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¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (VIII)


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Vista desde Europa, España era un país incomprensible y violento en el que las diferencias políticas se dirimían por las armas. “Solo en España la empecinada guerra contra el francés, las disputas partidistas y los frecuentes vaivenes políticos acabaran en pronunciamientos de sangre”, escribe un historiador moderno, el británico Henry Kamen.

Pero, ¿de verdad la violencia política es un atributo hispano? En otros países, el camino a la modernización también se recorre en medio de conflictos bélicos. En Portugal, una guerra civil enfrentó a liberales y absolutistas entre 1832 y 1834. El triunfo de los primeros estuvo seguido de una etapa de profunda inestabilidad que se prolongó durante los siguientes diecisiete años. En Italia, el estado también se construyó gracias al recurso a las armas, ya fueran contra el enemigo austríaco o contra aquellos que se oponían a la unificación, como napolitanos y sicilianos.

Otros países también tuvieron historias turbulentas. Estados Unidos protagonizó en el siglo XVIII una contienda de liberación contra los británicos que tuvo, asimismo, un clarísimo componente civil. Pocas décadas más tarde, la escisión entre el Norte y el Sur conduciría a una guerra terriblemente destructiva, con secuelas psicológicas que llegan hasta la actualidad. Francia también pasó por momentos muy agitados, con una sucesión de revoluciones impresionante: 1789, 1830, 1848, 1871.

Sin embargo, en España, muchos observadores solo ven el ruido de los sables y los cañones. No se dan cuenta de que el país, entre tantos combates partidistas, progresa. El republicano Fernando Garrido, un hombre muy critico con el mal funcionamiento del poder, se quejaba de que los extranjeros solo acertaban a ver una caricatura de las cosas hispanas, como si fuera verdad que África empezara en los Pirineos. En la práctica, la España revolucionaria, la que caminaba en sintonía con su tiempo, era muy mal conocida. Solo parecía existir la tierra del fanatismo y de los golpes de Estado.

El protagonismo de los militares ha sido con frecuencia mal entendido. Generales como Narváez, Espartero o Prim no representan al Ejército como institución. Son hombres de partido que ponen su espada al servicio de un proyecto civil, conservador o progresista. No se proponen, al contrario que sus homólogos del siglo XX, instaurar dictaduras cuarteleras. Lejos de ser retrógrados, militares como Riego, Torrijos o Espartero resultan cruciales en la lucha por la libertad y contra el absolutismo. Por otra parte, la actuación castrense no constituye una excepción en el contexto europeo.

Como señala Manuel Santirso en Progreso y Libertad (Ariel, 2008), los militares de origen plebeyo ocuparon en Francia la presidencia del ejecutivo durante un 60 % del tiempo. Ahí están figures como Soult, Gérard o Mortier. En cambio, en España, los civiles plebeyos se hallaron al frente del gobierno durante un 63 % del mismo periodo. Así, la comparación, por sorprendente que parezca, nos favorece. Santirso proporciona algunos datos que nos ayudan a reducir el fenómeno del supuesto militarismo a sus justas dimensiones. Durante el Trienio, solo un militar, Evaristo San Miguel, procedía del Ejército. Entre 1833 y 1840 ningún general estuvo al frente del país por más que se viviera entonces un período de guerra contra el alzamiento carlista.

De hecho, el predominio civil solo parece algo solido en Gran Bretaña. Sin embargo, hay que prestar atención antes de extraer de ello una interpretación equivocada que nos lleve a pensar de una forma mecánica en una nación mucho más moderna. Aunque observamos menos soldados en los gobiernos, llama nuestra atención la presencia en ellos de un alto índice de aristócratas, una representación superior la que se daba en otras naciones. Eso era así porque existía un reparto del trabajo en las familias de la nobleza: los primogénitos se encargaban de la política mientras a los segundones les correspondía la milicia.

España, por tanto, no era un país anormal en cuanto a la presencia de militares. Incluso en una democracia tan sólida como Estados Unidos se podía dar el caso de que un general ocupara la presidencia, caso de Andrew Jackson y de Ulysses S. Grant. No en vano, la sombra de Napoleón, un soldado que marco los destinos de la progresista Francia, constituyó durante el siglo XIX un espejo en el que se miraron espadones de todos los países.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.


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