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La tolerancia hasta la época de Voltaire


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

La tolerancia es el respeto y consideración hacia las ideas, opiniones o creencias distintas a las propias, y suele aplicarse a los ámbitos religioso y político, aunque no exclusivamente. En la Historia europea estos dos mundos han estado muy unidos siempre, habida cuenta de la importancia de la religión en los asuntos de gobierno.

Se puede considerar que la tolerancia nacería con el principio cristiano del amor al prójimo, pero tiene más relevancia en nuestro mundo cuando proliferaron las tendencias intolerantes en el seno de la Iglesia Católica en la Baja Edad Media frente a los considerados herejes, y que promovieron o toleraron, también, las persecuciones a los judíos, por ejemplo, en media Europa, y que podemos ejemplificar con la expulsión de los judíos de los reinos hispánicos en 1492. Las inmediatas guerras de religión del siglo XVI, acontecidas a raíz de la Reforma protestante y la Contrarreforma católica, supusieron otro intenso episodio de intolerancia, aunque la Reforma había dinamitado la ortodoxia religiosa, verdadero pilar de la intolerancia. El concepto de hereje que había establecido la Iglesia en la Edad Media se tambaleó de forma evidente. Todo este cataclismo religioso del siglo XVI generó unos cambios más profundos porque se hizo más complicado justificar la persecución al hereje, al disidente religioso. Hasta ese momento esta tarea había sido patrimonio exclusivo de la Iglesia, pero ahora, ante la quiebra del sistema medieval, el Estado comenzó a intervenir en esta cuestión. En España, el Santo Oficio de la Inquisición era un organismo religioso pero supeditado a la Monarquía, ya que fue imbricado en el sistema de gobierno (polisinodial, de consejos) de la misma. Por otro lado, en Europa, ese proceso de intervención del Estado en la posible persecución del disidente terminó por plantear a algunos teóricos y pensadores la necesidad de la tolerancia como un mecanismo para resolver los conflictos, y comenzó a tratarse la dimensión económica que suponía el mantenimiento de la intolerancia, asunto que preocupaba mucho en las Cortes europeas donde triunfaban las ideas del mercantilismo.

El humanismo fue la primera corriente en esa Europa que planteó la necesidad de la tolerancia. En este sentido, son fundamentales las figuras de Erasmo de Rotterdam y de Thomas Moro, víctima, precisamente, de la intolerancia. Este primer capítulo de la tolerancia se fundamentaba en dos pilares: el diálogo y el rechazo a la coacción o la violencia.

El año 1555 puede ser considerado el primer hito de la tolerancia en Europa. En ese momento se firmó la Paz de Augsburgo que sellaba el final de los conflictos religiosos y políticos en el Sacro Imperio Románico Germánico, entre los católicos comandados por el emperador Carlos y la liga de los príncipes protestantes. Se basó en las ideas de tolerancia descritas anteriormente, pero también es cierto que selló el final de la unidad religiosa o espiritual, un ideal por el que todavía los humanistas habían planteado restaurar. Nació el concepto de cuius regio eius religio, según el cual, cada reino o estado debía seguir la religión de su príncipe. Supuso un claro avance de la tolerancia, pero debe tenerse en cuenta que la libertad religiosa solamente se aplicaba a los soberanos, no a los pueblos. Se solucionaba, en gran parte, el problema religioso y el enfrentamiento bélico en el corazón de Europa, pero la intolerancia se trasladaba al interior de cada territorio, ya que el príncipe quedaba facultado para perseguir a los que no profesaban su confesión religiosa. Ahora se buscaba legitimar jurídicamente al Estado para perseguir al disidente, algo que el humanismo rechazó tajantemente porque suponía una contradicción intolerable con el fin de toda organización política, ya que ésta debía promover la coexistencia pacífica en su seno, algo impensable si se prohibía la libertad religiosa.

Este problema fue abordado por un grupo de pensadores, eclesiásticos y hombres de Estado en la Francia de las intensas guerras de religión, y que se pusieron a trabajar para frenar una sangría que amenazaba con dejar exhausto al reino o con su desaparición, durante la segunda mitad del siglo XVI. Por eso plantearon una reforma del concepto de tolerancia como instrumento para superar el conflicto. La tolerancia podía convertirse en un factor fundamental para fortalecer al Estado. Ese fue el espíritu que llevó a la promulgación del Edicto de Nantes en 1598, que puso fin al enfrentamiento entre católicos y hugonotes. El Edicto de Nantes, además, quedó en el imaginario colectivo occidental, con todas sus carencias, como un documento que consagraba la tolerancia desde una perspectiva positiva, no como un mal que había que aceptar, sino como un principio de respeto de la libertad de conciencia, aunque también es cierto que habría que matizar algo esta consideración, especialmente si analizamos los objetivos concretos de sus creadores, y como luego fue revocado en tiempos de Luis XIV, que decretó la persecución contra los hugonotes.

La situación religiosa en Bohemia al terminar el siglo XVI era muy compleja. Había una minoría católica y cuatro confesiones no romanas: luteranos, calvinistas, utraquistas, discípulos de Juan Hus y que defendían la comunión bajo dos especies, y los Hermanos Moravos, disidentes de los husitas. La Corona de Bohemia pertenecía al emperador Habsburgo del Sacro Imperio Romano Germánico. En ese momento ocupaba el trono un personaje harto interesante y peculiar de la dinastía, y lo era por sus intereses intelectuales, científicos y alquímicos, conformando una personalidad un tanto excéntrica para lo que se esperaba de un monarca de la época. Estamos hablando de Rodolfo II que, además, había establecido su corte en Praga.

A la altura de 1609 se estaba desarrollando un claro enfrentamiento entre Rodolfo II y su hermano Matías, en franca rebelión. En este contexto, el emperador necesitaba el apoyo de Bohemia y su estabilidad. Esas son las razones por las que decide conceder la Carta de Majestad, una especie de estatuto religioso que establecía la libertad de conciencia en Bohemia, aunque luego se amplió a Moravia y Silesia. Se decretó la libertad de cultos, el derecho a construir templos y escuelas en las ciudades y dominios vinculados directamente a la Corona. Se estableció como condición que las confesiones no católicas debían entenderse con el fin de crear una Iglesia protestante checa. El rey y emperador concede, además el derecho a crear un Consejo formado por diez miembros, los denominados “defensores de la fe” para negociar e intentar arreglar los conflictos existentes o que surgieran con los católicos.

En 1617, el nuevo rey Fernando confirmó la Carta, pero se multiplicaron los problemas debido a la diferente interpretación de sus cláusulas. El poder ordenó que se derribaran los templos protestantes de Hroby y Broumov porque se habían erigido en unas ciudades que pertenecían a prelados católicos, es decir, fuera de la jurisdicción establecida por la Carta. Por lo demás, Fernando estableció la censura, prohibió el uso de fondos de origen católico para pagar a ministros protestantes y se negó a admitir en los puestos a personas no católicas. Los defensores de la fe protestaron. El conde de Thurn capitaneó la rebelión y se decidió romper con los Habsburgo para proteger sus derechos y libertades religiosas que creían estaban amenazadas con estas decisiones. Era el camino hacia la defenestración de Praga, y el consiguiente conflicto que, entre otras causas, llevaría a la Guerra de los Treinta Años.

Aunque la Carta de Majestad fue un intenso serio, quizás aún más que el propio Edicto de Nantes, de llegar a un entendimiento entre las confesiones religiosas, terminó por fracasar porque los protestantes no consiguieron entenderse entre sí, y los católicos se opusieron enérgicamente a la tolerancia que establecía la Carta, además de por la política emprendida por Fernando.

Del lado protestante es importante destacar la aportación de los anabaptistas a la noción de tolerancia. Cuando plantearon claramente la separación entre Iglesia y Estado estaban defendiendo que la fe religiosa no podía nunca imponerse mediante la violencia. La religión debía vincularse a la libertad de conciencia.

A finales del siglo XVII es fundamental la figura de Locke que en 1689 publicó su Carta de la Tolerancia. En este texto aparece el concepto de contrato entre los ciudadanos y el Estado, fundamento legitimador del poder y en el plano civil, no en el religioso. Tanto el Estado como las Iglesias serían instituciones o entidades de libre asociación. La tolerancia civil era la premisa fundamental para el respeto de todas las creencias, de la libertad de conciencia. Así pues, la ortodoxia dejaba paso a la tolerancia y, además, se planteaba claramente la separación de la Iglesia y el Estado. Era factible la diversidad de creencias y siempre en plano de igualdad. En consecuencia, no se toleraría a quien no permitiese esa libertad. Ese fue el argumento que empleó para no tolerar a los católicos porque eran considerados dogmáticos e intolerantes. Pero tampoco toleraba a los ateos porque prescindir de Dios tenía un carácter disolvente, sumamente peligroso. Estos dos casos, a pesar de la lógica del razonamiento, mostraban que la tolerancia defendida presentaba algunos límites evidentes. Pero esta obra es, sin lugar a dudas, fundamental para entender los sistemas liberales y democráticos futuros.

Posteriormente, Voltaire publicó el Tratado sobre la Tolerancia (1763) donde explicaba que la convivencia pacífica que generaría la tolerancia religiosa constituía un factor fundamental para el progreso general de la comunidad. La Razón se opone a la violencia y al fanatismo, una cuestión que preocupó intensamente al ilustrado francés. Precisamente, esta obra se escribe a raíz de la ejecución en 1762 del protestante Jean Calas, acusado injustamente del asesinato de su hijo que se había convertido al catolicismo.

La tolerancia para Voltaire trascendía lo puramente religioso, y debía existir en todos los terrenos, en los ámbitos político y social y, por supuesto, en el cultural o intelectual. Pero la tolerancia no podía existir con la religión católica. Era necesaria una nueva religión que se sustentase en la fraternidad y en un Dios de todos y para todos, cuyo culto sería el ejercicio de la virtud. Pero Voltaire también combatía a los ateos porque no tendrían principios morales, y eso era sumamente peligroso socialmente. Estas ideas convirtieron a Voltaire en un claro enemigo de la Iglesia Católica a la que consideró un factor de intensa intolerancia, y ésta combatió al ilustrado con especial inquina. 

 

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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