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La obsesión antimasónica de los ultras


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Fueron casi cuarenta años con insistencia pertinaz en que la masonería representaba todo lo malo. Por eso, cuando llegó la democracia, los prejuicios antimasónicos del franquismo conservaron buena parte de su vigencia. En un importante libro, La masonería que vuelve, de 1980, Ángel María de Lera recogió algunas de estas ideas estereotipadas: los masones se reunían en secreto para conspirar contra la Iglesia católica, eran unos tipos raros que utilizaban títulos rimbombantes, gobernaban el mundo con su inmenso poder, estaban al servicio de Inglaterra, actuaban en contra de los intereses españoles… Por el lado progresista también existían tópicos. Desde el desconocimiento total, no faltaba quien suponía que la Orden debía ser algo bueno si los fascistas se habían molestado en atacarla con tanta reiteración. No obstante, el sentimiento que predominaba entre los españoles era la indiferencia puesto que prácticamente nadie se molestaba en hablar sobre el tema.

El antimasonismo, por descontado, resultaba especialmente virulento entre los adictos a la memoria franquista. El Alcázar, famoso periódico ultramontano, publicó un artículo lleno de tremendismo donde aseguraba que los masones preparaban la guerra en el País Vasco y Canarias. Pertenecientes a las logias de Venezuela, dirigían un contingente de guerrilleros españoles, argelinos y cubanos. El presidente Carlos Andrés Pérez, del grado dieciocho, impulsaba la operación. Lo que se buscaba, supuestamente, era un desembarco armado que sería el paso para construir una República independiente canaria.

Con el inicio de la Transición, los partidarios de Franco asistían impotentes al hundimiento del régimen. Necesitaban explicar qué había pasado y para ello recurrieron, otra vez, al viejo arsenal de clichés. El cambio político, para ellos, no obedecía a las aspiraciones populares sino a las turbias maniobras de los líderes demócratas. La revista ultraderechista Fuerza Nueva, en su número del 9 de octubre de 1976, clamaba contra la evolución hacia lo que denominaba “partitocracia liberal”, lamentándose del fin de un Estado que, a su juicio, había “permitido a los españoles casi cuarenta años de paz y progreso en todos los órdenes, en el respeto a la persona humana”. La reforma, desde esta óptica, se llevaba a cabo, contra la voluntad de la gran masa del pueblo, por obra de “masonerías internas y foráneas”. Así para los franquistas recalcitrantes, la autocrítica ni siquiera se planteaba. La masonería constituía un chivo expiatorio útil con el que evitar reflexiones incómodas.

Mientras se esparcían teorías de la conspiración, el humorista Forges, con su lucidez de siempre, se reía de lo estrafalario de ciertos tópicos. En una de sus viñetas, un náufrago, el que está de pie, le dice a su compañero, sentado, que el complot judeo-masónico conserva toda su vigencia. La prueba es que a él le está saliendo un orzuelo enorme: “Helo aquí pletórico de vida”. De esta forma, Forges parodiaba a todos los que necesitaban explicar hasta lo más insignificante con una referencia a la Orden”.

En la derecha, durante los años siguientes, la vieja conspiranoia se resistía a morir. En 2007, Ricardo de la Cierva, el conocido publicista del franquismo, publicó un libro donde recogía sus declaraciones, dos años atrás, acerca de la supuesta militancia masónica de José Luis Rodríguez Zapatero, el líder socialista. Calificaba su gobierno, sin la menor vacilación, de masónico. A su parecer, que Zapatero no se hubiera molestado en desmentir su pertenencia a la Orden equivalía, de alguna manera, a una confirmación.

En la introducción de su volumen, una mera recopilación de artículos periodísticos sobre diversas cuestiones, De la Cierva presumía de poseer una gran biblioteca especializada en la masonería. Pero lo más interesante es comprobar, a partir de sus propias palabras, la naturaleza emocional de su obsesión por el tema. Según su versión de los hechos, su padre había muerto en la matanza de Paracuellos después de que lo detuviera un masón, el señor Muñoz, y un gobierno en el que figuraban diversos masones se negara a indultarle.

Por otra parte, el publicista estaba convencido de que la masonería resultaba incompatible con el cristianismo por su esencia pagana y su raíz satánica. No obstante, se alegraba de que la masonería, a principios del siglo XXI, no fuera delito en España “porque profeso la libertad de cultos y creencias”. Ni una palabra para explicar por qué, si eso es así, defendía un régimen, la dictadura franquista, contraria a esa misma libertad. Curiosamente, el historiador ultraderechista precisaba que su afirmación de que Rodríguez Zapatero fuera masón no entrañaba condenada alguna porque, desde la Transición, la existencia de la masonería se ajustaba las leyes.

De la Cierva no se contentó con señalar al presidente socialista. También a apuntó a ocho miembros de su gobierno, con menciones explícitas a la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega y al ministro de Defensa, José Bono. A este último le atribuyó una pertenencia a la Orden Martinista Sinárquica, una entidad que sería “paramasónica”. Años después, a principios de 2024, Bono todavía estaba explicando en los medios de comunicación que él no era masón.

Otro autor conservador, César Vidal, no llegaba a tanto. En su libro de 2010, precisaba que, en el estado actual de sus investigaciones, consideraba prematuro afirmar que tanto ZP como cualquiera de sus ministros fueran masones. Eso suponía un desmentido a De la Cierva, pero, al mismo tiempo, dejaba la puerta abierta a que su tesis se viera confirmada en el futuro. No obstante, aunque rechazara afirmar la militancia masónica del líder del PSOE, Vidal sí señala la supuesta semejanza de su política con los postulados laicistas defendidos por el Gran Oriente Francés. Esta coincidencia giraba alrededor de puntos como el control ideológico de la educación a través de un presunto plan de adoctrinamiento ideológico, o el “intento de regular la vida sexual dando carta de naturaleza a otras formas de familia distintas a las recogidas en el derecho comparado”.

¿Hay que explicar que coincidencia no significa identidad? ¿Si el PCE y la Falange se oponen a la entrada en la OTAN, significa eso que son lo mismo? Nadie ha demostrado que Zapatero sea masón. Su laicismo, un atributo de la izquierda, no es exclusivo de la masonería. Resulta, cuando menos, endeble, pretender que no se llevaba bien con la Iglesia por su militancia masónica. Tampoco resulta creíble atribuir a su pertenencia a la Orden su apuesta por una Constitución europea.

Nos movemos, pues, dentro del más puro conspiracionismo, en una tradición ultraconservadora con siglos de antigüedad. Ante una serie de cambios sociales que no son bien recibidos, como la equiparación entre el matrimonio heterosexual y el homosexual, la derecha busca un chivo expiatorio. Si no se puede señalar que el gobierno es masón, se denuncia una hipotética concomitancia con la masonería. César Vidal aporta un ejemplo paradigmático de esta manera de proceder. La masonería, para él, no es otra cosa que un Estado dentro del Estado, una organización que intenta que los poderes públicos ejecuten manera secreta sus proyectos. En todo momento, pues, le atribuye una fuerza desmesurada que está muy lejos de poseer.

 

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.


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