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Hijos de su Siglo


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Tan extraordinaria fue la corriente a favor de las transformaciones político-sociales, en la Francia del XVIII, que muchos nobles sacrificaron en su altar, de antemano, sus seculares privilegios: La Fayette, “el americano”, el duque de la Rochefoucauld, hostil a las costumbres de la Corte, su primo Liancourt, aquel agrónomo filántropo y liberal, el duque d’Aiguillon, que era uno de los más ricos propietarios del reino… Todos estos, grandes señores liberales, guardaban no obstante sus distancias, y no cabe duda que no imaginaban su acción, sino como una necesaria adaptación, del papel directivo de la aristocracia en la vida del reino. Como escribiría dos siglos más tarde Giuseppe Tomasi di Lampedusa: era menester que algo cambiara, para que todo se mantuviera igual.

Por todo ello la revolución burguesa, se sintió más cerca de esos aparentes tránsfugas de la nobleza y el alto clero. Especialmente dos de ellos: Emmanuel-Joseph Sieyès, Conde Sieyès, hijo de un notario de Fréjus, que llegó a ser canónigo en Chartres. Y Honoré Gabriel Riquetti, Conde de Mirabeau, hijo volcánico de la nobleza provenzal, aureolado por la fealdad, por el escándalo y por el talento.

Todos estos hombres del llamado partido nacional, nobles y plebeyos, advenedizos o ya “establecidos”, fueron ante todo hijos de su siglo, alimentados como estaban por la filosofía de las luces. Pues si el desencadenamiento y las modalidades de la Revolución, debieron mucho a la coyuntura, es decir, a lo accidental, tampoco hubo nunca, un movimiento de ideas de tal amplitud y de tamaña convergencia, como el que anheló y preparó, el conjunto de las transformaciones políticas y sociales de 1789.

La evolución intelectual del siglo fue muy evidente. Desde finales del reinado de Luis XIV, ya estaba sometido a discusión el sistema político-religioso, que había producido los días gloriosos de la monarquía absoluta. Pero cuando la evolución se aceleró, fue en los años cincuenta, y cuado se precipitó, en los setenta.

En la primera mitad del siglo, el principal debate fue puramente filosófico, y siguió siendo relativamente académico, pues estuvo centrado sobre la crítica de la religión revelada. La mitad del siglo constituyó un gozne, a partir del cual se multiplicó la ofensiva filosófica, que se fue concretando y se politizó. En 1748 apareció “El espíritu de las leyes”, en 1749 el primer tomo de la “Enciclopedia”; en 1754 “El tratado de las sensaciones”. Voltaire había triunfado ya, y Rousseau estaba a punto de publicar sus grandes obras. La polémica fue nutrida y violenta. Pero en el setenta, la batalla estaba ya ganada por el público culto, y el Antiguo Régimen (“Ancien Régime”) religioso y político, había sido reducido al silencio.

Así, en un periodo relativamente corto, había quedado rota una relación fundamental de la antigua sociedad: la que unía lo profano a lo sagrado. El fondo de la filosofía de las luces, simplificando mucho, fue sin duda un método intelectual, fundado sobre el horror al espíritu sistemático, el gusto por la experimentación, y la investigación racional, de las verdades de la vida práctica. En el campo filosófico y político, la observación, los viajes y el estudio histórico, sustituyeron a la certeza metafísica, y condujeron a lo que era relativo pero razonable: una moral utilitaria y un reformismo social.

La razón del siglo caminó, naturalmente, a través de los individuos, de las modas, de formas de inteligencia, de talento o sensibilidades muy diversas, desde Montesquieu hasta Diderot, desde Rousseau hasta Condorcet; y Voltaire le dio su forma más clásica y más aguda. Pero fue, a fin de cuentas, para todos los seres cultos, una especie de patria común hacha de sedimentos múltiples, que se acumulaban sin destruirse nunca. Así, no es posible que históricamente sea justo oponer, por ejemplo, el deísmo de Voltaire, al materialismo de Rousseau. Todo el esfuerzo intelectual del siglo, convergió hacia una crítica de la Iglesia y del despotismo, hacia la tolerancia, la libertad, la igualdad y los derechos del hombre. La mayoría de los hombres que guiaban la opinión, en la primavera de 1789, habían aprendido que era necesario creer en el progreso y en la educación, y que el camino de la felicidad humana, pasaba por la transformación del Antiguo Régimen.

En el albor de sus carreras políticas, los hombres del 89 se vieron así respaldados, por toda una elaboración colectiva. La crisis del “Ancien Régime”, no les pilló de improviso. Hacía ya años que se preparaban para ella, y habían calculado sus remedios. “Nosotros tenemos ideas por adelantado”, diría Mirabeau en la Asamblea constituyente.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.