El servicio al Estado en Azaña: reflexionando con Luis Araquistáin
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
En una anterior entrega aportamos la visión que el destacado intelectual socialista Luis Araquistáin tenía de la oratoria de Manuel Azaña en el largo artículo que le dedicó en el número de septiembre de 1934 de la revista Leviatán. Ahora queremos saber la visión de aquel sobre el servicio al Estado en el líder republicano.
Las reflexiones realizadas sobre la oratoria de Azaña le habían llevado a Araquistáin a ver el rasgo más característico de aquel, que no era otro que el de la naturalidad o sinceridad, la pasión dramática por la “obra política”, o la “sinceridad del propósito”. Eso podría explicar el aislamiento en el que se había dejado a Azaña por parte de los hombres que por su cultura y su “pretendida emoción pública” deberían estar más cerca de él. No habría grandes diferencias de pensamiento, pero sí se encontraría una “discrepancia de temperamentos y de caracteres”.
Para algunos la política era un juego intelectual donde no debían entrar pasiones ni intereses, sino ideas filosóficas y la técnica, creando una especie de República de pensadores y peritos ejecutores, cuyos frutos el pueblo debía esperar pacientemente, pero con alegría, y sin luchas. Otra cosa sería una República triste y desapacible. Para otros, en cambio, la República debía ser un régimen que debía estar gobernado por republicanos de abolengo. El cómo y el sentido no importaba, solo el gobernar, estar en el poder. Se podía prometer al pueblo en períodos electorales pero luego no se cumplía lo prometido o si se cumplía se combatía encarecidamente a los que lo cumplieron por haberlo cumplido.
Pero Azaña tenía otro concepto tanto del Estado como de la política. El Estado no sería un montón de arcilla que se pudiera moldear como querían los pensadores con los técnicos. Pero tampoco sería un botín, ni un escenario, ni un asilo de amigos y compadres. Azaña había afirmado en un discurso en Valladolid en septiembre de 1932, que el servicio republicano delante del Estado era un servicio impersonal, como el Estado mismo. El servicio republicano del Estado no esperaba ni admitía recompensas. Se servía al Estado sin esperanza, sin derecho de recompensa alguna, sin más satisfacción que la interior personal de haber cumplido con el deber. Quien no tuviera esta abnegación y esta resolución no entendía del deber de republicano ni de su relación con el bien público.
Además, en Santander, en ese mismo mes y año, había afirmado que el jefe del Gobierno en política no tenía amigos ni los quería. La amistad acababa antes que la política o empezaba después de la misma. La mayor desdicha de un gobernante o de un hombre público que quisiera hacer algo útil en su país serían sus amigos.
Seguiremos.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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