Burgueses demócratas. 10 de agosto de 1792. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Espontáneamente, secciones parisinas y consejos provinciales, decidieron abolir el veto real. El 2 de julio de 1792, la Asamblea legalizó su iniciativa. Al tiempo que, so pretexto de celebrar la toma de la Bastilla, los “federados” (que habían nacido en el verano de 1789, entre los miembros de la Guardia Nacional de algunas localidades, que decidieron "federarse" con los de otras prestando un juramento de ayuda mutua) salieron hacia Paris.
Rechazados a la oposición, los “girondinos” hicieron entonces causa común con Robespierre. El 3 de julio, en la Asamblea, Vergniaud pronunció una verdadera acta de acusación contra el rey. El 6 se supo la entrada en guerra de los prusianos. El 11, la Asamblea proclamó que “la patria estaba en peligro”. Toda la Guardia Nacional fue llamada a las armas. Se reclutaron nuevos batallones de voluntarios. Pero más que el número de voluntarios así reclutados, lo que importaba era la significación política del gesto, pues aquello significaba ya una verdadera toma de la soberanía.
El movimiento patriótico en sí, era, por eso mismo, revolucionario. La movilización cívica se produjo, tanto contra el enemigo interior, como contra los prusianos. Aquel carácter revolucionario, se acentuó por la llegada de los “federados” que, a partir del 8 de julio, aportaron de sus provincias, una mentalidad todavía más violenta que la de Paris, respecto al poder ejecutivo. Ya el pasado 27 de junio, había reclamado el consejo general de Marsella, que aquel poder fuera nombrado y destituido por el pueblo.
Cuando los batallones marselleses entraron en la capital, el 30 de julio, iban así acompañados, por una sólida reputación de extremismo revolucionario. El canto que traían en los labios y que, en la historia había de llevar su nombre (“La Marsellesa”), en realidad no era suyo. El capitán de ingenieros que lo compuso en Estrasburgo, para el ejército del Rhin, había expresado en él toda la pasión patriótica de 1792. El odio a los tiranos, a los pérfidos, el amor a la querida patria, dan a los versos de Rouget de l’Isle, un colorido histórico particular: el del 10 de agosto.
El 1 de agosto se conoció en Paris el terrible manifiesto que, cinco días antes, había firmado el duque de Brunswick, comandante de las tropas enemigas. La capital contestó con la insurrección. Pero el papel decisivo lo desempeñaron las secciones parisinas. Sobrevino entonces una verdadera revolución: los ciudadanos pasivos irrumpieron, se apoderaron de la dirección de las secciones, se declararon en sesión permanente, y constituyeron en el Ayuntamiento, una Oficina central, con el Comité central de los federados.
Ante la insurrección que se preparaba a cielo abierto, otra vez volvieron a oponerse dos tácticas entre los burgueses demócratas. Brissot y sus amigos intentaron aproximarse a la Corte, y desconectar la carga explosiva, mediante un cambio ministerial. Robespierre, hasta el momento defensor inflexible de la legalidad, comprendió que el movimiento era irreversible. Deseoso, ante todo, de no romper la unidad con el pueblo, popularizó, en su gran discurso del día 29 de julio, las consignas espontáneas de los federados y de las secciones: destronamiento del rey y elección de una convención nacional, elegida por sufragio universal. Pero, al igual que los demás líderes demócratas, no participó personalmente en la jornada popular.
En la noche del 9 al 10, se oyó tocar a rebato. De hora en hora fueron llegando al Ayuntamiento, los comisarios diputados por las secciones. Al amanecer formaron un consejo insurreccional, y expulsaron a los miembros del antiguo municipio. Mataron a Mandat, comandante en jefe de la guardia nacional, y lo sustituyeron por el popular Santerre. Alrededor de las Tullerías, confluyeron las ramas de una enorme tenaza. Dos columnas, una del arrabal de san Antonio, otra de la orilla izquierda, apoyada por los marselleses y los de Brest, convergieron hacia el castillo. Luis XVI había arrastrado a su familia a la sala del Picadero. Después de su partida, comenzó el tiroteo entre los fieles suizos de la guardia real y los manifestantes; los “sans-culottes” de Santa Margarita, llegaron a tiempo de acabar con la resistencia de los suizos y de los gentileshombres.
El Picadero no fue suficiente para proteger al rey. Bajo la presión de las picas, la Asamblea se vio obligada a suspender a Luis XVI, y a sustituirlo por un Consejo ejecutivo provisional, en espera de la elección, por sufragio universal, de una convención nacional.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.