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¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (II)


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Imaginemos a las multitudes que aclaman a Fernando VII. Suponemos que, al paso del Rey absoluto, gritan entusiasmadas “!Vivan las cadenas!”, felices de permanecer bajo el cuidado paternal de un soberano con todo el poder. La exclamación se ha convertido en un símbolo de la servidumbre voluntaria de los españoles, tan ignorantes y fanatizados como para besar la mano que le tiranizaba. Pero… ¿De dónde surgieron esas palabras? Cuando intentamos documentarlas empiezan los problemas. Todo parece entonces una leyenda urbana que se consolidó porque le iba bien a todo el mundo. A los absolutistas porque reflejaba el hipotético apoyo popular a la causa de la monarquía tradicional Los liberales, a su vez, disponían de una buena excusa para su fracaso: la gente, manipulada por los reaccionarios, no les entendía y se alzaba contra los mismos que deseaban su liberación.

El pueblo, en realidad, sabía lo que quería. No es cierto, contra lo que se ha escrito en infinidad de ocasiones, que apoyara unánimemente el golpe de Estado de Fernando VII en 1814, ni que permaneciera ajeno por completo a la experiencia liberal que se inauguró en 1820 con el pronunciamiento de Riego. Lo que sucedió fue que, en ambos casos, la propaganda reaccionaria intentó justificar el inmovilismo con la apelación a una imaginaria voluntad colectiva, algo que, obviamente, no dejaba de ser un contrasentido. Como nos recuerda Manuel Chust, no podemos encontrar rastro del “!Vivan las cadenas!” pero sí se infinidad de grabados, abanicos, pañuelos y otros objetos con motivos constitucionales. La abundancia de estos materiales da a entender que el primer liberalismo español contó con mucho más apoyo del que han admitido los relatos tradicionales del periodo.

Es equivocado, por tanto, comprar el relato de la historiografía conservadora cuando ofrece una imagen del primer gobierno liberal español como sinónimo de sectarismo e inestabilidad. El Trienio, desde esta óptica, se habría hundido por sus propios fallos. Pero no sería algo tan débil como a menudo se presupone cuando se necesitó un ejército, el de los Cien Mil Hijos de San Luis, para derrotarlo. Antes de que los franceses intervinieran, el liberalismo español no se reducía a las clases medias. También era algo con implantación en las clases bajas. La gente del común intervenía en las sociedades patrióticas, participaba en las movilizaciones callejeras o se alistaba en la milicia.

No pretendemos decir, por supuesto, que existiera nada parecido a un consenso. La sociedad de la época estaba dividida y las tensiones internas desembocaron con frecuencia en la violencia de la guerra civil. Con todo, está claro que aquellos años constituyeron un aprendizaje de la libertad para una buena parte de los españoles. Los historiadores Pedro Rújula y Manuel Chust, en El Trienio Liberal (Los Libros de la Catarata, 2020), apuntan que la sociedad empezó entonces a familiarizarse con los mecanismos de la política participativa. El voto pasó a ser un requisito para legitimar el poder a escala local, provincial y nacional.

Se planteó, entre tanto, un amplio conjunto de reformas. Había que cambiar muchas cosas: el régimen feudal, la distribución de la propiedad agraria, la relación con la Iglesia católica… El país, de este modo, entró de lleno en la contemporaneidad. Todo este impulso de cambio contrastaba vivamente con lo que sucedía en Europa, envuelta en la ola reaccionaria de la Restauración: las viejas monarquías dominaban prácticamente en todas partes. Ramón Arnabat Mata, en un artículo académico publicado en la revista Ayer, señala que por primera vez se aplicaron de forma efectiva en todo el territorio nacional medidas que hicieron posible el hundimiento del Antiguo Régimen y el desarrollo capitalista.

El Trienio no solo fue importante en España. También tuvo una poderosa incidencia en los territorios americanos que permanecían, aún, bajo el dominio hispano. Pero su influencia va más allá, hasta proyectarse sobre las repúblicas independientes. En la Constitución boliviana de 1826, la sombra de la constitución gaditana resulta patente en artículos como el segundo, donde se afirma que el país no puede ser patrimonio de ninguna persona o familia. El sexto, a su vez, proclama a la Religión Católica como única del Estado, igual que había hecho la Carta Magna de los doceañistas. Un año antes, en la Rusia zarista, los rebeldes decembristas también habían copiado fragmentos del texto gaditano en su intento de acabar con la tiranía de los Romanov.

La restauración de los plenos poderes de Fernando VII constituyó una vuelta al pasado, pero la monarquía absoluta estaba ya herida de muerte. A la muerte del “Rey Felón”, su viuda, María Cristina, se apresuró a pactar con los liberales para asegurar el trono a su hija Isabel.

No creemos exagerar si decimos que, en la Europa de 1820, España se convirtió en pionera, en la “antorcha de la libertad” en la que otros se miraban para trazar sus respectivos proyectos. El fin del Trienio por la vía militar ha distorsionado nuestra percepción y nos ha hecho creer que aquel fue un periodo destinado al fracaso. En aquellos momentos, sin embargo, nada estaba escrito. La modernidad política, por sorprendente que ahora nos parezca, hablaba en español. España, en palabras de Francisco Carantoña Álvarez, de la Universidad de León, había conseguido situarse “a la vanguardia de Europa”.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.


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