Afganistán. “El Gran Juego”. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Charles Mason, a quien mencionábamos al final del artículo anterior, era un londinense profundamente curioso que, después de abandonar su regimiento y fingir su propia muerte, durante el asedio a Bharatpur en 1826, recorrió el norte de la India, cruzó el Indo, y exploró a pie Afganistán, viviendo como un derviche errante. Armado con una copia de la “Anábasis de Alejandro Magno” de Arriano, se convirtió en el primer occidental, en explorar los restos arqueológicos de Afganistán. Siguiendo los pasos de Alejandro, encontró los restos de Bagram – la gran ciudad griega bactriana – en la llanura de Shomali. Y envió con diligencia sus hallazgos más importantes, a la nueva Sociedad Asiática de Calcuta. Pero, de alguna manera, el capitán Claude Martin Wade, descubrió la verdadera identidad de Mason como desertor y, al poco tiempo, lo chantajeó para que se convirtiera en informante, asegurándose así, por primera vez, la obtención de informes regulares y precisos, sobre Afganistán.
Esta creciente red de inteligencia, se desarrolló en un momento de grandes cambios geopolíticos. La amenaza napoleónica ya se había desvanecido. En cambio, en la década de 1820, era Rusia la que preocupaba, a los halcones de la Compañía de las Indias Orientales. Desde que derrotaron a Napoleón en 1812, los rusos habían desplazado su frontera hacia el sudeste, casi tan rápido como Richard Wellesley (hermano de Sir Arthur Wellesley, el Duque de Hierro) había ampliado la de la Compañía hacia el noroeste. Era cada vez más evidente – al menos para los estrategas de salón de Londres – que los dos imperios habrían de enfrentarse, en algún momento, en Asia Central. Lord Ellenborough (responsable de la India, en el Gabinete del Duque de Wellington) fue el primero en dar respuesta política, a esta creciente preocupación. “Nuestra política en Asia, debe seguir un único rumbo”, escribió en su diario, “limitar el poder de Rusia”. Ellenborough era un hombre brillante, pero difícil de tratar y poco atractivo, cuya apariencia física era tan desagradable, que se decía que el propio rey Jorge IV, sufría nauseas con sólo verle.
Ellenborough había experimentado momentos muy humillantes, cuando su primera esposa, la bella y caprichosa Jane Digby, lo abandonó para enlazar una larga serie de amantes, hasta terminar felizmente casada, con un jeque beduino de Palmira. El ridículo que Ellenborough sufrió como resultado, marcó para siempre su carácter, y lo llevo a encerrarse en un cascarón de orgullo y ambición. Pero, a pesar de toda su arrogancia, era enérgico e inteligente, por lo que se convirtió en el primer político británico, en cimentar su carrera, en la oposición al imperio ruso. Aunque exageró el alcance de la amenaza rusa, sobre los dominios británicos en la India – San Petersburgo en realidad, no tenia planeado atacar a los británicos allí – era cierto que, hacía poco, Rusia se había mostrado extremadamente agresiva, con la Turquía otomana y la Persia kayar. Sólo un año después, de la retirada de Napoleón de Moscú en 1812, la artillería rusa masacró al ejército persa de Fatteh Ali Shah Kayar.
Esta resultó ser, solo la primera de una larga serie de derrotas otomanas y persas, que marcaron el avance implacable de las tropas rusas hacia el sur. Para empeorar las cosas, los británicos no habían logrado acudir en auxilio de sus aliados persas, por lo que estos, tuvieron que enfrentarse solos a los rusos. Después de otra serie de catastróficas derrotas persas, en la Guerra Ruso-Persa de 1826-1827, estos perdieron todo lo que quedaba de su imperio caucásico, incluyendo todos los pasos, que controlaban la ruta hacia Azerbaiyán. Si Rusia no hubiera estado luchando también contra los otomanos, los términos de la rendición persa, podrían haber sido aún más duros. Pero Rusia se encontraba, al mismo tiempo, derrotando de tal manera a los turcos, que el Duque de Wellington pensó que implicaba un “golpe mortal”, a la independencia de la Sublime Puerta, y el presagio del final de su poder. A finales de la década de 1820, parecía solo cuestión de tiempo, que los rusos se apoderaran de Teherán y Constantinopla, y convirtieran Persia y Turquía, en vastos protectorados zaristas. La intención declarada de Rusia, de recrear el antiguo Imperio bizantino, sobre las ruinas del Imperio otomano, hizo que los planes parecieran perfectamente plausibles, al menos para los estrategas británicos de política exterior.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.