Thor Heyerdahl y “Rapa Nui”. XII
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
El Rano Raraku es el escenario ingente de un drama, cuyo último acto, jamás se representó. Aquí la Historia se detuvo, salvando sus limitaciones, con un quiebro indescifrable. De un instante al siguiente, los “toki” (“cinceles de piedra”) dejaron de esculpir. La actividad de los desaparecidos artífices, sufrió un colapso repentino, justo en el momento en que su obra, alcanzaba el apogeo artístico y de productividad ¿Cuál fue el motivo? ¿Por qué lo abandonaron todo de golpe? El hecho cierto es, que aquellos hombres cesaron bruscamente sus actividades. El tiempo congeló su instante de poder y gloria y, el Rano Raraku permanece hoy, como uno de los grandes santuarios arqueológicos de la humanidad.
Allí estaban los hieráticos moáis, como un ejército de Goliats, cerrando filas en torno a la montaña, celosos guardianes de su secreto secular. Todos semejantes, todos acuñados en un solo troquel. Cabezas sin ojos y, troncos acuñados en un solo troquel. Cabezas sin ojos y troncos sin piernas, nariz recta y afilada, larguísimas orejas, mentón prominente, labios delgados y juntos, proyectados hacia adelante, en una mueca, si no desdeñosa, al menos de soberbia indiferencia, brazos esculpidos en bajo relieve, con las manos apoyadas sobre el vientre, totalmente desnudos, a no ser por un cinturón, que los desmesurados dedos de ambas manos, parecían apretar por debajo del ombligo. Los ya concluidos esperando ser transportados, aunque muchos se habían ido antes, recorriendo kilómetro y kilómetros – a veces más de quince - desde sus cunas hasta sus “abu”de destino y, los menores pesaban de dos a diez toneladas.
Pero el hecho de contemplar aquellas figuras ajadas por la intemperie, no resolvía ninguno de sus enemigas. El investigador noruego, igual que su predecesora Katherine Routledge, era sensible al misterio que flotaba, sobre el Rano Raraku, recreando entre sus oscuras lavas de formas humanas, uno de los ambientes más extraordinarios que existen en el mundo. Quizá desde su privilegiado punto de observación, meditaba en las palabras, que había escrito la erudita inglesa, cuarenta años antes:
“En la Isla de Pascua el pasado era el presente y, es imposible escapar de él. Las sombras de los desaparecidos constructores, aún son dueñas de la tierra. Nadie puede librarse de su influjo, porque son más activas y reales que la oblación viviente. Voluntaria o involuntariamente, el visitante debe tonar contacto con aquellos antiguos artífices, por que todo el aire vibra con un vasto propósito y, una energía que estuvo presente y ya no existe”,
Pero Heyerdahl aventajaba a su colega femenina, en que disponía de los medios adecuados, para forzar respuestas. Por su alguien tenía la llave del misterio, ese alguien era la arqueología. Los pétreos gigantes, abandonados a su suerte, no podían hablar. En cuanto a los nativos, a preguntas del tipo “¿cómo se las arreglaron tus antepasados, para transportar las enormes figuras?”, contestaban con evasivas propias del ámbito de la superstición: “Nadie las llevó, señor, fueron por si solas. En cambio, los picos y los azadones empezaban a sacra a la luz, realidades que los mismos pascuenses habían olvidado desde hacía siglos. Éstos, pese a la creciente expectación, aparentaban una tranquilidad que no tenían, esforzándose en aparecer, como dueños de su historia y su destino. Hasta que – como siempre, tratándose de la isla de Pascua – ocurrieron cosas inesperadas. Empezando, no por el Rano Raku y, su ejército de fantasma de piedra, sino por la mas renombrada de las ruinas del Ombligo del Mundo: el “abu” de Vinapu.
William Muloy, el profesor de Wyoming, había escogido para sí, una prometedora tarea. Era el primer arqueólogo, que ataca aquel “abu” extraordinario, fuente de sorpresas para cuantos viajeros y exploradores, lo habían visto. Como sus cientos de parientes esparcidos por la isla, el Vinapu consistía en una plataforma rectangular elevada, plana y pavimentada en su parte superior, formada por grandes bloques de piedra tallados y ajustados entre sí, donde al parecer se rendía culto a los ancestros.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.