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Isidoro de Antillón (1778-1814): Antiesclavista, ilustrado y diputado por las Cortes de Cádiz


(Tiempo de lectura: 5 - 10 minutos)

Es el tiempo, es el miedo

los que más nos enseñan

nuestra miseria y nuestra riqueza.

Claudio Rodríguez (El vuelo de la celebración)

El paso del tiempo modifica el contenido semántico de los vocablos y los dota de nuevas connotaciones. Liberal es uno de ellos. Hoy, el término se aplica casi a cualquier formación política conservadora. Sin embargo, hubo un liberalismo político que amaba la libertad, la igualdad y la ampliación de derechos y, que siguiendo la estela de la Ilustración, luchó por los principios y valores humanistas y pre-democráticos. Contrasta esto, con el liberalismo económico que prácticamente, desde sus inicios fue volviéndose más y más reaccionario.

Hoy, quiero dedicar mi colaboración en El Obrero a Isidoro de Antillón. Es para muchos un perfecto desconocido, aunque se ganó un lugar destacado por sus convicciones liberales, por sus ideas emancipadoras y por dejar tras sí una obra científica nada desdeñable, especialmente como geógrafo, donde llevó a cabo notables innovaciones.

Este aragonés combativo y tenaz fue uno de los diputados que tomó parte en las Cortes de Cádiz, un geógrafo distinguido, como ya hemos apuntado y un historiador y político cuyos textos han de leerse con detenimiento.

Tuvo el valor y la integridad de ponerse en marcha en el momento adecuado y no abandonar el camino emprendido, pese a las presiones e incluso persecuciones. Un impulso interior, una intuición de futuro parecía que le marcaba el rumbo como si de una brújula se tratara.

Recorrió con dignidad las lóbregas callejuelas hasta desembocar en un ideal humanista y emancipador. Su vida y su obra son un ejemplo de a dónde puede conducir un firme y abnegado deseo de superación. Supo dejar atrás ‘silencios fríos’. Con determinación y estoicismo aprendió a mirar de frente y a no bajar nunca la mirada ante los dogmáticos, soberbios y poderosos.

No renunció, en sentido figurado, a oler el perfume de las violetas que dan sentido a la vida. Ser coherente y asumir los retos que la existencia nos plantea no es fácil; las más de las veces hay que subir peldaño a peldaño una empinada escalera de caracol, mas una vez consumada la ascensión, se experimenta una sensación confortable.

Los intolerantes, los dogmáticos que ven por todas partes desviaciones de la ortodoxia, llaman ‘conspiración’ a lo que no es sino búsqueda de la libertad. Sólo los fuertes de carácter soportan los días de pesadillas, persecución y cárcel. Saben beber a sorbos la dimensión trágica de la vida. La heterodoxia es, en todo caso, preferible a la ignorancia y a la sordidez. ¡Cuánto nos hemos perdido por no prestarles más atención, especialmente a los ilustrados!

Lo que más llama la atención de este doctor en derecho y experimentado geógrafo es su defensa de la abolición de la esclavitud en las colonias. Los manuales de historia en que nos hemos formado son notablemente incompletos, cuando no mendaces.

En las colonias de España hubo esclavitud. Leyendo con atención algunos clásicos de nuestra literatura como el “Lazarillo de Tormes” y el aparentemente extraño caso de y ‘su hermanito negro’, se puede deducir, sin más, que también la hubo en nuestro país. Las biografías de Velázquez, ponen de manifiesto que aún había esclavos moriscos en el siglo XVII como Juan de Pareja. Claro, que resulta más cómodo obviar esto, para no mezclar con sombras las luces de una España heroica e imperial de la que tanto presumen algunos.

Lo cierto es que la voz de Isidoro de Antillón se alzó combativa y valiente. Ahí está para atestiguarlo su “Disertación sobre el origen de la esclavitud de los negros, motivos que la han perpetrado, ventajas que se atribuyen y medios que podrían adoptarse para hacer prosperar, sin ella, nuestras colonias”. Este discurso que fue leído en abril de 1802 y publicado nueve años después, lo atestigua sobradamente. No olvidemos que eran momentos de agitación que precedieron a la Guerra de la Independencia. Hacía años que el malestar en las colonias de ultramar presagiaba conflictos posteriores.

