Isabel Muñoz-Caravaca y el sufragio femenino en 1914
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
“la mujer lógica no puede ser independiente en un mitin y sierva en la casa conyugal”
Isabel Muñoz-Caravaca (1848-1915) fue una mujer excepcional como maestra, periodista, ecologista, defensora del movimiento obrero y del feminismo. Lamentablemente, no es muy conocida hoy, pero su importancia es evidente.
Nació en el seno de una familia aristocrática y pudo tener una buena educación, incluso musical en el Real Conservatorio de Madrid. Se casó con Ambrosio Moya de la Torre y Ojeda, mucho mayor que ella, profesor en la Universidad Central, y doctor en Ciencias. Mientras vivió su esposo llevó una vida convencional de familia de clase media alta, pero cuando enviudó comenzó a destacar. En 1895 desempeñó el puesto de maestra en la Escuela de niñas de Atienza, en la provincia de Guadalajara, donde desarrolló una gran labor, que luego recogió en dos obras. Fundaría una escuela nocturna para adultos. Pero en aquella España rural la labor de una mujer sola levantaba muchas críticas, y en 1902, cansada de la presión caciquil y eclesiástica, renunció a su plaza, no sin impulsar la creación de una nueva escuela en dicha población. Entonces se dedicó a la astronomía, instalando un telescopio en su casa de Atienza y siendo admitida en la Sociedad Astronómica de Francia. Fue asidua colaboradora de la prensa, en distintas publicaciones de Guadalajara y Madrid. Precisamente, esta pieza versa sobre uno de sus artículos en Acción Socialista en el mes de junio de 1914. Desde la prensa defendió intensamente sus ideas contra la pena de muerte, la fiesta de los toros y el maltrato animal, así como, sobre todo, por la causa de la emancipación de la mujer. Además, tuvo una vocación social, lo que le hacía conectar con el movimiento obrero, especialmente de Guadalajara.
El artículo que queremos comentar, como hemos señalado, se publicó en el número del 27 de junio de 1914 de Acción Socialista y trataba del voto femenino, y dirigido, como veremos, en realidad, al movimiento obrero.
Para nuestra protagonista estaba claro que debía concederse a las mujeres, sin restricciones, el derecho de sufragio. Aludía a que no hacía mucho que Dato, a la sazón presidente del Consejo de ministros, había declarado que en España no había sufragistas, pero ella había declarado, por su parte, que se equivocaba. Si había sufragistas, pero estaban dispersas y se encontraban desorganizadas, por lo que, seguramente, el sufragismo se encontraba en “vías de cristalización”.
Unos se asustaban del sufragismo y otros lo desdeñaban por innecesario. Es más, ella misma confesaba que había dudado durante algún tiempo, que sí que había que pedirlo pero a la vez que otros muchos derechos que le faltaban a la mujer, pero que, para llegar a la igualdad con los hombres el voto era el principio. Los otros derechos eran muy importantes, pero era fundamental comenzar por del sufragio.
Además, pensaba que las mujeres organizadas en agrupaciones socialistas sí podían hacer algo por el mejoramiento de su condición, pero había que buscar la emancipación de las mujeres de forma total, y arrancando de las leyes.
No se podía dejar al cuidado de los hombres la elaboración de esas leyes; era absurdo que eso ocurriera si las mujeres no participaban. No se podía desdeñar el voto, y admitir que sin el mismo la mujer podía continuar viviendo y avanzando. Eso sería caer de nuevo en el absurdo, y desviaba la cuestión. El socialismo podía hacer mucho por las mujeres, pero no “mientras no las encuentre iguales a los hombres”. Las mujeres podrían hacerse fuertes contra las injusticias sociales, pero luego de sus luchas en huelgas, mítines, etc, según el estado de cosas imperante, regresaban al hogar junto con su compañero, identificado, sin lugar a dudas, con ellas en sus ideas, pero solamente identificado en parte. Muñoz-Caravaca estaba incidiendo, como vemos, en uno de los problemas del movimiento obrero, el de la dificultad de muchos de sus protagonistas masculinos de identificar las dificultades específicas de las mujeres, más allá de por su condición de obreras. La familia y el matrimonio terminaban por ser un “centro fatal de atracción” en el que caía la mujer, anulándose. Así pues, la mujer metida en las reivindicaciones del movimiento obrero se convertía en una rebelde de la tiranía social, pero no de la doméstica, es decir, no era una mujer emancipada.
La mujer necesitaba ser electora y elegible. No podía ser una “cosa”. Las mujeres no podían ser independientes en un mitin y siervas en el hogar. Había que cambiar las leyes para que las mujeres pudieran ejercer sus derechos y deberes, que les permitieran acceder a carreras, a los oficios y empleos, a tener su independencia económica.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.