“El hombre se desembozó. La mujer, envalentonada, hizo girar la llave de la luz eléctrica, y la lámpara [...] alumbró la suntuosa estancia […]. El lecho matrimonial y en una cuna también laqueada […], la criatura fruto de una venturos unión […]Los ojos del hombre […] se posaron en el chiquitín, que ni respiraba.
- Desnúdale ya -ordenó imperiosamente a la mujer- […] El hombre había depositado sobre la meridiana de brocado rameado, igual al que vestía la pared, un bulto informe. Era algo envuelto en un raído y pingajoso mantón […]
- Despacha, ¿entiendes?, y avívate, que son las once, y si tus amos les da la manía de volver temprano […]¡Si se recuerdan que han dejado puestas las llaves ..! […]
Ginesa desempañaba y desfajaba al niño de sus amos, que gruñía y lloriqueaba, despertado súbitamente. Ya desnudito […] lo amantó para calmarle.
Del lío abandonado […]salió un vagido confuso. Dentro del cobijo de trapos había otra criatura. Era la queja de su crío, a quien, necesitada, hubo que dejar por un hijo ajeno. Y le tenía entregado a manos indiferentes, sin cuidados criado a biberón sabe Dios cómo, encanijándose tal vez; y el chorro de dulzura que surgía de sus senos era para un chiquillo rico, que podía comprarlo.
Emprendió la otra tarea: la de desnudar a su rorro. Cada prenda que le quitaba, tibia, del calor del corpezuelo, se la ponía al hijo de los señores.
- […] Toma […], toma […], toma ropa de pobres, a ver si te gusta[..]
Terminó el trueque. Miguel se acercó y contempló a su hijo, yacente en la elegante cuna.
- ¡Adiós marqués -murmuró - irónico- pué que argunos haya por el mundo como tú!
- ¡Menuda vía se dará el tunantón – añadió a guisa de comentario Miguel!
(Emilia Pardo Bazán, En el entreacto.)