La Revolución, al fin. V
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
La relación de Talleyrand con Adélaïde de Flahaut, madre de su hijo desde 1785, no se había acabada y, la visitaba siempre que podía en su apartamento del Louvre. Allí se cruzaba con su rival en el corazón de la dama, el también cojo gobernador Morris, representante en París del presidente Washington. Morris llevaba un diario de los acontecimientos, empezado antes de la toma de la Bastilla, en el cual calificaba a Talleyrand de “agudo, astuto, ambicioso y malicioso”. También lo trataba en el salón de los Necker y, constató la enorme admiración de que Germaine sentía por el abbé de Périgord. El hombre, americano al fin, juzgaba su conversación brillante en exceso y, confesaba “no sentirse en su constelación”.
Como era natural en un ciudadano de las antiguas colonias británicas independizadas, Morris confiaba en el éxito de la Revolución, aunque a veces parecía más interesado en el comercio del grano y las señoras guapas. Convencido de que el obispo de Autun no daba la talla en la cama, se vanagloria en sus memorias de haber “satisfecho” a Adélaïde al menos en una de cada tres veces de sus visitas, salvo cuando tenía la regla, excepcionalmente, el anciano marido se hallaba en casa. Con todo, reconocía los méritos de su rival y, apoyaba la idea de que fuera nombrado ministro de Finanzas, aunque lamentaba que no tuviera más gente capaz a su alrededor y, que no fuera un poco más trabajador. En dos palabras, daba a entender que era perezoso (y no solo en la cama). Desmiente, sin embargo, el mito de la pereza del obispo de Autun, que se encargó de poner en circulación Morris, pero que acompañó al obispo a lo largo de toda su vida, el hecho de que, aunque Charles-Maurice se levantara tarde, su labor en el Parlamento mereces ser calificada sin reparos de titánica. Nunca volverá a trabajar tanto durante su vida.
El abbé de Périgord, aunque contaba también con el apoyo de Mme. de Staël y sus íntimos, no se convirtió en ministro por el momento. A pesar de su inteligencia y moderación, le seguía persiguiendo la leyenda de su inmoralidad y codicia, de ser un jugador empedernido y un obispo “disipado”. Quizá porque Talleyrand había aprendido del viejo Choiseul, que el buen político es “el que sabe hacer trabajar a los demás”. Y de hecho siguió mostrándose fiel a este consejo bajo el Directorio, El Consulado, el Imperio y la Restauración monárquica.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.