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Álvaro Florez Estrada (1766/1853): Un patriota de una pieza que nos legó una senda constitucional... a transitar


(Tiempo de lectura: 6 - 12 minutos)

A los hombres que más se honra es a los justos y a los valientes

Aristóteles, Retórica

Hace doscientos años que los Cien mil hijos de San Luis, al mando del Duque de Angulema, invadieron nuestro país y pusieron un triste final al Trienio Liberal, dando lugar a un periodo absolutista, represor y criminal, personificado en Fernando VII.

Desgraciadamente ese parece el sino de nuestra historia. Cortos periodos de libertad seguidos de largos años de persecución y ensañamiento con todo aquello que sonara a progresista.

Considero que hay que mirar atrás, aunque sólo sea para desmentir con rotundidad, que todo tiempo pasado fue mejor. Vivimos en una democracia –con sus fallos e insuficiencias- que nos ha proporcionado un periodo de paz social y estabilidad.

Por fin pudimos dejar atrás la oprobiosa dictadura franquista con su ‘tufo’ nacional-católico y su complacencia y sumisión, ante la Italia mussoliniana con su parafernalia fascista y la Alemania nazi con sus criminales secuelas. Fueron unos años interminables sin libertad, sin derechos civiles, con hambre, aislacionismo y un rígido control propio de un estado policial.

Hoy pertenecemos de pleno derecho a la Unión Europea, poniendo fin a largas etapas de aislamiento y habiendo sido capaces de organizar la vida en común con una Constitución que ampara y proclama un estado de derecho.

Debemos tener presente, porque nos costó mucho conquistarlo, la importancia de un régimen constitucional que emanara de la soberanía popular. De la misma forma, es una injusticia olvidarnos de quienes iniciaron esa andadura e hicieron posible la democracia que hoy disfrutamos.

Todavía se escuchan voces añorantes de las etapas dictatoriales, aislacionistas y represoras. Es preciso pararles cuanto antes los pies con argumentos sólidos e incontrovertibles y con una pedagogía social que exponga clara, abierta y sencillamente nuestra historia y las consecuencias que han tenido los periodos reaccionarios, cuya secuela más ostensible es la de haber logrado retrasar nuestro futuro como país. Impidieron que disfrutáramos de las ideas y proyectos que hicieron posible el avance europeo.

Voy a dedicar mi colaboración periódica para El Obrero a Álvaro Florez Estrada. Quizás algunos de ustedes se pregunten por qué. Una de las secuelas lamentables de nuestro atraso y ostracismo es el desconocimiento de unos hombres íntegros, ilustrados, valiosos… que no pudieron llevar a cabo sus anhelos y sus afanes transformadores debido a la cerrazón y a la represión feroz de la España intransigente, clerical, ignorante e inmovilista.

Es un deber de memoria recordarlos, exponer su legado, rendirles tributo y considerarlos antecedentes necesarios de los avances democráticos que vivimos. La cita del filósofo estagirita, que figura en el frontispicio de este ensayo, es todo un desiderátum. Si no ha sido así hasta ahora, es obligado que nos lo planteemos como una opción de futuro.

Entre ellos ocupa un lugar destacado Álvaro Florez Estrada. Este asturiano de Pola de Somiedo, bien preparado, de ideas liberales avanzadas que combatió el absolutismo con todas sus fuerzas y, que nos dejó como herencia, unas ideas económicas que conectaban con las teorías y corrientes europeas más progresistas, es un buen ejemplo de lo que venimos afirmando. Muestra a las claras la injusticia que supone no tener presente su legado.

No fue sólo un teórico, se comprometió políticamente siempre que la ocasión lo requería, sufriendo largos periodos de exilio en Gran Bretaña, llegando a ser condenado a muerte y constituyéndose, por derecho propio, en un intelectual reconocido y prestigioso.

Al igual que otros muchos, fue un destacado masón, digo esto último por las campañas que sistemáticamente se han hecho contra la masonería, a cargo de los que se consideran integrantes de lo que podríamos definir como la España eterna, que ha practicado y practica la exclusión de todos aquellos que considera heterodoxos, cuando no herejes.

Expongamos someramente algunos de sus méritos. Fue Diputado en las Cortes de Cádiz llegando a elaborar un proyecto o bosquejo de Constitución que destacaba por el rigor y valentía de sus postulados. Si se repasan con atención sus logros, su figura se ensancha y dimensiona.

Algunas de sus obras hace tiempo que no se reeditan. Solo las consultan eruditos, investigadores, doctorandos, historiadores y economistas, de tarde en tarde.

Ahí están, sin embargo, para atestiguar su importancia y valor “Introducción para la historia de la revolución de España” o sus opiniones sobre las colonias de ultramar y las medidas que habría que tomar… y que, sin embargo, no se tomaron. El estudio al que aludimos lleva por título “Examen imparcial de las disensiones de la América con la España”.

