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El primer carlismo: algunas opiniones enterradas. III


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

La insurrección carlista se extendió por todas las Españas, pero fundamentalmente por la mitad norte, donde existe la pequeña y mediana propiedad y no tanto estas élites potentadas, las grandes oligarquías y grandes terratenientes aliados con los burgueses progresistas, que son los que apoyan el liberalismo y que se hallaban fundamentalmente en la parte sur de la Península. Aquellos son lugares donde la pequeña y mediana propiedad agrícola estaba más arraigada y no las zonas del sur, en expresión de Joaquín del Moral, de «consolidación del latifundio andaluz» (del Moral, 1979, 13) lo cual no quiere decir que los carlistas no recibieron también apoyo de esta geografía meridional como se demostró con las expediciones de columnas carlistas por toda la Península y demuestra Fernando García Villarrubia (1979) en su estudio sobre el primer carlismo andaluz. En cualquier caso lo mismo en el norte como en el sur, «ninguna de las más grandes casas del reino se inclinó por la causa carlista, pese a haber apoyado a Fernando VII en sus anhelos de gobierno personal», tal y como nos recuerda Salvador de Moxó (1965, 155).

Estos voluntarios carlistas tenían claro que todo lo que había sido la experiencia liberal les había perjudicado, tanto en su vida tradicional como en sus creencias, su religión, o su sistema de propiedad combinada con los comunales, el auzolán en Euskal Herria o los consejos abiertos (Igoa, 2010, 503). El régimen liberal en las Españas suponía, además, el ataque a la religión católica, porque en las Españas no se entendía ni la organización territorial ni la social sin esa vinculación con las creencias religiosas totalmente arraigadas dentro de la población. Pero eso no quiere decir que el alto clero estuviera con ellos, quienes sí lo hicieron fue el bajo clero que vivía con los artesanos y campesinos.

Efectivamente, como dice el profesor Jaume Torras «la revuelta popular de tipo tradicional, en cambio, solía presentarse como exigencia del restablecimiento de un orden originario, y ese orden era un dato cultural que todo el mundo conocía. Más a menudo que a través de programas en los que sus razones y propósitos se resumieran y ordenaran, las revueltas de este tipo se expresaban mediante comportamientos rituales cuyo contenido simbólico escapa muchas veces al historiador» (Torras, 1993, 87). Y en otro lugar nos recuerda que, en Cataluña, «el levantamiento en masa» en muchas comarcas «el realismo se erigió en movimiento de defensa de la colectividad ante una amenaza externa que personificaban los liberales» (Torras, 1976, 100).

Refiriéndose a ese «orden originario» del que habla Torras, Friedrich Engels escribía en 1849, entre la comprensión y el desprecio: «No hay ningún país europeo que no tenga en cualquier rincón una o varias ruinas de pueblos, residuos de una anterior población contenida y subyugada por la nación que más tarde se convertirá en portadora del desarrollo histórico. Estos restos de una nación implacablemente pisada por la marcha de la historia, como dice Hegel, estos desechos de pueblos, se convierten cada vez, y siguen siéndolo hasta su total exterminación o desnacionalización, en portadores fanáticos de la contrarrevolución, así como toda su existencia en general es ya una protesta contra una gran revolución histórica. Así ocurrió en Escocia con los gaélicos, apoyo de los Estuardo desde 1640 hasta 1745. Así en Francia con los bretones, apoyo de los Borbones desde 1792 hasta 1800. Así en España con los vascos, apoyo de Don Carlos». (Engels, 1849). Y es que, en el fondo, los carlistas «apoyo de Don Carlos», no defendían una monarquía absoluta, sino la tradicional anterior a la implantación del absolutismo, a la que se refiere Karl Marx cuando, hablando de los castellanos enfrentados a la camarilla flamenca de Carlos I, dice que «en el trasfondo estaba la defensa de las libertades de la España medieval frente a las injerencias del moderno absolutismo» Marx (1854), coincidiendo así con Antonio Tabuada de Moreto, cuando nos dice que «la libertad de los Españoles es muy antigua, y el despotismo, con que se las oprime, muy moderno» y que «el nuevo despotismo llamado centralización, introducido como la dominación Cristina por los mismos autores de la constitución gaditana, ha cambiado todas las instituciones protectoras de nuestra libertad; y pese a sus fementidas protestas, sin respetar fueros, costumbres ni privilegios ha destruido el respetable patrimonio de nuestros abuelos» (Bullón, 1998, 43-44).

Por otra parte, el historiador británico Eric J. Hobsbawm ha remarcado que la integración popular en un sistema prepolítico tradicional —como era el primer carlismo— se efectuaba principalmente por medio de unos resorts ideológicos fundamentales: el «rey», y «la Iglesia» (Hobsbawm, 2001, 149, 160-162) a lo que se podría añadir una especie de «protonacionalismo» que puede ser la «patria» entendida como la defensa del territorio o la defensa de los fueros o el regionalismo del carlismo posterior . Como afirma Torras «un mundo sin rey, al igual que un mundo sin religión, era un mundo desguazado, presa del caos y de la arbitrariedad donde los débiles y los pobres eran las principales víctimas» (Torras, 1993, 91). Otro elemento importante de la movilización, al menos para el heterogéneo carlismo catalán, era el hambre, según nos muestra un estudio de Pere Anguera, porque para este autor, «los carlistas catalanes activos eran básicamente miembros de los sectores más depauperados de las clases populares» (Anguera, 1995, 422).

 

Josep Miralles Climent. Licenciado en Geografia e Historia por la UNED. Doctor en Historia (UJI). Autor de numerosos artículos y libros de historia del carlismo, entre los que podríamos destacar:

Los heterodoxos de la Causa, Huerga y Fierro editores, Madrid 2001, 160 pp.

El carlismo frente al Estado español: rebelión, cultura y lucha política, BPC, Madrid 2004.

Estudiantes y obreros carlistas durante la dictadura franquista. La A.E.T., el M.O.T. y la F.O.S., Ediciones Arcos, Madrid 2007.

Carlismo y represión franquista. Tres estudios sobre la guerra civil y la posguerra, Arcos, Madrid 2009.

El carlismo militante (1965-1980). Del tradicionalisme al socialismo autogestionario. Tesis doctoral, UJI, 2015.

Montejurra 1976-2016. 40 años después. Ediciones Arcos, Madrid, 2016.

La rebeldía carlista. Memoria de una represión silenciada. Enfrentamientos, marginación y persecución durante la primera mitad del régimen franquista (1936-1975), Schedas, Madrid, 2018.


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