Thor Heyerdahl y la Isla de Pascua. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Sin merma de esta admiración por la naturaleza, había muchas otras cosas que llamaban la atención Thor Heyerdahll. Una vez que aprendió a leer, la bien surtida biblioteca de su madre, una mujer culta, apasionada por la zoología, por las tribus “primitivas” y, por las teorías de Darwin, fue abriendo ante sus ojos, un universo de perspectivas insospechadas: viajes exóticos, animales salvajes, aventuras en los límites de lo posible y, pueblos remotos de costumbres muy diferentes. Eran los libros sobre estos últimos, los que más absorbían sus intereses. Pero agotada la lectura de las colecciones maternas, le resultó imposible ampliarlas, en los confines de Larvik. Así que el joven Thor, se vio obligado a soslayar sus lagunas informativas, a base de extrapolar datos con su imaginación. Una imaginación en verdad poderosa, ágil y permanentemente activa, alejada de vacuas fantasías. Nunca fue un niño fantasioso. Si acaso, lo normal durante la edad de la inocencia, la gran fábrica de fantasías, su temperamento reflexivo, constreñido a averiguar siempre el porqué de las cosas, actuaba de filtro, evitando excesos al respecto.
Soñar, en cambio, no es patrimonio preferencial de la infancia y, Heyerdahl, que alumbro sueños durante toda su vida, logró, a fuerza de voluntad y perseverancia, ver realizados la mayoría de ellos. El primero y más importante, puesto que determinó su destino, tuvo origen en casa de sus padres en Larvik. Su dormitorio estaba en el tercer piso, en el lado que daba al mar y, desde allí, la vista se extendía hacia el centro de la ciudad y, buena parte del fiordo. Su madre le dejaba dormir todo el año, con la ventana abierta, de modo que él podía abarcar la práctica totalidad, de tan estimulante panorama. Pero era en el verano, al atenuarse el frío, cuando el aún imberbe Thor, mientras todos dormían, se podía permitir el capricho de levantarse en silencio, acodarse en el alfeizar y, dejar que el tiempo transcurriera sin medida ni control, engolfándose en ensoñadores pensamientos. La sirena de un barco que partía hacia su destino, amparado por la tenue oscuridad de la noche boreal, era motivo más que suficiente, para hacerle saltar de su cama ¿Qué singladuras, llenas de presentidas y anheladas empresas, le aguardaban?
Explorar, he ahí la palabra mágica, la llave de la verja que daba acceso a la consecución de sus sueños. La exploración era el gran desafío, una meta dorada que se ajustaba como anillo al dedo, a sus más íntimos deseos. Y Heyerdahl, apenas en la antesala de su pubertad, descubría que la llevaba en la sangre. Por si esto no bastara, el ambiente y la historia estaban de su lado. El impulso hacia lo desconocido, constituía parte fundamental, de la herencia de los ancestros de su propio pueblo. Ellos habían iniciado el camino tiempo atrás y, lo habían proseguido sin solución de continuidad. Sus últimas conquistas, pertenecía, incluso, al pasado más reciente. Nansen y Amundsen, todavía vivos, se erguían ante la nueva generación de jóvenes, como sólida referencia del espíritu emprendedor de los noruegos. El resuelto y joven Thor, al momento actual, estaba decidido a continuar su trayectoria. Pero no así la tradición, con la cual sus objetivos chocaban frontalmente.
No eran las soledades del Ártico, las que ocupaban sus horas de lectura, o distraían sus ratos de ocio. El interés del futuro explorador, se centraba de modo principal, en el conocimiento de grupos étnicos y, pueblos de culturas diferentes. Nada parecido se encuentra, en las vastas extensiones de los hielos boreales, inhabitables para el ser humano hasta el presente. Por tanto, Heyerdahl empezó a plantarse, las posibilidades que ofrecía los trópicos y, las calientes tierras meridionales. Por aquellos años todavía no pensaba en el hombre, como objetivo de sus investigaciones. La antropología no representaba para él, más que un subyugante pasatiempo; a lo sumo, una mera pasión intelectual, cuyos encantos se manifestaban. A este respecto, era la historia natural, cuyos encantos se manifestaban de continuo, ante su experta mirada de diletante, la que aún dominaba la partida.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.