Destacó en tantas y tan variadas facetas, que sólo me será posible esbozar las más descollantes. Creía con firmeza en la libertad de imprenta, que hoy denominamos libertad de expresión. Juzgaba necesario llevar a cabo una labor pedagógica, para lo cual fundaba e intervenía en revistas y periódicos que le servían de vehículo para que sus opiniones llegaran a los círculos interesados en las ideas progresistas. Así, dirigió “El tribuno del pueblo”, periódico que sirvió de canal de expresión a los planteamientos liberales más avanzados.

Puede afirmarse, sin exageración alguna, que perteneció a ese grupo de hombres que ‘iluminan el futuro’, frente a los intransigentes y absolutistas que utilizaban el miedo para mantener bajo yugo al pueblo e incluso para extender el odio hacia todo lo que sonara a progreso.

La derecha anticuada, clerical y caciquil actuaba como un gigantesco monstruo inmóvil que encaraba el futuro con una mirada inexpresiva, en tanto que el país continuaba hundiéndose con un ostensible abandono administrativo, ineficacia y dejadez.

Así se iba consumiendo ‘el polvo dorado de la memoria’, en tanto que los fantasmas envejecidos y violentos, continuaban enterrando todo atisbo de lucidez. Así era la España pre-galdosiana que desprendía un olor desagradable a rancio y a mugre.

No sólo estuvo vivamente interesado por la economía sino por el estudio de la historia y por los idiomas. En Inglaterra había entrado en contacto con los círculos en los que se conocían y valoraban las ideas de David Ricardo o Adam Smith. Las asimiló e intentó darlas a conocer en nuestro país.

Me parece destacable su casi desconocida obra, pero que indica una enorme valentía y lucidez, “Representación al rey en defensa de las Cortes” que sirvió de acicate para renovar el entusiasmo por un régimen constitucional, contribuyendo de esta manera a preparar el alzamiento de Riego en Cabezas de San Juan, dando comienzo al Trienio Liberal, al que hemos aludido en el comienzo de estas reflexiones.

De regreso a España, de uno de sus tres exilios londinenses, intentó poner en práctica sus ideas de un liberalismo político y sus conocimientos en materia de economía. Conviene señalar que durante varias legislaturas fue Diputado por Asturias. Intervino con frecuencia en defensa de los valores y proyectos progresistas, oponiéndose, por ejemplo, a la abolición de las Sociedades Patrióticas que habían sido un foco de rebeldía y progreso. Intervino, asimismo, en el primer esbozo del Código Penal español. La ‘invasión’ de los Cien mil hijos de San Luis, auspiciada por las potencias reaccionarias del Congreso de Viena, le obligó a exiliarse de nuevo, hasta la muerte de Fernando VII.

En su exilio continuó estudiado, escribiendo y trabajando incansablemente. De esos años data su “Curso completo de economía política” que tuvo una larga y fructífera influencia tanto en nuestro país como en diversos círculos europeos.

Merece destacarse, asimismo, su libertad de pensamiento, su criterio independiente y su honradez intelectual. Sin ir más lejos, defendió la desamortización de Mendizábal, mas fue muy crítico con sus consecuencias y con el modo de llevar a cabo unas medidas que intentando ser eficaces, fracasaron estrepitosamente por lo improvisado de su aplicación. Sus “Elementos de economía política” es quizás la publicación donde mejor expone y sintetiza sus ideas, tanto es así, que durante años fue un libro de referencia en universidades y círculos económicos.

Consiguió un merecido prestigio, mas los representantes de la España oficial lo han orillado y marginado sistemáticamente. Florez Estrada poseyó una profunda, variada y sensata cultura. Puede decirse sin exageración que fue uno de esos eruditos ilustrados que pudo crear escuela en nuestro país… mas se lo impidieron por todos los medios.

Su figura y su legado fueron, desde luego, incompatibles con una élite gobernante degenerada, corrompida y que practicó impunemente lo que más tarde se denominó ‘filibusterismo’.

La suya fue ‘una mirada atenta y vigilante’ que en todo momento procuraba asimilar las ideas y proyectos del momento histórico que le tocó vivir, intentando seguir la órbita de los vientos que iban a diseñar el porvenir.

Sería injusto no poner de relieve que este insigne economista y político defendió con ahínco el librecambismo comercial, las libertades herederas de la agenda ilustrada, y los valores republicanos. Sus simpatías hacia la Revolución francesa eran notorias y le ocasionaron encontronazos con Manuel Godoy, que le desterró a Asturias. Sería injusto no mencionar que colaboró en la Enciclopedia Británica, en la que puede consultarse su ensayo fechado en 1820 sobre La Propiedad, donde llega a defender unos principios que conectan con lo que se denominó, más tarde, Socialismo Agrario.

