¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (XI)
- Escrito por Francisco Martínez Hoyos
- Publicado en Historalia
El siglo XIX significa, entre otras muchas coas, el paso de una monarquía absoluta a otra de carácter constitucional. La primera persona que reinó bajo los nuevos parámetros, Isabel II (1833-1868), no contribuyó demasiado al éxito de la fórmula. Hasta el día de hoy, la imagen que tenemos de ella es del todo lamentable: una soberana caprichosa y de pocas luces, más atenta a las aventuras amorosas que a los problemas de Estado. Sus biografías, por eso mismo, acostumbran a estar repletas de chismes. La historiografía más seria prefirió prescindir de este tipo de episodios al considerar que pertenecían en exclusiva ámbito privado. Sin embargo, como ha demostrado Isabel Burdiel, biógrafa de la soberana, eso no es exactamente así, como vamos a ver a continuación.
Las monarquías de toda Europa se adaptan con dificultad a los nuevos tiempos. Se supone que el rey reina pero no gobierna. Ese es un deseo piadoso. La realidad, en todas partes, va por otros derroteros puesto que los soberanos nunca quedan al margen de la política. El monarca ha de jugar un papel arbitral a la vez que desempeña una importantísima función simbólica. Encarna los valores de la nación a imagen de la burguesía en el poder. De ahí que, al contrario de lo que sucedía en siglos pasados, se difumine la frontera entre lo público y lo privado. Las familias reales, convertidas en espectáculos públicos, fundamentan su legitimidad en la ejemplaridad pública.
Comparemos, como hace Burdiel, los casos de Isabel II y de Victoria de Inglaterra. La primera será derrocada por la Revolución de 1868 mientras la segunda, a lo largo de su larguísimo reinado, asienta sólidamente el prestigio de la Corona, muy devaluado tras un monarca loco, Jorge III, y otros dos de vida libertina, Jorge IV y Guillermo IV.
¿A qué se debe esta gran diferencia entre ambas mujeres? No tanto a sus cualidades personales como a su entorno. En Gran Bretaña, la clase política cree en la función constitucional de la monarquía. En cambio, en España, las diversas facciones políticas solo piensan en cómo utilizar a la soberana en su provecho. La propia interesada, cuando se entreviste con el novelista Benito Pérez Galdós en su exilio de París, se lamentó del comportamiento egoísta de todos aquellos que, en teoría, debían haberle prestado su colaboración: “Carecía de gente desinteresada que me diera consejo o guía (…). Si alguien encendía la candela, venía otro y me la apagaba”.
El matrimonio de la reina también es un factor a muy en cuenta porque la figura del consorte puede contribuir al funcionamiento del engranaje constitucional o hacer que descarrile. El príncipe Alberto será siempre un gran apoyo para Victoria, con la que forma un matrimonio fuertemente unido. Aunque el suyo sea un enlace de conveniencia, eso no significa que el amor no pueda estar presente.
Francisco de Asís es todo lo contrario que su homólogo inglés. Si se hubiera buscado a un marido peor nadie habría podido encontrarlo. A Isabel le repugna este ser ridículo y ruin, de discutible virilidad, que no deja de conspirar en su contra, siempre vinculado a los sectores políticos más reaccionarios. Lo peor es que las desavenencias de la real pareja, en lugar de quedar confinadas en palacio, enseguida saltan a los periódicos y los cafés. La monarquía se sumerge así en un profundo desprestigio.
De una mujer como Isabel II se espera que encarne el prototipo de la mujer casta, en consonancia con los valores burgueses. Sucede todo lo contrario: los enemigos de la reina la crucifican por sus continuas aventuras. Nadie espera que sus hijos lo sean también de su esposo. Aquí detectamos un evidente sesgo de género: si el monarca hubiera sido hombre a nadie le habrían importado sus historias de alcoba. La reina, contra el espíritu de los tiempos, se comporta como si todavía estuviera en funcionamiento el Antiguo Régimen, una época en la que el soberano aún no tenía que rendir cuentas de su privacidad. ¿Y si estuviéramos ante una mujer empoderada que se rebela frente a la idea de soportar a un compañero que le ha sido impuesto?
Curiosamente, no es la mayoría del pueblo la que se queja de vida sexual de una Jefa de Estado que, hasta casi el final de su mandato, mantiene su popularidad, sobre todo gracias a su célebre casticismo. Las críticas más feroces parten de las élites políticas, aquellas que más hubieran tenido que hacer para consolidar el sistema monárquico. Una obra pornográfica como Los Borbones en Pelotas correrá a cargo de los hermanos Bécquer, ambos a sueldo de los moderados. Seguramente asistimos a un fenómeno comparable al que observamos en la actualidad, con una derecha extrema que no deja de arremeter en las redes sociales contra Felipe VI, al que presenta como un supuesto traidor. Entre tanto, la izquierda republicana se opone a Isabel II en nombre del pudor, escandalizada ante una mujer que, a su juicio, no posee ninguna de las virtudes propias de su sexo.
Todo parece conspirar para que la reputación de Isabel II se hunda en el fango. Su madre, María Cristina de Nápoles, se casa morganáticamente con Agustín Fernando Muñoz y se dedica frenéticamente a todo tipo de negocios poco claros, desde el ferrocarril al tráfico de esclavos o las minas de mercurio. Su corrupción salta a la vista para todo aquel que no quiera mirar a otro lado.
Sobre el papel, la reina ha de serlo de todos. En la práctica, su favoritismo hacia el partido moderado resulta patente. Hará así un pésimo negocio puesto que los miembros de esta corriente, muy fragmentados, distan de ofrecerle un bloque sólido en el que apoyarse. Entretanto, los progresistas, al verse postergados, se distanciarán irremediablemente del trono. Un general, Prim, pronunciará un célebre veto contra los Borbones: “Jamás, jamás, jamás”. Pero la apuesta por una monarquía democrática, en la persona de Amadeo I, no llegará a consolidarse.
Francisco Martínez Hoyos
Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.