Estimo que sería de justicia citar más este discurso para que se conociera que hubo hombres inteligentes y justos que, desde un liberalismo político, combatieron la esclavitud en nuestro país.

Sin la menor duda fue un espíritu inquieto que valoró en sus justos términos la ciencia y el pensamiento y que contribuyó a dimensionarlos todo lo que pudo.

Desempeñó diversas funciones y todas con elegancia y destreza. Así fue profesor, geógrafo e historiador, protoperiodista y colaborador de diversas publicaciones y entidades. Pronto se ganó la inquina de los absolutistas. Sufrió un atentado, perpetrado por el sector más conservador y clerical en las Cortes de Cádiz. Sobrevivió por suerte, mas con secuelas que dañaron aún más, su ya delicado estado de salud. Más tarde, Fernando VII con su reaccionarismo criminal, lo persiguió sañudamente como a tantos otros liberales. Están en la mente de todos, los casos de Riego o de Torrijos.

Los ilustrados y los liberales eran los únicos en aquella época, que se remontaban a la antigua Grecia para fundamentar sus ideas y principios. Ser libre para los griegos clásicos era poder participar, mediante la palabra, en el gobierno de la ciudad. Había que tener valentía para aspirar a la igualdad de derechos contra tantos dicterios y justificaciones ‘del poder como delegación divina’. Pretender suprimir privilegios en la práctica era una herejía y hablar de los derechos del hombre una aberración. Añádase a esto que los inmovilistas no tenían el menor empacho en aludir despectivamente ‘a la funesta manía de pensar’.

Todo esto, en medio de unas costumbres atávicas, de un poder de la iglesia ostensible y con unas leyes en vigor arbitrarias, clasistas e irracionales. Avanzar en estas condiciones era casi una imposibilidad fáctica. El pensamiento estaba cortocircuitado. Nuestro país tardó largo tiempo en salir de este estado de cosas lamentable.

Defender el uso de la razón, el valor de la ciencia para el avance social y la importancia de sostener las ideas con sólidos argumentos intelectuales, fue un camino lleno de sin sabores, obstáculos y dificultades ostensibles.

Es digno de mención que colaboró activamente en el “Semanario patriótico”, revista política fundada por José Quintana, así como en la “Aurora patriótica” de Mallorca. Por sus méritos, tanto literarios como científicos, perteneció a las Reales Sociedades Aragonesa y Matritense. En 1812 fue elegido Diputado en las Cortes de Cádiz por el Partido Liberal, del que era uno de sus representantes más destacado.

La inquina, la venganza y la falta de respeto hicieron que sus restos mortales, años más tarde, fueran arrojados a una hoguera y sus cenizas esparcidas al viento. Fue esta, una de tantas fechorías que en 1823 se cometieron tras la invasión de los Cien mil hijos de San Luis para reponer a Fernando VII en el trono como monarca absolutista.

Asimismo, merece la pena destacar la visión pedagógica de Isidoro de Antillón y su defensa de la abolición de los castigos. Esto pone de relieve su vinculación con los movimientos antitortura y por los derechos del hombre. Por si todo esto no fuera suficiente, escribió unas “Noticias históricas de don Gaspar Melchor de Jovellanos”, esbozo de una biografía de este prohombre abierto a las ideas de futuro.

Es interesante leer con atención la lucha y las reflexiones de Isidoro de Antillón sobre la España de su tiempo. El antiguo régimen, aunque lentamente se desmoronaba, la ciencia comenzaba a ser valorada y el pensamiento crítico comenzaba a respetarse. La brutal represión de Fernando VII echó por tierra no pocos de estos esfuerzos, a sangre y fuego.

Dejó su impronta por todas las instituciones por las que pasó como las Universidades de Zaragoza y Huesca, doctorándose en derecho posteriormente en Valencia. Me parece de relieve señalar el mérito de sus obras sobre geografía y astronomía.

Fue también un divulgador y dado lo obsoleto y anticuado de los manuales de las diversas materias, elaboró unos libros de texto, en forma de cuadernos de notas e ideas, destinados a corregir y eliminar las incorrecciones y deficiencias que contenían. Se propuso igualmente, componer un atlas escolar donde se recogieran los avances experimentados. Esta tarea quedó inconclusa, lamentablemente.

Debo destacar que se distinguió asimismo, en la defensa de la libertad de imprenta, que hoy llamamos libertad de expresión. Desarrolló una intensa labor reformista, política y social en consonancia con las ideas defendidas por las Sociedades Económicas de Amigos del País, a las que había pertenecido.

Su trayectoria estuvo marcada por unas inequívocas tendencias liberales y progresistas. Desde luego, fue lo que podemos considerar un hombre digno, honesto y de principios firmes. Isidoro de Antillón merece, como pocos, un veredicto favorable de la historia, así como una dignificación y recuperación de su figura.

Deben apreciarse sus quiebros dialécticos y la fundamentación rigurosa y empírica de sus análisis.

En las pocas menciones que se hacen de Antillón suele decirse que fue un extemporáneo. Sería mucho más cierto destacar su lucha por estar a la altura de la realidad histórica que le tocó vivir.

Hay momentos que exigen rebeldía. El valor y la dignidad de un humanista se forjan en su actitud frente a un sistema de creencias desfasado, anticuado, irracional y donde el peso fáctico de los hechos era menospreciado y sustituido por ideas y preceptos sin el menor rigor.

Fue el suyo como tantos otros un periodo de claroscuros. Al final de su vida la sordidez y el fanatismo fueron borrando todo atisbo de luz. Con la represión fernandina se volvió a la España de ‘romerías, peregrinaciones, fanatismo, ignorancia, incultura y sumisión’.

Algunos sostienen, aunque quizás con alguna exageración, que por sus conocimientos en materia de geografía fue el más destacado exponente del periodo crepuscular de la Ilustración en España.

No es posible referirse al conjunto de actividades que llevó a cabo, más quisiera al menos apuntar, que en el campo del derecho y como jurisconsulto realizó algunas aportaciones de gran interés.

En la España en que vivió, apostar por la razón y por la exactitud y veracidad de sus asertos, dice mucho en su favor. Sus esfuerzos empíricos lo sitúan en un plano muy diferente al de la mera charlatanería y, las teorías expuestas sin rigor de una cultura mediocre y libresca. ¡Verdaderamente, el papel lo aguanta todo!

Es hora de finalizar los someros comentarios y el esbozo de las preocupaciones y realizaciones de Isidoro de Antillón. Me gustaría que se despertara un interés mayor sobre su figura y legado y, que se ofreciera una visión más amplia de la Ilustración en España y del liberalismo, antes de que las fuerzas del obscurantismo volvieran a sumir a nuestro país en un páramo donde ni el pensamiento crítico, ni los avances científicos tenían cabida.

Hay que repetirlo hasta la saciedad. El monopolio ejercido por los inmovilistas y por la iglesia, hace que muchos ilustrados y liberales de primera hora, permanezcan desconocidos y estén sepultados en tumbas de silencio e ignominia. Para descubrirlos basta con consultar y leer “La historia de los heterodoxos españoles” de Marcelino Menéndez y Pelayo, (publicada entre 1880 y 1882), el montañés henchido por sus dogmas, como lo catalogó Neruda, que los zahiere, menosprecia y ataca como enemigos de la verdadera España. No obstante, tiene el interés de ponernos en contacto con muchos pensadores y científicos de incuestionable valor y adelantados a su tiempo.

Probablemente, sin estas tergiversaciones, persecuciones y silencios… nuestro país hubiera sido otro, mas esa es otra historia que habrá que empezar a sacar a la luz.

 

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid.