Wilhelm Liebknech y la universalidad del socialismo
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Cultura
Periódicamente, acudimos a los maestros, a los clásicos si habláramos de literatos, para recordar principios ideológicos del movimiento obrero y sobre las visiones que dichos personajes tuvieron de los mismos. A Wilhelm Liebknecht regresamos con frecuencia, como el lector habitual de El Obrero habrá tenido oportunidad de comprobar.
En esta ocasión repasamos un texto suyo reflexionando sobre el socialismo y su carácter universal, entendida esta universalidad como una característica que lo englobaba todo.
La concepción socialista era, efectivamente, para el alemán, universal. Unos estudiaban el lado económico del socialismo, otros su faceta moral y humana y, por fin, otros trataban de la dimensión política del mismo. Pero los tres aspectos tenían que tener el mismo valor.
El pueblo debía saber que el socialismo no era solamente reglamentar las condiciones laborales y productivas, ni procurar la intervención en las funciones económicas del Estado y de la sociedad, sino que comprendía el desenvolvimiento completo del individuo. En este sentido, la educación sería uno de los deberes del Estado como un instrumento para alcanzar el ideal. Así pues, nuestro autor insiste en la universalidad y totalidad del socialismo, porque sin el lado económico el ideal humano quedaría como suspendido en el aire, pero sin este lado humano, el fin económico carecería de su “consagración moral.”
Liebknecht aludía a que siempre había habido soñadores que lucharon por la felicidad del género humano, pero esas luchas habían sido, realmente, sueños porque carecían de los medios materiales de su realización, es decir, la reglamentación de las relaciones económicas que pretendería realizar el socialismo, y que tenía que asegurar, con el crecimiento de la producción, un reparto más justo, creando el fundamento económico de una existencia y un desenvolvimiento armónicos del ser humano.
Ciertamente, había habido, por otro lado, en el pasado propiedad común y del trabajo (en una suerte de comunismo primigenio), pero faltaba el ideal humano, que caracterizaba al socialismo.
Defendida este principio universal, Liebknecht reflexionaba sobre la relación entre el socialismo y la civilización. El socialismo no era enemigo de la civilización; lo que pretendía era extenderla a la Humanidad entera, otra característica de esta universalidad que estamos tratando. Y lo quería hacer porque, en realidad, la civilización era monopolio de una minoría privilegiada.
El socialismo, al envolver toda la vida, todos los sentimientos, todas las ideas humanas, se aseguraba contra las limitaciones y el exclusivismo. Tenía, además, la ventaja de poder realizar una acción armónica en toda la extensión de la vida civil y política, como ya había apuntado más arriba.
Hemos consultado el texto en el número 3896 de El Socialista, del 8 de agosto de 1921.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.