Por otra parte, es interesante la opinión de la época, concretamente la del progresista George Villiers, embajador británico en Madrid, que se reunía frecuentemente con Álvarez Mendizábal, cuando en diciembre de 1835 escribía a uno de sus hermanos lo siguiente: «La mayoría de la gente es honesta, pero es carlista, odian lo que se llama gobierno Liberal, instituciones liberales, y hombres liberales [...] La gente se gobierna ella misma a través de algunas antiguas costumbres; tanto les hace la ley o los decretos reales [...] Todo lo que quieren es que el Intendente no les robe tanto, y que el alcalde no les moleste demasiado. Si esto se diera, la gente sería completamente feliz [...] Es un engaño suponer que el clero regular es detestable. Esto es verdad en las grandes ciudades, pero no lo es en el campo. Los monjes son los propietarios residentes, los caballeros del campo de España. Ellos alimentan, dan trabajo y consuelan a la gente; son, además, la aristocracia de los pobres». (Rodríguez, Concha, 1989, 29).1