Voltaire. Ferney. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Voltaire ya tiene una cierta edad y, ya no le apetece seguir viviendo como un pajarillo de rama en rama y, sin domicilio fijo. Por lo que planea comprar alguna propiedad cómoda y bien emplazada, para fijar su residencia. Se decide a buscar un refugio seguro y tranquilo, cerca de Suiza, por lo que pueda pasar en Francia, donde tiene enemigos poderosos.
Su producción literaria sigue siendo frenética. Aparece la primera edición de su “Ensayo sobre las costumbres” y, más tarde, la “Historia de Rusia bajo Pedro el Grande”. Le visitan todo tipo de personalidades, como el famoso historiador británico Edward Gibbon, autor como sabemos, del famoso “Declive y caída del imperio romano”, o el célebre aventurero veneciano Giacomo Casanova. Pero Voltaire sigue reinventándose a sí mismo y, al final d su vida, se gana el nombre de patriarca de Ferney, pueblo al que se traslada. Tal será su impronta, que esta localidad se llama actualmente Ferney-Voltaire. Hoy sigue perteneciendo, como entonces, a Francia, pero prácticamente está tocando Suiza, lo que a Voltaire podría resultarle muy conveniente, según que represalias políticas o eclesiásticas, pudieran suscitar sus manifiestos, Con 64 años, dice no esperar a vivir muchos más, se siente viejo y achacoso. La falta de dientes, le confiere un aspecto cadavérico, pero con todo, aún le queda por vivir dos décadas decisivas para su obra y, para su influencia entre sus coetáneos y en la posteridad.
Tras arrasar un viejo castillo, hace construir una mansión acorde con sus gustos y, con los espacios necesarios. Además de las visitas y los 60 criados, necesarios para mantener la hacienda, hay una población más o menos estable en su nueva mansión, compuesta por su sobrina, un nuevo secretario, un copista ¡un jesuita! con quien juega al ajedrez, un músico y la esposa de este, la joven Maria Francisca Corneille, descendiente del famoso dramaturgo, a la que Voltaire ha medio adoptado: se consagra a su educación y, la acompaña ¡a misa! cada domingo, para desmentir a quien ha publicado, que la joven está en manos de Satanás. De hecho, Voltaire reconstruye la iglesia parroquial de Ferney, adornándola con una inscripción que reza: “Deo erixit Voltaire”, es decir, “Voltaire la erigió para Dios”, para dejar claro que un buen deísta, no necesita intermediarios, en su comunicación con la divinidad. Las iglesias suelen dedicarse al Señor y no a los lacayos.
Voltaire se preocupa del cultivo de las tierras, supervisa la plantación de los árboles, el cuidado del vasto jardín, al tiempo que sigue prestando dinero con altos intereses, a príncipes alemanes y nobles franceses, emplea artesanos de seda y encaje, junto a relojeros ginebrinos que, tras tener disputas con sus patrones, deciden trabajar para el señor de Ferney, quien promueve la venta de los relojes, en todas las cortes europeas. También considera su deber, ampara a los pobladores de la comarca, en la que no deja de tener, ciertos derechos señoriales. De hecho, los protege de un modo quijotesco, lo cual le hace tener serias disputas, con el obispo y otras autoridades.
El ya citado historiador británico Gibbon, describe una de las veladas de Ferney, concretamente una en que se representa “El huérfano de la China”, con Voltaire y su sobrina en los papeles principales: “Quizá - escribe Gibbon – yo estaba demasiado perplejo, ante la ridícula figura de Voltaire, ya septuagenario, haciendo de conquistador tártaro con voz hueca y cascada, cortejando a una sobrina realmente horrible, de unos cincuenta años. La obra empezó a las ocho y acabó media hora después de las once. Todos fueron invitados a quedarse. Hacia medianoche, nos sentamos ante una elegante mesa de unos cien cubiertos. La cena terminó hacia las dos, se bailó hasta las cuatro; cuando no pudimos más, nos metimos en nuestros carruajes y regresamos a Ginebra, cuando estaban abriendo las puertas de la ciudad. Dime – dice Gibbon a su madrasta – si conoces otro poeta, en la historia o la leyenda, que a los setenta años haya representado sus propias obras y, haya concluido la escena, con una cena y un baile para cien personas. Creo que el último es el más extraordinario de los dos”.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.