Defendía un control del Estado y a la par un usufructo para quien regaba la tierra con trabajo y sudor. Simplificando, podría afirmarse que postulaba una libertad de comercio en el interior y unas ideas abiertamente librecambistas, en el exterior. No estaría de más añadir que en su pensamiento hay una influencia ostensible de la economía política inglesa. Florez Estrada, tanto por sus principios económicos como políticos, apostaba por unas bases sociales, económicas y jurídicas que hicieran posible la consolidación de unas ideas liberales en nuestro país.

En sus escritos –y especialmente en los más combativos- defendía a los más débiles, vulnerables y que sistemáticamente habían sido explotados. Como otros prohombres de ideas avanzadas, se vió condenado a vivir y a moverse ‘en la cuerda floja’, mas dejando tras sí un magnetismo que nos sigue atrayendo en la distancia.

El paso del tiempo desvanece –con frecuencia, injustamente- la lucha tenaz y el ejemplo heroico de quienes fueron portadores de las ideas ilustradas de cambio.

Pretendieron imprimir un ‘giro significativo’ a la historia y, en no pocas ocasiones, perecieron en el intento. Es conveniente indicar que Florez Estrada ‘supo leer como pocos, las características del momento histórico que le tocó vivir’.

Es inexcusable indicar que no podemos limitarnos a exponer la perniciosa labor del conservadurismo excluyente. Es preciso sin embargo, ser críticos con nosotros mismos e indicar que hemos hecho muy poco, que no hemos hecho ni de lejos lo suficiente por poner en valor a quienes dentro de las limitaciones políticas, económicas y sociales a las que estaban sometidos, se atrevieron a señalar con valentía el camino que conducía a disfrutar de los derechos y libertades que se nos habían, sistemáticamente, negado.

Hemos de recordar, dándoles el valor que merecen, la labor que realizaron para que los derechos, valores y libertades se vieran reflejados en un texto constitucional que permitiese una convivencia en libertad y un futuro democrático en el horizonte.

Nunca es tarde, para poner de manifiesto la ingente labor de quienes estuvieron dotados de un ‘potente radar’ para detectar todo aquello que enlazaba con las ideas de futuro, sacudiéndose las esclavitudes y miserias del presente.

Habría que decir alto y claro que en su haber está el negarse a adoptar ‘un silencio cobarde’ ante las felonías, injusticias, desigualdades y tragedias de la sociedad que les tocó vivir. Es cierto que en nuestro país muchos espejos ‘tan solo se han limitado a multiplicar el vacío’, un vacío inmenso y gris. Ellos, por el contrario, impulsaron una visión reformista que condujese al progreso y que prestara la debida atención a la justicia social, acabando con privilegios y abusos que se habían perpetrado durante siglos.

El reconocimiento ha tardado demasiado tiempo en llamar a la puerta de estos prohombres. En nuestra mano está reparar ese olvido y contribuir a hacerles justicia. Sin ellos no hubiera sido posible dar ‘visibilidad’ a lo que otros se habían encargado de echar tierra encima.

Álvaro Florez Estrada fue un símbolo de su tiempo y un ejemplo para el nuestro. En la honestidad, en el estudio incansable, en la receptividad a las nuevas ideas, en la inteligencia analítica, en la solidaridad y en la rebeldía ante la injusticia supo encontrar lo que podría definirse como el destino histórico, a la par que nos mostraba una senda de progreso a seguir.

España ha sido durante demasiado tiempo un páramo, un cementerio para las ideas progresistas o lo que es peor, un ‘fetichismo sepulcral’ en más de una ocasión, fruto de la mala conciencia.

Este ensayo se acerca a su final. En definitiva ‘tener o no tener conciencia moral’ ha sido y en buena medida aún es, el dilema.

La Ilustración ha ido fraguando, puliendo y perfeccionando esa conciencia moral que ha sido su legado y que nunca agradeceremos lo bastante. Quienes no reconocen la dignidad del ser humano continúan encadenados –aunque se las den de modernos- a una antropología teocéntrica y, desde luego, a una dependencia de los ‘poderes sin rostro’.

Otros, por el contrario, afirmaron con entusiasmo que vivir es interpretar, comprometerse y luchar por corregir las insuficiencias que observamos en derredor nuestro. Por eso, precisamente por eso, combatieron los privilegios, el absolutismo, el despotismo y todo lo que impedía que el ser humano se liberara de ‘las cadenas’.

Florez Estrada nos sigue recordando, a dos siglos de distancia, que la capacidad de pensar por uno mismo, de exponer libremente sus ideas y de contribuir a mejorar las condiciones de vida de los más débiles, es una de las labores de mayor alcance que puede plantearse el ser humano individual y colectivamente.

La tarea no es otra que mirar hacia delante y mejorar las condiciones democráticas de vida que dignifiquen el presente y apuesten por un futuro de concordia, libertad, justicia social y un reparto equitativo de la riqueza, que al menos atenúe las condiciones de desigualdad que nos vemos obligados a soportar.

 

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid.